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31 de marzo de 2017

LA CONEXIÓN TRANSCENDENTE: GLOBALIDAD, ESPIRITUALIDAD Y HUMANIDAD

                     Imagen: "Asombro". Ana Luisa Muñoz Flores



 La conexión transcendente: globalidad, espiritualidad y humanidad

En los últimos decenios se está produciendo la configuración de una nueva espiritualidad mundial: más allá de la “Nueva Era”, los nuevos movimientos religiosos y la edición masiva de libros de autoayuda, que en todo caso son un síntoma a valorar y no a despreciar, parece emerger lo que Lenoir (2005) denomina una “nueva espiritualidad”, una “espiritualidad laica” sin creencias, sin religiones y sin dioses (Corbí, 2007), o lo que Beck (2009) ha bautizado como una espiritualidad del “Dios personal” transversal y superadora de las confesiones mundiales con sus reglas, dogmas, institucionesy preceptos.

Una espiritualidad libre, interna (esotérica), frente a la externa(exotérica) de las religiones convencionales, al tiempo que híbrida y por ellopotencialmente cosmopolita.

Lo que sorprende constatar es que esta nueva espiritualidad se está desarrollando en coincidencia con la intensificación de la globalización, o más exactamente, en coincidencia con la emergencia del concepto y problemática de la globalización (entre los años setenta y ochenta), justo en el contexto que marca el tránsito a la entrada en la segunda modernidad.

Pues bien, lo que nosotros sostenemos es que, aunque ya hacía milenios que las tradiciones místicas destacaban la centralidad vital de la interconexión e interdependencia, y aunque dicha centralidad sólo tardíamente ha empezado a ser descubierta por la ciencia (fundamentalmente la física y la psicología en la primera mitad del siglo XX), la intensificación de los procesos de globalización social en la segunda mitad del siglo XX (si bien eran también seculares) ha hecho que la interconexión e interdependencia se hayan convertido en los principales temas de las sociedades complejas.

De este modo, lo que comenzó en el plano espiritual y místico acaba manifestándose en el plano material y social, como lo demuestra la progresiva y acelerada “redificación” del mundo (McNeill i McNeill, 2004), y es esta constatación encadenada (la
conectividad de conectividades , mística, física, psíquica y social), lo que acaba generando (aunque también puedan intervenir otros factores), la activación de una nueva espiritualidad cosmopolita.

Lo cual es como decir que el desarrollo de una espiritualidad global acaba potenciando una globalización espiritual, coincidente, por otra parte, con la propia esencia del misticismo, que necesariamente, al transcender tiempo y espacio, es global y universal.

La nueva espiritualidad global cosmopolita difiere de las anteriores en que esta última emerge a partir de la consciencia reflexiva derivada tanto de los intensos fenómenos de globalización social como de las conectividades física, biológica y psíquica nacidas con la radicalización de la modernidad. 

Al tiempo, esa globalización espiritual va emergiendo como el ambiente conectivo último, y necesariamente inmaterial, de la globalización. A esto es a lo que denominamos conexión transcendente .

En nuestro planteamiento, el surgimiento de una nueva espiritualidad global o cosmopolita, que es también la globalización de lo espiritual más allá de cada una de las tradiciones originarias, va a reforzar desde una nueva perspectiva el discurso moderno de los derechos humanos, aportándoles una transcendencia global y espiritual más allá del marco estrictamente secular e ilustrado en el que se desarrollan.

En todo caso, el hecho de que el mismo concepto y esencia de los derechos humanos, y del mensaje ilustrado, esté tan ligado al legado filosófico del cristianismo original (Lenoir, 2010), subrayan los elementos espirituales ya inherentes al propio proyecto de la “invención de los derechos humanos” (Hunt, 2009).

Como ha señalado Junquera (2010), los Derechos Humanos, en unasociedad mundial que comparte varios elementos comunes y que funciona
como una “aldea global”, suponen el mínimo de convergencia ética mundial, como resultado de la confluencia de distintas corrientes éticas. En ese sentido, los derechos humanos son categorías morales que expresan valores básicos para toda la sociedad. Esos valores son, fundamentalmente, los relativos a la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad.

Los valores que defienden los derechos humanos, según este autor, son universales,
colocándose por encima de los valores propios de cada cultura.

En este sentido, “los valores culturales son importantes, siempre que no se opongan a
los valores globales ni supongan una merma de los mismos.” (Junquera,2010:178). Desde ese punto de vista los valores globales inherentes a los derechos humanos, en la medida en que han sido capaces de crear el mayor consenso ético de la historia humana, contienen la tarea de convertir el planeta en una “aldea humanizada y humanizadora” (Junquera, 2010:178).

Queda así patente el elemento universalista y globalista presente en los derechos humanos, cuyos valores hemos de insistir que ya se encuentran en esencia en la mayor parte de las tradiciones místicas, especialmente en le cristianismo.

Como señala Hunt (2009), los derechos humanos poseen las cualidad es de igualdad, naturalidad y universalidad, los cuales adquieren por primera vez expresión política en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos(1776) y en la Declaración de los Derechos del Hombre y del ciudadano francesa de 1789, para convertirse realmente en universales en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas en 1948.

Para Hunt, la progresiva invención de los derechos humanos es fruto de un largo proceso que persigue el fomento de la empatía humana, si bien también
generó, como reacción, ideologías fanáticas que hacían hincapié en la diferencia y en la exclusión: “La empatía no está agotada, como han afirmado algunos.

 Se ha convertido en una fuerza beneficiosa, más potente que nunca.

Pero el efecto opuesto, causado por la violencia, el dolor y la dominación, también es mayor que nunca” (Hunt, 2009: 218). Con todo, y según la tesis de Rifkin (2010), existe un significado subyacente a la historia humana que impregna y transciende las diversas tradiciones culturales que forman la variada historia de la especie humana, un significado referido a la progresiva evolución y ampliación de la consciencia empática de los seres humanos, que acompaña al propio proceso del desarrollo de la individualización, la diferenciación, la complejización y la globalización y genera transcendencia, en la medida que avanza la consciencia empática planetaria y crece también el riesgo de entropía global: 

“Empezamos a vislumbrar la posibilidad de que, después de todo, el periplo humano tenga un propósito, de que la sensación cada vez más profunda de la propia identidad, la extensión de la empatía a otros ámbitos de la realidad más amplios e inclusivos y la expansión de la conciencia humana sea el proceso transcendente por el que exploramos el misterio de la existencia y descubrimos nuevos ámbitos de significado”(Rifkin, 2010:47).
En los últimos tiempos diferentes autores, algunos de ellos bastante influyentes, han llamado la atención sobre la emergencia de una conciencia global de la humanidad, sobre la formación de una especie de “identidad cosmopolita” (Bilbeny, 2007) que es coherente con una sociedad global y cada vez más compleja que requeriría una “antropolítica” o política de la humanidad para evitar el abismo de la autodestrucción (Morin, 2010), en la medida que la humanidad se perfila como sujeto histórico en su conjunto, como sujeto en última instancia de la identidad planetaria en formación (Morin, 2003).
Bauman (2008) también ha subrayado como, en el contexto dela modernidad líquida, uno de los principales retos es conjugar la diversidad cultural con la idea de una sola humanidad, y Wallerstein (2009) ha propugnado la necesidad de un nuevo universalismo que transcienda los anteriores, limitados y parciales, para erigirse como referente de sentido colectivo.
En este contexto de formación de una consciencia verdaderamente global del género humano la construcción de los derechos humanos se revela esencial, pero a su vez parece ganar relevancia la contribución de la nueva espiritualidad resultante de la convergencia de conectividades, en la medida que dicha convergencia permita visibilizar cada vez más el significado de la unidad en la diversidad.
Evidentemente, la globalización espiritual, de acuerdo con el modelo de nueva espiritualidad, está en sus inicios, en la medida en que sólo desde hace relativamente poco tiempo ha sido posible una nueva síntesis entre las diversas tradiciones de la filosofía perenne.
Sin embargo, la creciente extensión de redes, comunidades y sensibilidades espirituales sintéticas, que subrayan lo esencialmente compartido frente a los aspectos formales o dogmáticos, refuerzan una suerte de universalismo espiritual, con potenciales traducciones políticas (y también económicas), que puede ayudar a reforzar la autoridad y permanencia del discurso y práctica de los derechos humanos , aportándole transcendencia y significado más allá de sus aspectos éticos más circunscritos a la tradición ilustrada secular. 

Se trata de una vía de investigación que debe ser atendida, pues puede aportar interesantes conexiones teóricas y plantear nuevos espacios para la reflexión de la sociedad globalizada. 

l

Fuente: Por G Hernandez 
http://www.academia.edu/1617402/_Hacia_una_nueva_transcendencia_global._Globalidad_espiritualidad_y_humanidad_

15 de marzo de 2017

CONCIENCIA PLANETARIA

Todo en la Vida es interdependencia.Imagen: Ana Luisa Muñoz Flores

Conciencia planetaria
La conciencia planetaria nos revela que no existimos por encima de la Tierra sino que somos parte de una red compleja y sutil que incluye todas las formas de vida del planeta. El ecólogo Ramon Margalef (1919-2004) ya señalaba que no debemos hablar de "el hombre y la biosfera "sino de" el hombre en la biosfera ". La conciencia planetaria también nos hace conscientes de que la existencia humana en plenitud requiere la protección y conservación de la diversidad de formas de vida con las que compartimos la Tierra.
Una sociedad sostenible deberá seguir el principio de responsabilidad de Hans Jonas (1903-1993): «Actúa de manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida genuinamente humana sobre la tierra». Y cabría ampliar este principio de responsabilidad para salvaguardar no sólo la vida genuinamente humana sino también, en lo posible, la vida genuina de las otras especies. 
Necesitamos cultivar la responsabilidad planetaria, responsabilizándonos de las consecuencias globales de nuestras acciones a nivel socioeconómico y ecológico. Esta responsabilidad se manifestaría en un sistema económico que sea consciente de que la economía es sólo una filial de los ciclos planetarios y un sistema en el que, por ejemplo, los precios de los bienes y servicios reflejen su verdadero coste social y ecológico. Otra consecuencia de la responsabilidad planetaria es aplicar el principio de precaución a toda tecnología que tenga el potencial de agravar la insostenibilidad de nuestro mundo.
La conciencia planetaria también incluye la responsabilidad hacia las generaciones futuras (responsabilidad intergeneracional). Varios pueblos indígenas se han guiado tradicionalmente por el llamado criterio de la séptima generación: ten presente las repercusiones de tus actos hasta la séptima generación que te seguirá, es decir, en los tataranietos de tus bisnietos. Esta idea está presente, por ejemplo, en la Gayanashagowa o constitución oral de los indios iroqueses de América del norte.
Los valores que nos guiaban en las últimas décadas nos hicieron creer que el incremento del consumo incrementaba el bienestar. Pero hoy la psicología y la sociología muestran que el aumento del nivel de vida (una vez satisfechas las necesidades básicas) no lleva necesariamente a una mejor calidad de vida. No podemos seguir creyendo en el crecimiento material ilimitado como clave del progreso de la sociedad y en el consumo como receta para la plenitud personal. 
De hecho, la sabiduría tradicional de muchas culturas ya era consciente de que la felicidad o la plenitud no ligada a cuanto más mejor sino a la moderación y a la mesura. Ahora tenemos el reto de combinar las ganancias de la modernidad (sociales y económicos, tecnológicos y culturales) con el redescubrimiento de formas de vida más satisfactorias y más sostenibles.
Hay un número creciente de personas que deciden practicar la simplicidad voluntaria, consiguiendo una vida más satisfactoria a la vez que reducen su consumo de recursos materiales. La reducción voluntaria del consumo aumenta el tiempo libre y la calidad de vida. Es una forma de autocontención y de generosidad global, que libera el planeta de una parte de nuestra presión y contribuye a la justicia global en liberar recursos para el uso de sociedades más necesitadas. 

Gandhi pedía: "Vive de manera simple para que los demás simplemente puedan vivir ". El hecho de que el sistema que hemos construido ha empezado a toparse ya con los límites del planeta implica que tenemos que aprender a vivir mejor con menos, desvincularnos de nuestra identificación con los bienes materiales y pasar del tener al ser, del acumular al bienestar -el verdadero bien-estar, en el sentido de estar bien con nosotros mismos y con el mundo. Ya en 1932 John Maynard Keynes (1883-1964) imaginaba un futuro en el que el afán de lucro y la codicia fueran considerados "inclinaciones semipatológicas" que requieren la atención "de especialistas en enfermedades mentales".
Una celebración tradicional que ilustra el espíritu del "mejor con menos" es el potlach, practicado por pueblos indígenas de la costa del Pacífico de América del Norte como los haida, los tinglit y los kwakiutl. Potlach significa dar, y en esta celebración se trata de dar y repartir tanto como sea posible: comida, ropa y utensilios son repartidos entre los invitados, hasta el punto que el potlach puede llegar a ser una especie de competición en la que gana más prestigio aquel que es capaz de repartir  más y quedarse con menos. 

El potlach se celebraba tradicionalmente en ocasión de un nacimiento, boda, rito de paso o funeral, e iba acompañado de fiesta, música, danzas y ceremonias rituales. A diferencia de la estructura igualitaria de la mayoría de sociedades indígenas, los grupos de la costa del Pacífico que practicaban el potlach eran sociedades jerárquicas donde algunos individuos acumulaban considerable riqueza. El potlach tenía precisamente como objetivo restaurar el equilibrio social y la armonía del mundo con actos de desprendimiento y sacrificio por partes de aquellos que habían acumulado demasiado.
profundizamos en la conciencia planetaria empezamos a percibir como todas las cosas están interconectadas. O, mejor dicho, dependen unas de otras, son interdependientes. Un ecosistema es un sistema interdependiente, un sistema en el que ningún ser prevalece sobre los demás, una red de relaciones en que ningún organismo individual puede concebirse aislado del resto. En la actualidad, disciplinas tan dispares como la ecología, la geopolítica y la física cuántica nos revelan la interdependencia de cosas que hasta hace poco considerábamos separadas.
Pero la conciencia de la interdependencia también ha sido cultivada tradicionalmente por diversas escuelas filosóficas, especialmente por el budismo a partir de Nagarjuna (ca. 150-250). También ha sido cultivada por los poetas, que ven vínculos que la percepción prosaica ignora. Joan Maragall (1860-1911) habla de un ritmo común "en el moverse de las olas en el mar, y en el petrificado oleaje de las montañas, en la disposición de las ramas del tronco, y en el abrirse las hojas, en los cristales de las piedras preciosas, y en los miembros de todo cuerpo animal, en el aullido del viento y el de las bestias..."
La conciencia planetaria es hoy, sencillamente, una cuestión de sensatez. El siglo XXI clama una nueva forma de juicio que sea a la vez personal, social y planetario, un sentido que tenga en cuenta el contexto social y ecológico de los bienes y servicios que utilizamos y que sea consciente de las repercusiones pequeñas y grandes de nuestras acciones. 

A nivel personal, podemos optar por la banca ética, el comercio justo y por todos los productos y actividades que contribuyan a la cordura social y planetaria. Este diseño también debería limitar la promoción indiscriminada del consumismo por parte de la publicidad (prohibiendo, de entrada, la publicidad que fomenta el consumismo en la población infantil) y debería estar presente en las instituciones políticas, en la educación y en los medios de comunicación, los cuales aún tienden a promocionar valores opuestos a los que necesitamos. La conciencia planetaria también debería acabar con los paraísos fiscales y poner límites a las entidades financieras internacionales, la actividad de las cuales está hoy en las antípodas de toda posible medida de sensatez.
Los 8 puntos de la ecología profunda
El noruego Arne Naess (1912-2009) es el filósofo que en las últimas décadas más destacadamente ha trabajado cuestiones relacionadas con la ecología, consciente de que la supervivencia y la plenitud de la naturaleza y la humanidad requieren cambios radicales en nuestra sociedad y en la forma como vemos nuestro lugar en el mundo. En 1984 formuló, junto con el también filósofo George Sessions, los ocho puntos clave de la ecología profunda:
Todos los seres vivientes tienen valor intrínseco.
2. La diversidad y riqueza de la vida tienen valor intrínseco.
3. La humanidad no tiene ningún derecho de reducir esta riqueza y diversidad, salvo para satisfacer necesidades vitales
4. Si fuéramos menos, sería bueno para los seres humanos y mucho mejor aún para los otros seres vivientes.
5. El grado actual de interferencia humana en los diversos ecosistemas no es sostenible, y esta insostenibilidad crece, cada vez, más.
6. Una mejora real requiere cambios considerables: sociales, económicos, tecnológicos e ideológicos.
7. Uno de los cambios ideológicos radica en buscar una mejor calidad de vida en vez de un nivel de vida más alto.
8. Los que acepten estos puntos tienen la responsabilidad de intentar contribuir, de forma directa o indirecta, a que se realicen los cambios necesarios.

Imágenes de la interdependencia

En la tradición budista se utiliza la metáfora de la red de Indra para mostrar la íntima e inagotable interdependencia de cada uno de los elementos del universo. 
Es una red maravillosa que se extiende infinitamente en todas direcciones, y en cada uno de sus infinitos nudos hay una cristal resplandeciente. Si miramos detalladamente cualquier de estos cristales, descubriremos que en su superficie se reflejan todos los otros cristales de la red. Además, en cada uno de los cristales reflejados encontramos el reflejo de todos los otros cristales, que se reflectante de manera infinita.
Un maestro zen contemporáneo, el vietnamita Thich Naht Hanh (1926-), ejemplifica esta percepción de la interdependencia con una sencilla hoja de papel:
"Si eres un poeta, verás claramente que hay una nube flotando en esta hoja de papel. Sin nube, no hay lluvia, sin lluvia, los árboles no pueden crecer, y sin árboles no podemos hacer papel. 
La nube es esencial para que exista el papel. Sí aquí no hay nube, tampoco puede haber papel... Si miramos aún más profundamente en esta hoja de papel, podemos ver la luz del sol. Sin la luz del sol, el bosque no puede crecer... Y si seguimos mirando, podemos ver el leñador que cortó el árbol y lo llevó a la fábrica para transformarlo en papel. Y vemos trigo. Sabemos que el leñador no puede existir sin su pan de cada día... Mirando aún más profundamente, nos podemos ver nosotros mismos, en esta hoja de papel. 

Esto no resulta difícil, porque cuando miramos la hoja de papel, es parte de nuestra percepción. Tu mente está aquí y la mía también. Así que podemos decir que todo es aquí en esta hoja de papel. No podemos señalar ni una sola cosa que no sea el tiempo, el espacio, la tierra, la lluvia, los minerales del suelo, la luz del sol, el nube, el río, el calor. Todo coexiste con esta hoja de papel... El caso es que esta hoja de papel está hecho exclusivamente con elementos que son 'no-papel'. Y si volvemos estos elementos «no papel» a sus fuentes, entonces no puede haber papel de ninguna manera. Sin elementos 'no-papel', como la mente, el leñador, la luz del sol y el resto, no habría papel. Tan delgado como es esta hoja, y contiene todo el universo."

9 de marzo de 2017

DEL MITHOS AL LOGOS






   Imagen: "Ensueño". Ana Luisa Muñoz Flores


Del Mythos al Logos

A inicios de la Edad del Hierro, todas las culturas neolíticas ancestrales de Europa y el sur de Oriente, unidas por su adoración al misterio de la sacralidad femenina y por una organización social relativamente pacífica e igualitaria, estaban pereciendo.

Morían para dar paso a una nueva era: la era del hombre. 
 

ay aún considerables controversias sobre las causas que precipitaron un cambio histórico tan profundo y cismático en la historia del devenir humano.

Según la popular teoría de la antropóloga Marija Gimbutas, el surgimiento de coléricas divinidades del cielo (cuyos símbolos eran el rayo, el aire, el fuego y la tormenta), que se expandían como conquistadores brutales sobre las antiguas teogonías matriarcales, coincide con las invasiones de los pueblos guerreros, arios y semíticos que cayeron en oleadas sobre los pueblos agrarios de la vieja Europa, el Creciente Fértil y la India pre-védica, desde fines de la Edad del Bronce.

Las invasiones crecientes de estos pueblos nómadas no sólo alterarían y desgarrarían el pacífico mundo de las culturas agrarias de la diosa, sino que eventualmente llevarían a un sincretismo cultural que constituiría la base de un nuevo orden social.

Gradualmente, el arquetipo del Padre comenzaba a imponerse sobre la antigua supremacía de la Madre:
  • Atón en Egipto
  • Zeus en Grecia
  • El (que en árabe se convertiría en "Allah") en las tierras semíticas
  • Marduk en Babilonia
  • Assur en Asiria
  • Indra en la India
  • Yahvé en el Canaán hebreo,
...encarnaron los atributos de un dios celestial, masculino, omnipotente y omnipresente, que reinaba soberano sobre todas las cosas.
"La supremacía de los dioses celestes queda asegurada por una casta sacerdotal de sexo masculino en India, en Persia y en el Canaán hebreo, y posteriormente en las culturas cristiana e islámica".
(Anne Baring & Jules Cashford, El mito de la diosa, 1991)
Pero, como hemos visto, este nuevo orden social no estaría fundamentado únicamente en una azarosa violencia histórica, sino en una radical transformación en la conciencia humana. 

Friedrich Engels, cofundador del marxismo, propuso la teoría de que el paso de una organización social comunitaria (matriarcal) a una organizada en torno al poder y la conquista (patriarcal) se debió al surgimiento de la propiedad privada, la que a su vez tendría su origen en los excedentes de riqueza de la tierra, que eventualmente se traducirían en poder.

Sin embargo, el surgimiento de los conceptos de "propiedad" y las leyes que la protegen puede ser visto justamente como una consecuencia material y social del incipiente sentido del "yo" de la mentalidad post-matriarcal, más orientada al poder y engrandecimiento del individuo, que al bien comunal.

Otros autores han visto las causas de esta transformación en el surgimiento de las primeras ciudades-estado:

la transición de la vida rural a la urbanidad, de una vida orientada en torno a los ciclos naturales a otra regida cada vez más por la ley y el poder de emperadores y reyes.
El descubrimiento de la astronomía, como un orden celestial del mundo que se convertiría en reflejo de las jerarquías de los reinos terrenales, también ha sido considerado como un factor clave en este proceso.

Pero quizás la innovación cultural más trascendente que conduciría a esta ineludible mutación histórica, no sería otra que la escritura. El nuevo medio de comunicación escrito, basado en el ordenamiento y la abstracción, favorecería el desarrollo del pensamiento abstracto, reflexivo y racional, sobre la percepción concreta, emocional e intuitiva de la realidad (hemisferio izquierdo sobre hemisferio derecho del cerebro).

Los hemisferios cerebrales, como hoy sabemos, no trabajan de forma completamente aislada uno del otro, pero cada uno está especializado en procesar ciertas funciones, que pueden considerarse como opuestas y complementarias.


Funciones que culturalmente se han tendido a calificar como "masculinas" y "femeninas", respectivamente: el hemisferio izquierdo se especializa en el lenguaje, la lógica y el pensamiento abstracto, mientras que en el derecho es donde tienen lugar fundamentalmente los procesos inconscientes, las emociones, la imaginación, el instinto, la intuición y la apreciación estética.
"El cerebro izquierdo es el del intelecto, el yo; es el cerebro lógico, creador y analítico, el que cree en la ciencia y en la razón, inventa y desarrolla las matemáticas; es el cerebro de la tecnología. Su dominio es la mente consciente de vigilia.

Por el contrario, el cerebro derecho está dominado por el inconsciente (en el sentido junguiano del término), la imaginación creadora, la síntesis, la emoción, los símbolos, la intuición."
(André Van Lysebeth, La pareja interior, 1998)
 


 En su prolíficamente documentada obra El Alfabeto contra la Diosa, el historiador y neurocirujano Leonard Shlain plantea que la introducción de la escritura llevó gradualmente a un mayor desarrollo del hemisferio izquierdo del cerebro (analítico, racional), conduciendo a lo que se conoce como "lateralización hemisférica":
un predominio de uno de los lados del cerebro sobre el otro, lo que también puede ser visto como un desequilibrio o disfunción a nivel cultural. Desequilibrio que se expresó socialmente como el dominio de lo masculino sobre lo femenino.
El desarrollo creciente de la capacidad analítica de la mente introduciría por primera vez el conflicto entre Myhtos y Logos, entre el modo de ser-en-el-mundo basado en la fascinación autoevidente del mito y el rito tradicionales y el de una naciente y heroica consciencia lógico-reflexiva (filosófica).

En Grecia, cuna de la cultura occidental, la escritura, más que cualquier otro descubrimiento en la historia de la cultura humana, daría lugar a la lógica, la filosofía, las matemáticas y la ciencia empírica, y poco a poco iría desplazando a los antiguos mitos ancestrales como sistema absoluto de significación colectiva.
"La mente se desprendió de la experiencia inmediata, concreta, sensual-imaginativa, y se volvió consciente de sí misma en distinción al entorno, estableciéndose así como conciencia.

Este fue el despertar inicial de la 'conciencia razonable' de su previa somnolencia […] En este nuevo modo de ser-en-el-mundo, la conciencia tenía que comenzar no con el conocimiento, sino sólo con ideas acerca del mundo, supuestos, hipótesis que podían ser verdaderas o falsas, es decir, que en principio eran cuestionables, y que por tanto requerían un informe racional y una verificación, fuera racional o empírica […].

De repente la conciencia se había vuelto ella misma responsable de lo que pensaba que era verdad. Tenía que pensar."
(Wolfgang Giegerich, Dialectis & Analytical Psychology, 2005)
Estas nuevas facultades de abstracción y diferenciación corresponden, como hemos visto, a una mayor autonomía del yo (ego) frente a los instintos naturales y frente a los valores tradicionales del grupo colectivo.
"En los momentos decisivos, el individuo ya no se apoyaba tanto en las respuestas instintivas a los estímulos externos o en la mera imitación formal de una tradición social estable, sino que cada vez estaba más sometido al dominio y al control de sus propios procesos de pensamiento".
(Julian Jaynes, El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral, 1976)
El precio de la capacidad auto-reflexiva del ser humano y del aumento de su conciencia frente a la impulsividad instintiva y la fascinación mítica, sin embargo, parece haber sido la pérdida de una considerable armonía social, de su percepción natural de la sacralidad de la vida y de su inherente identidad con el mundo.

La introducción del nuevo carácter lógico-reflexivo en la conciencia humana, por otra parte, sería gradual y, en la mayoría de los casos, privilegio de ciertas élites.


Por esta razón, el despertar de la "conciencia razonable" no haría desaparecer del todo el poder colectivo de las narrativas míticas, sino que ésta se adecuaría dentro de una nueva mitología que reflejaba el nuevo ser-en-el-mundo y los sistemas de valores que lo acompañaban, una mitología del ego, en la que el hombre soberano, conquistador, heroico y racional, ocupaba el lugar central, desde el que señoreaba sobre todas las cosas.

El trágico y heroico sacrificio de Sócrates en nombre de la verdad sería el ejemplo paradigmático de cómo el naciente Logos quedaría subordinado también, durante miles de años, a los nuevos esquemas autoritarios de un pensamiento mítico sustentado en valores patriarcales.

Junto con el desarrollo de la autoconciencia y el naciente poder del "libre albedrío", tendría también lugar la emergencia de un concepto que sería central para las culturas patriarcales: la culpa, que implica una transgresión a las leyes divinas del mundo.


El sentimiento de culpa, nos dice el psicólogo Wolfgang Giegerich, no tenía existencia en el modo de conciencia pre-filosófico de las culturas prehistóricas.
"¿Cómo podría, si el hombre estaba allí en una identidad con el mundo? Podía haber errores, actos equivocados, pero no culpa en un sentido moral […] La emergencia de la idea y la experiencia de la culpa refleja simplemente el acto lógico del divorcio de la mente de su unidad simbiótica con la naturaleza".
(Wolfgang Giegerich, Ibid)
La idea de culpa se manifestó en la cultura griega en los conceptos de hamartía e hybris, que con tanto énfasis y dramatismo han sido expresados en la tragedia.

Mientras que las religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam), hicieron de la culpa el bastión central sobre el que se sostendría toda su cultura. En este punto, podemos ver como la tríada universal de ley-culpa-castigo (el "padre introyectado") se manifestaría en el inconsciente humano como el "Superyo" descrito por Freud.

Junto con el concepto de culpa, la idea del Bien y el Mal como realidades absolutas e irreconciliables se solidificó en estas culturas.


El bien pasaba a estar definido por la adecuación a la "ley del Padre", mientras que el mal constituía su transgresión. Y la ley del Padre, su ley divina, estaba grabada ahora en palabras sagradas.

En el código legal mesopotámico más antiguo que se conoce, atribuido al rey Urokagina de Lagash, la nueva cultura patriarcal dejaba claro cuál sería el lugar de la mujer en el nuevo orden social:
"Si una mujer habla contra su hombre, su boca será machacada con un ladrillo al rojo".
(Código de Hammurabi, h.2350 a.C.)
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