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29 de julio de 2017

Del cuidado andocrático al cuidado gilánico. Ana Luisa Muñoz Flores




                       Imagen: "Amor estival". Ana Luisa Muñoz Flores. alumuflores



Del cuidado andocrático al cuidado gilánico

Anamaría Hernández Barrantes

El cuidado a partir del paradigma androcrático El sistema androcrático valora a las mujeres por tres atributos, fundamentalmente, la belleza, la capacidad de servir y cuidar a los(as) demás y la maternidad. Atributos que las mujeres asumimos como lo que da sentido a nuestras vidas y nos pone a rivalizar entre nosotras.

Quisiera reflexionar sobre el segundo aspecto mencionado: la capacidad de servicio y de cuidado. Es claro que, tanto a mujeres como a hombres nos han asignado tareas de cuidado pero, como todas las demás asignaciones de género, estas están diferenciadas y valoradas de manera asimétrica y jerárquica.

Ser proveedores es el papel asignado a los hombres, velar por la atención de la familia es el mandato social a las mujeres. Roles asignados y asumidos que se vuelven comportamientos y formas de vida “propios” de mujeres y hombres. En el caso de las mujeres, tradicionalmente tenemos a cargo el cuidado de los hijos y las hijas, del marido, de la madre y el padre cuando estos están mayores o enfermos y de los enfermos en general.

 Somos las mujeres quienes mayoritariamente pedimos permiso en los trabajos para llevar a las niñas y los niños a las citas médicas o para asistir a las reuniones de la escuela. Dejamos más fácilmente nuestros trabajos remunerados para dedicarnos a la crianza de nuestros descendientes o al cuidado de algún familiar enfermo.

Socialmente, la responsabilidad de la reproducción biológica y social de la familia (ser madre, criar y cuidar los hijos, y organizar el hogar), ha sido valorada de manera ambigua; por un lado, tradicionalmente no es asumida por los hombres, para quienes su campo de acción es la vida pública y el trabajo productivo el cual cuenta con un amplio reconocimiento y valoración social. Así en la jerarquización de las funciones sociales no tiene el mismo valor ser ama de casa (“espacio propio de las mujeres”) que realizar trabajo en el espacio público y ser el proveedor de la familia (papel asignado a los hombres) que como dice Bolt (s.a.: 37) en estas sociedades…”las funciones extrafamiliares tienen más peso social que las familiares.”

 Pero, también es cierto que se maneja un discurso que “alaba” y “valora” el papel doméstico de las mujeres, se usa como contenido de la publicidad comercial cercana al día de la madre y se aprecia a la mujer que no trabaja fuera del hogar y, cuando por “lamentables” circunstancias tiene que hacerlo, ella continua realizando labores hogareñas (doble y triple jornada) y en la línea del cuidado de los demás porque “nadie puede hacerlo como nosotras”.

Una forma de mantener el sistema social y cultural (Lagarde, 2001). Ahora, bien, el problema no es realizar este tipo de papeles, el asunto es que: • se asumen como propios de las mujeres por el hecho de serlo y nos restringen la vida a estos. Nos dan el título de especialistas en la dedicación a la vida afectiva a costa de la marginación en otros campos (Amorós: 1985); • esta concepción se sustenta en relaciones de poder que se ejercen para asegurar la supremacía de los hombres y de lo masculino sobre la inferiorización previa de las mujeres y de lo femenino.

Estableciendo relaciones de género antagónicas y jerárquicas. Toda esta visión me lleva a pensar que el cuidado, en el contexto de una sociedad androcrática, se convierte, para los hombres, en una oportunidad y una forma de ejercer el poder de dominio (Lagarde, 1997), porque proveer el sustento familiar da licencia para mandar, por eso son jefes de familia1 1 También las mujeres que asumen, por diversas circunstancias, la responsabilidad económica de la familia son llamadas jefas de hogar.

 Además es común oírlas decir que son “padre y madre”, pues tienen tanto la responsabilidad de cuidar como de mantener económicamente a la prole. … pues “quien paga la música manda en el baile. “Cuidar” es tener poder de dominio sobre la persona cuidada. En el caso de las mujeres, el asunto es más complejo, por un lado, al verse como una obligación, por la condición de género, el cuidado de la familia se asume conciente o inconscientemente como una carga, pues no es opción: tengás o no tengás los recursos internos y externos para hacerlo, tenés que hacerlo. En la que se pone más de lo que se recibe por lo que es una fuente de constante frustración (Amorós: s.a., 272). En este contexto, el cuidado de las otras personas más de una vez significa descuido de sí misma.

Pero también, esta visión del cuidado androcrático nos da la oportunidad a las mujeres de ejercer una forma de poder, también de dominio, pues, no pocas veces, crea dependencia por parte de quienes cuidamos. Esto nos hace sentir valiosas y dar sentido a nuestra vida concebida en función de los otros. En síntesis, este tipo de cuidado provoca, entre otros, sobreprotección, control y dominio por parte del cuidador – cuidadora generando, muchas veces, dependencia y rechazo al mismo tiempo, por parte de los cuidados y las cuidadas.

El papel de cuidadoras no solo se ejerce en el ámbito familiar, se vuelve estilo de vida que se despliega en todos los espacios en los que nos movemos: grupos de amistades, espacios laborales y de estudio. Es una forma de relacionarnos. Así, se establecen relaciones entre el yo cuidadora y los otros(as): los cuidados (as), que, entre otras cosas: • crea dependencia entre cuidadora y cuidado;

• se maneja el control disfrazado de cuidado;
• se manifiesta ayuda, cuando en realidad es sobreprotección; • disimula actitudes obsesivas con cercanía y preocupación (Boff: 2002, 131);
 • coarta la libertad y la creatividad.

 La relación yo – nosotros/as caracterizada por el cuidado gilánico Actitudes como las descritas anteriormente no posibilitan un nosotros/as, porque para que la experiencia nosotros/as sea posible se requiere, entre otras cosas, que, como señala Boff, la “acción de diálogo yo – tú [que crea el nosotros/as], sea liberadora, sinérgica y constructora de una alianza perenne de paz y amor”... que promueva la autonomía, la libertad, la apertura y la creatividad (2002: 113 y 118) sin agarres ni violencias, como nos propone Restrepo (1994). Que sea una relación caracterizada por la ternura vital, la caricia esencial, la amabilidad fundamental, la convivencialidad necesaria, la compasión radical (Boff, 2002).


En este sentido, no una relación de poder de dominio, sino de poder con… que geste colectivamente soluciones creativas a los problemas (en sentido amplio), en la lógica sinérgica y de poder para… “poder generativo o productivo que permite compartir los poderes y favorecer el apoyo mutuo, abrir posibilidades y acciones sin dominación” (Hernández, 2007: 41).


Así en la generación del nosotras/os ninguna persona queda excluida, marginada o discriminada, ni es explotada por su condición de género, edad, etnia, opción sexual, discapacidad y posibilidades económicas. Pero también se requiere que Yo, en este caso yo mujer, me cuide en cuerpo, mente y espíritu, sea un ser para mí misma, fortalezca el poder desde dentro, el poder que surge del ser yo misma, del reconocimiento de mis experiencias y potencialidades.


Solo así podré participar sanamente en el cuidado de los otros y las otras en relaciones de reciprocidad, respeto y libertad que no impliquen carga y mandato. Donde el yo no sea anulado por el nosotras/os (experiencia de muchas mujeres) ni el nosotras/os quede en desventaja ante el yo (del padre, del hombre) (Maturana en Eisler, 1993).
Solo así iré e iremos contribuyendo a hacer posible una sociedad cimentada en una cultura gilánica (Eisler, 1993).

§ Referencias bibliográficas

§ Amorós, Celia (s.a.) Editora Feminismo y filosofía (en Universidad de La Salle (2006) Compendio de lecturas del curso Educación y Equidad de Género).
 § Amorós, Celia (1991) Hacia una crítica de la razón patriarcal. (en Universidad de La Salle (2006) Compendio de lecturas del curso Educación y Equidad de Género).
 § Boff, Leonardo (2002) El cuidado esencial. Ética de lo humano, compasión por la Tierra. Madrid: Trotta.
 § Boff, Leonardo & Muraro, Rose M. (2004) Femenino y Masculino. Una nueva conciencia para el encuentro de las diferencias. Madrid: Trotta.
§ Bolt, Alan. Masculinidades y desarrollo Rural: una nueva manera de satisfacer las necesidades humanas esenciales y defender la red de la vida. (en Universidad de La Salle (2006) Compendio de lecturas del curso Educación y Equidad de Género).
 § Eisler, Riane (1993) El cáliz y la espada. Nuestra historia, nuestro futuro. Santiago de Chile: Cuatro vientos; 4º ed.
§ Lagarde, Marcela (1997) Género y Feminismo. Desarrollo Humano y Democracia. España: Horas y horas, 2º ed. (en Universidad de La Salle (2006) Compendio de lecturas del curso Educación y Equidad de Género).
§ Lagarde, Marcela (2001) Los cautiverios de las mujeres. Madresposas, monjas, putas, presas y locas. UNAM. México. (en Universidad de La Salle (2006) Compendio de lecturas del curso Educación y Equidad de Género).
§ Hernández, Anamaría (2007). La participación política de las mujeres. Documento sin publicar.

§ Restrepo, Luis Carlos (1994) El derecho a la ternura. Bogotá: Arango editores.

Fuente: http://centronosotros.or.cr/andocraticogilanico.pdf

28 de julio de 2017

Antropología Y Género: Breve Revisión De Algunas Ideas Antropológicas Sobre Las Mujeres





                  Imagen: "Laskmí". Arte digital. Ana Luisa Muñoz Flores



Antropología Y Género: Breve Revisión De Algunas Ideas Antropológicas Sobre Las Mujeres




Por: María Eugenia Carranza Aguilar
"Si soy feminista y antropóloga (...) los colegas antropólogos me acusarán de etnocentrismo y las compañeras feministas de relativismo exagerado, de poca convicción política."
Britt-Marie Thuren.

1. Introducción

La Antropología tiene como principal objetivo descubrir, analizar y explicar las diferencias y las similitudes entre culturas. O lo que es lo mismo, tiene la misión de encontrar lo que es universalmente humano y separarlo de aquellas concreciones culturales que distinguen unas sociedades de otras.

Ahora bien, dada la división sexual del trabajo imperante hasta hace pocas décadas en las sociedades occidentales, quienes han desarrollado mayoritariamente esta disciplina desde su nacimiento en el siglo XIX con las teorías evolucionistas, han sido, como no podía ser de otra forma, varones, antropólogos con una idea preconcebida de quiénes son los sujetos relevantes para el estudio antropológico, cuyas actividades, respuestas y valoraciones son, por tanto, las importantes.

La Antropología fue, así, en un principio, en busca de la voz del nativo varón y, aunque nunca obvió a las mujeres por completo, si se interesó por ellas fue en tanto madres. El interés antropológico en las mujeres hasta la segunda mitad del siglo XX se limitó a los temas de parentesco, es decir, no las estudió como sujetos con valor en sí mismas, sino como madres, en tanto generadoras de hijos y como agentes que equilibraban las dialécticas de poder entre grupos e individuos a través de su intercambio.

Las mujeres fueron consideradas mercancías, monedas de cambio, objetos de transacción en la mayoría de los casos, porque el etnocentrismo de los estudiosos les hacía buscar lo equivalente de su cultura occidental en las sociedades no occidentales que estudiaban, al tiempo que su ideología androcéntrica fijaba su atención en los elementos masculinos y despreciaba los femeninos.

Pero el problema no es sólo que la Antropología haya sido construída como cuerpo teórico por varones que han ido a buscar informantes de sexo masculino, olvidando la perspectiva de la mitad femenina de la especie, que no podía fabricar sus propias teorías y que, como posteriormente se ha visto, ha mostrado un interés mucho mayor en estudiar mujeres. Si esta fuera la cuestión a resolver, entonces, con la inclusión de mujeres en la disciplina estaría solucionada. Pero, no basta con que las mujeres hagan Antropología, que no es poco, sino que es necesario que antropólogos y antropólogas se cuestionen las bases en las que se apoya la ciencia en la que trabajan y, en última instancia se cuestionen a sí mismos como sujetos inmersos en una cultura que no es, ni mucho menos, neutra y objetiva y que les ha construido de una forma concreta como seres adscritos al género.

2. Sobre las mujeres: voces desde la Antropología

En el siglo XVIII y antes de la aparición de la Antropología como disciplina académica, el economista y filósofo Adam Smith realizó un análisis de orientación antropológica en el que sostiene que la institución del matrimonio surge con la aparición de la propiedad y que el grado de subordinación de las mujeres en la familia depende de factores económicos.
Así, de una mayor aportación económica de las mujeres en el matrimonio se deriva una menor subordinación al marido y, de igual modo, de una aportación económica menor se sigue una mayor subordinación de la esposa al esposo.

Para Smith, lo económico es la causa de las relaciones de poder entre los sexos. Resulta interesante observar que algunos estudios de campo recientes han demostrado, en efecto, que la estratificación de género aumentaba en las sociedades forrajeras cuando las mujeres contribuían con mucho más o con mucho menos que sus compañeros y tendía a disminuir cuando la contribución a la subsistencia era la misma (KOTTAK, 1994: 313-330).

A. Smith divide la historia de la humanidad en cuatro períodos a los que asigna distintas formas de matrimonio y distintos grados de subordinación de las mujeres. Como cualquier explicación de la opresión de las mujeres que tenga en cuenta solamente las variables económicas, la de Smith falla. No sabemos qué diría hoy el autor al respecto de que muchas mujeres que son económicamente independientes soporten malos tratos físicos o psíquicos por parte de sus parejas. Indudablemente, la posición económica de una mujer influye decisivamente en su situación de menor o mayor opresión, pero no se puede establecer una explicación unicausal economicista de la opresión de género, porque otros factores, ideológicos y simbólicos contribuyen a que exista.

En el siglo XIX, surgen los grandes debates sobre el matriarcado con las teorías antropológicas evolucionistas. Como ya he señalado en la introducción, la Antropología se interesó en un principio por las mujeres casi exclusivamente por su importancia en los temas de parentesco, dentro de los que se incluye la polémica sobre si existió o no un sistema de organización social en el que las mujeres detentaran el poder.

Bachofen, basándose en la mitología y en el derecho clásicos, sostiene la existencia de un matriarcado o ginecocracia y lo sitúa en un estadio de evolución humana anterior al patriarcado. Según el estudioso suizo, este matriarcado primitivo "se marchitó con el victorioso desarrollo" del patriarcado (BACHOFEN, 1988:55). El autor confunde “el gobierno de las mujeres” con la matrilinealidad o pertenencia exclusiva de la descendencia a la línea de la madre, como sucederá en los escritos de todos los antropólogos que, hasta Malinowski, sostendrán la existencia de un matriarcado primitivo.

Para Bachofen, la existencia de divinidades femeninas es prueba de que las mujeres dominaron la sociedad en algún momento de la historia porque, a su juicio, la tradición mítica refleja con fidelidad la realidad social y sus leyes.

Sin embargo, el culto a las diosas no implica necesariamente un estatus superior para las mujeres “de carne y hueso” y, mucho menos, que el poder estuviera en sus manos. Por el contrario, el culto a las divinidades femeninas puede interpretarse como una exaltación de las funciones reproductoras de las mujeres (PULEO en AMORÓS, 1995:42), fenómeno éste que se produce en el orden patriarcal que considera a las mujeres en tanto productoras de hijos.

Para Bachofen, la existencia de un sistema ginecocrático primitivo queda probada por la "radical oposición al orden patriarcal" inherente a estos mitos. Afirma que los relatos que sitúan a las mujeres en una situación de poder no habrían podido ser inventados en el seno de una cultura patriarcal (BACHOFEN, 1988:58). Pero, podemos preguntarnos: ¿por qué no? Podríamos interpretar estos mitos como un recurso patriarcal para justificar que el poder se halle en manos de los varones, porque, al fin y al cabo, ya lo tuvieron antes las mujeres. La afirmación de Bachofen se cae por su propio peso en este punto porque implica una concepción de la creación intelectual humana como limitada por la realidad tangible: sólo se podría relatar lo que existe y todo pensamiento referido a la utopía o a la ficción _como podrían ser los escritos y leyendas que Bachofen denomina ginecocráticos_ sería imposible. Sólo existen dos sexos a los que se atribuyen, en la mayoría de las sociedades, dos géneros con características opuestas que definen lo que es ser mujer -o sea, lo que es no ser hombre- y lo que es ser hombre -que es no ser mujer-, los hombres gobiernan en la sociedad, echemos un vistazo a la historia: ¿no es común elucubrar sobre cómo serían las cosas si ocurriese lo contrario, es decir, si gobernasen las mujeres? Como ya he apuntado, los mitos que narran la existencia de matriarcados primitivos podrían funcionar como legitimadores del poder masculino porque, de acuerdo a estos relatos, si las mujeres perdieron su estatus y sus privilegios fue por no saber gobernar con diligencia y justicia.

Así, algunos mitos amazónicos cuentan que los varones vivían subyugados a las mujeres, las cuales poseían peligrosas vaginas dentadas. Los hombres se liberaron de la opresión femenina al arrancarles a las mujeres los dientes de sus vaginas _ y convertirlas en penetrables, podríamos añadir. Otros mitos, como el letuama y el macuma narran que las mujeres poseían los saberes de la caza, la pesca y la fecundación hasta que los hombres se rebelaron y vencieron al matriarcado, embarazando a las mujeres (PALMA, 1992).

Otras pruebas, irrefutables para Bachofen, de que los matriarcados existieron "no como abstractos pensamientos filosóficos de génesis tardía" sino como "la realidad de un modo de vida (Lebensweise) originario" son "el mayor culto ofrecido a la luna, más que al sol, la preferencia mostrada por la tierra concipiente más que por el mar fecundante, por el lado oscuro de la muerte en la naturaleza más que por el luminoso del ser, por los muertos más que por los vivos, por la tristeza, duelo o luto, más que por la alegría (..)" (BACHOFEN, 1988:62, 63). Sin embargo, debemos tener en cuenta que la atribución de características femeninas a la tierra, la luna, la noche y la muerte y la concepción del cielo el sol, el día y la vida como masculinos es propia de los sistemas patriarcales que establecen una jerarquía en la que lo feminizado de la Naturaleza es inferior, oscuro, misterioso y peligroso y lo masculinizado es superior, luminoso, claro y dador de vida.

El matriarcado aparece dibujado por nuestro autor como íntimamente ligado a lo religioso, a la religiosidad oscura y lírica que rodea la adoración de deidades femeninas porque "...siempre que la mujer está situada en la cumbre, tanto de la vida como en el culto, se preservará el misterio con todos los cuidados". Es el misterio que envuelve la religión ginecocéntrica el arma que usaron las mujeres para arrebatar el poder concedido por las leyes naturales al más fuerte con "...manos más débiles" (BACHOFEN, 1988:75 y 72).

Este matriarcado primigenio habría sido derrocado por el patriarcado cuando los varones descubrieron la paternidad, es decir al conocer su contribución biológica a la reproducción de la especie, que se traduce en el encumbramiento del masculino sol como astro más poderoso y venerado (BACHOFEN, 1988: 104-107). El autor explica este cambio de gobierno recurriendo a la Orestíada de Esquilo, donde se narra cómo el derecho paterno vence al derecho materno tras enfrentarse, porque según las palabras de Apolo en esta obra: "Del hijo no es la madre engendradora/ es nodriza tan sólo de la siembra/ que en ella sembró. Quien la fecunda/ ése es su engendrador (...).

El evolucionista Lewis Morgan estudia a los matrilineales amerindios iroqueses, en los que creyó encontrar el prototipo de ciudad matriarcal a la que Bachofen se refería. La organización social de estos pueblos permite a las mujeres controlar la economía cuya base es la horticultura (MORGAN,1970).

Pero no puede hablarse de matriarcado porque, como han demostrado investigaciones posteriores, los representantes políticos son única y exclusivamente varones, luego la capacidad de decidir sobre asuntos que conciernen a toda la sociedad está vetada para las mujeres (PULEO en AMORÓS, 1995:40). Del mismo siglo y perteneciente a la misma escuela teórica que Morgan, Maine, con su libro Ancient Law, en el que no sigue un planteamiento evolucionista, afirma la prioridad histórica del patriarcado sobre el matriarcado. Basándose en el derecho romano y en la India antigua, Maine considera que la primera comunidad humana fue la de los parientes agnados o hermanos que cohabitan con sus mujeres y su descendencia, o dicho de otra forma, afirma que la primera familia fue de tipo extenso patrilocal (MAINE, 1893).

El debate sobre la existencia del matriarcado se cierra con Malinowski, que aclara la confusión evolucionista entre matriarcado y matrifocalidad (descendencia perteneciente a la línea materna de manera exclusiva y residencia del matrimonio en el lugar de nacimiento de la mujer). Aunque es cierto que en las sociedades con matrilinealidad o matrilocalidad (residencia del matrimonio en el lugar de nacimiento de la mujer) las mujeres disfrutan de un estatus más alto que en las sociedades patrilineales (con descendencia de pertenencia exclusiva a la línea materna) o patrilocales (con residencia del matrimonio en el lugar de origen del varón). Esto no significa que el poder lo detenten las mujeres. Ahora bien, no es lo mismo para una mujer ser “la extraña en casa de extraños”, como ocurre cuando prevalece el principio de patrilocalidad, que vivir en el asentamiento donde se crió y donde vive su familia. De la misma forma, es distinta la cantidad de poder que puede ejercer una mujer cuya descendencia pertenezca a su linaje que otra mujer cuyos hijo pertenezcan al varón.

La polémica sobre la existencia del matriarcado se retomó con el surgimiento de la Antropología del género y, en la actualidad, algunos sectores del feminismo sostienen que “el gobierno de las mujeres” primigenio fue una realidad y no sólo un mito. Lo cierto es que nunca se ha podido demostrar la existencia de dicho sistema de organización socio-política aunque tampoco hay evidencias suficientes para negar categóricamente que en alguna etapa de la historia humana de la que no nos ha quedado constancia, surgiera el matriarcado. Pero, teniendo en cuenta que las sociedades recolectorascazadoras de las que hoy se tiene noticia no son ni siquiera igualitarias, el patriarcado o sistema en que los varones poseen mayor poder y autoridad (HARRIS, 1986:503-504) parece presentarse como la forma organización social que ha acompañado a los humanos desde que lo son.

Si prestamos atención a las especies evolutivamente más cercanas al “homo sapiens” que pueblan hoy nuestro planeta (gorilas,chimpancés y orangutanes), observaremos que su organización es patriarcal y nuestros orígenes no debieron ser muy distintos a su situación actual. No estamos afirmando que el patriarcado se lleve en los genes y por tanto, sea inderrocable, sino que el sistema de organización social de los grandes simios _ que también son seres culturales y con cierta capacidad de abstracción (CAVALIERI y SINGER,1998) _ es, como el de todas las sociedades humanas conocidas, el patriarcado. Si se puede sostener que todas las sociedades humanas son patriarcales sin que ello implique esencialismo, no debe parecer un determinismo biológico indicar como dato significativo para la antropología que las sociedades de otros primates cercanos (los gorilas, por ejemplo tienen un cociente intelectual de 70, como los humanos con deficiencia mental leve) también son patriarcales.

Como se ha podido comprobar para el fenómeno de la agresividad masculina (MIEDZIAM, 1995), Naturaleza y Cultura se hallan en una continua relación de retroalimentación pero la Cultura tiene el peso determinante. Así, pues, la Cultura _ condicionada por las circunstancias materiales económicas y ecológicas, y quizá en cierta manera por la biología, por ejemplo, por la mayor agresividad de los machos por causas hormonales, lo cual no implica que los impulsos violentos no puedan neutralizarse o corregirse a través de la educación_ establece la jerarquía entre hombres y mujeres propia del patriarcado.

Ya en el siglo XX comienzan los estudios antropológicos sistemáticos sobre el género o construcción cultural de la identidad sexuada. En esta temática, hay que destacar el trabajo pionero de la antropóloga Margaret Mead, perteneciente a la escuela “Cultura y Personalidad” creada por Franz Boas. En 1926, Mead viajaría hasta la Samoa americana, en Polinesia, para observar si los problemas considerados propios del desarrollo que experimentan los adolescentes en la sociedad estadounidense del momento se dan también en culturas muy diferentes. La conclusión que recoge en Adolescencia, sexo y cultura en Samoa es la siguiente: la permisividad sexual de la sociedad samoana evita la vivencia de la madurez sexual y del impulso erótico adolescente como conflictivos. En 1935, escribe Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas, obra en la que compara a los pueblos Arapesh, Mundugumor y Tchambuli de Nueva Guinea. Según Mead, en la sociedad Arapesh se da un solo género, el que en occidente denominamos femenino. Estas personas son extremadamente apacibles y cariñosas, y tanto hombres como mujeres encuentran un gran placer en el cuidado de los niños, en la cooperación y en atender las necesidades de los otros (MEAD, 1982: 118,119,235). Los Arapesh desconocen cualquier tipo de diferencia comportamental en las relaciones sexuales entre hombres y mujeres: los varones no son "espontáneamente sexuales" y las mujeres "ajenas al deseo", sino que ambos sexos se interesan por lo erótico después de que surja un "profundo interés afectivo ni precedido ni estimulado..." por el sexo (MEAD, 1982:122). De acuerdo a la descripción de Mead, los habitantes de este pueblo, tampoco están sometidos a presiones de tipo social para que hombres y mujeres se dediquen a tareas distintas. La ocupación es una decisión individual que no tiene relevancia para el grupo y está libre de los imperativos de género. El único deber que no puede ser olvidado por nadie es el de cuidar a los niños y a las niñas (MEAD, 1982:124). En cambio, los caníbales Mundugumor constituyen el prototipo de pueblo antisocial, donde el sistema de parentesco de cuerda _ en el que los hijos pertenecen al grupo de la madre y las hijas al grupo del padre _ genera constantes tensiones que hace de los miembros de esta sociedad seres agresivos, desconfiados y crueles, con una sexualidad violenta.

El sexo mundugumor es violento y rápido y deja en los amantes las huellas de su desenfrenada y dolorosa pasión en forma de rasguños, cardenales y ropas desgarradas (MEAD, 1982:183-184). Las malhumoradas madres mundugumor no desean descendencia ni son afectuosas con ella y el período de lactancia se caracteriza por el enojo (MEAD, 1982:167-169). Entre los Mundugumor, existe un solo comportamiento de género, el que tradicionalmente se ha considerado propio de los varones en la cultura occidental (MEAD, 1982:119,235). Los varones eligen mujer tanto como las mujeres eligen marido y "la sociedad está construída de modo que los hombres peleen por las mujeres, y las mujeres eludan y desafíen (...) Las niñas crecen, en consecuencia, tan agresivas como los muchachos" (MEAD, 1982:183). Muchas son las críticas que podrían hacérsele a Margaret Mead al respecto de esta última afirmación puesto que no implica el mismo grado de agresividad pelear que eludir. Por otro lado, como reconoce la misma M. Mead, entre los Tchambuli únicamente es apreciada la virginidad femenina y sólo a los varones se les cualifica para usar armas (MEAD, 1982:179), de manera que hablar de la existencia de un sólo género parece aquí, cuanto menos, exagerado.

El tercer grupo estudiado por Margaret Mead, los Tchambuli, aparenta una inversión de los roles y temperamentos de género: a las mujeres, esta cultura les asigna el género considerado en Occidente como masculino y a los varones el género concebido entre nosotros como propio de las mujeres.

Las mujeres Tchambuli son dominantes y gustan de un trato impersonal con los otros, se dedican a la pesca y a la manufactura de mosquiteras, mientras que los varones, emocionalmente dependientes de sus mujeres, emplean la mayor parte de su tiempo en tareas artísticas como confeccionar vestidos y maquillarse y vestirse para las danzas rituales. Además las Tchambuli viven en continuo contacto unas con otras, integrando grupos de colaboración, los Tchambuli, en cambio, se asocian sólo en momentos concretos y su solidaridad es "...más aparente que real" (MEAD, 1982:204,214,236). Según Mead, ellas tienen el poder ya que de su pesca depende la supervivencia del grupo. El pescado, además de constituir la fuente de alimento por excelencia, es cambiado por otros productos, y en manos femeninas, como ya he mencionado, se hallan también las manufacturas de mosquiteros. Las mujeres permiten a sus esposos comprar comida en el mercado y realizar intercambios de productos, lo cual es considerado por los hombres como "...una ocasión de gala; cuando un hombre tiene entre sus manos la negociación final de un mosquitero de su mujer, se marcha resplandeciente con sus plumas y adornos de conchillas y pasa varios días deliciosos para realizar la transacción. Dudará y se equivocará, avanzará aquí, retrocederá allá, (...) en fin, hará de la elección una verdadera orgía, tal como una mujer moderna, con su cartera bien provista, revuelve en la tienda de una gran ciudad en un día de compras.

Pero solamente con la aprobación de la esposa podrá gastar ..." el hombre
Tchambuli (MEAD, 1982:215). A las mujeres les divierten los juegos y bailes e los varones, que aunque poseen nominalmente la casa, la familia e incluso a la esposa, no tienen poder real de decisión.

La importancia del trabajo de Mead reside en que demostró que no existe correspondencia natural estricta entre sexo y género y que lo hizo en una época en la Antropología daba esta correspondencia por supuesta.

Hasta la década de los 70, parejo al resurgir de los movimientos y la teoría feminista, el tema de las mujeres no será tratado desde una perspectiva crítica, aunque las mujeres irán cobrando paulatino protagonismo. A finales de los años 60 y comienzos de los 70 aparecen las teorías bio-behavioristas que exponen el proceso de evolución homínida que hizo surgir al “homo sapiens” como el fruto de la práctica de actividades cinegéticas de los machos de la especie. En 1968, Washburn y Lancaster, y en 1971 Tiger, desarrollarán, entre otros autores, la “teoría del hombre cazador” que afirma que la caza cooperativa de los grandes animales provocó el desarrollo de las habilidades intelectuales que distinguen al ser humano de los otros animales. Mientras los varones cazaban y desarrollaban su capacidad de planificación, de cooperación y de comunicación y construían los primeros objetos artísticos, las mujeres supuestamente permanecían en el campamento base, ocupadas en tareas de recolección y de cuidado de los niños, actividades que, según esta explicación no requieren desarrollo cultural, sino que se llevan a cabo de forma natural.

Sally Linton en su artículo "La mujer recolectora: sesgos machistas en Antropología" realiza una brillante crítica a la idea del “hombre cazador” como motor de evolución humana. Linton argumenta que entre los cazadoresrecolectores las mujeres consiguen por sí mismas suficiente cantidad de alimento como para abastecerse a ellas y a sus criaturas, ya que la recolección en estas sociedades supone la mayor parte de la dieta (LINTON en HARRIS y YOUNG, 1979:41). Además la recolección y la crianza son actividades para las que hay que poseer un gran número de conocimientos diversos - geográficos, climáticos, botánicos- y capacidad organizativa, pero sobre todo requiere la capacidad de transmisión cultural, o sea de enseñanza. Por otro lado, señala que los hallazgos arqueológicos más antiguos podría ser de instrumentos destinados a la recolección. No tienen por qué ser armas, y sin embargo, se les ha atribuído esta función sistemáticamente (LINTON en HARRIS y YOUNG, 1979:43). Parece que a los investigadores les resulta más excitante y más sencillo imaginarse que las manos que construyeron el primer instrumento humano pertenecían a algún rudo varón primitivo, cazador de enormes mamuts, que pensar en la posibilidad de que el primer artefacto lo construyera una mujer para recolectar, cocinar o transportar a su bebé.

En “La mujer recolectora...” se afirma que el incremento del tamaño del cerebro y la aparición del lenguaje tuvieron que ser anteriores al desarrollo de la caza mayor. Puesto que la caza de los grandes animales es posterior a la recolección, no sería extraño que estas actividades fuesen las primeras que exigieran innovaciones técnicas. En el momento en que los grupos de cazadores empezaron a marcharse en expedición de los asentamientos, ya debía de existir un lenguaje que permitiese comunicar cuándo estaba previsto el regreso o la presencia de peligros en el poblado.

Como resulta evidente de lo expuesto, Sally Linton se cuenta entre las antropólogas que en la década de los 70 se dedicaron a dotar a la disciplina de una perspectiva crítica de género. Así surge lo que ya se puede denominar Antropología feminista, que en estos años se ocupó principalmente de responder a la pregunta de por qué es universal la opresión de las mujeres, dando por sentado, obviamente, que esta opresión es universal, pero sin apelar a explicaciones esencialistas (THUREN, 1993:7, 19).

La Antropología del Género en los años setenta se ocupó de recoger nuevos datos sobre las mujeres y de revisar los ya existentes para reinterpretarlos de forma crítica e incorporar la visión femenina a la Antropología. Se presentó a las mujeres como miembros activos en sus sociedades, que si bien no pueden denominarse igualitarias, no reducen siempre a las mujeres al papel de reproductoras pasivas o de mercancía, una imagen que había sido dominante en la literatura de la disciplina.

En este período destacan las antropólogas Sherry B. Ortner y Michelle Rosaldo, pero antes de exponer sus teorías brevemente, hemos de repasar la hipótesis de Nancy Chodorow, que aunque presente un enfoque más psicoanalítico que antropológico, es un claro exponente del tipo de explicación unicausal que se dió a la cuestión de la universalidad de la sumisión femenina entre los años 1970 y 1980 e influyó directamente en los trabajos de Ortner. Chodorow, teórica de las relaciones objetales, explica la opresión de las mujeres como el efecto de que éstas se ocupan de la crianza de los hijos e hijas (CHODOROW, 1984). Según esta autora, el primer objeto de amor para las criaturas de ambos sexos es la madre, con la que se establece una fuerte relación de dependencia y afecto. La niña, al percibirse "igual" a su madre se identifica con ella, lo cual se refuerza además socialmente, por lo tanto, cuando llega la etapa de individuación de la pequeña, ésta puede mantener sus lazos emocionales con la progenitora sin demasiados problemas, porque, al fin y al cabo, representa el modelo al que debe aspirar. Pero el varón, que se percibe distinto a la madre, no puede identificarse con su modelo, sino que tiene, precisamente, que negarlo para convertirse en lo contrario, o sea en hombre (CAVANA en AMORÓS (dir.), 1995). Además, el primer modelo de masculinidad para un niño es su padre, que a su vez ha aprendido, por medio de la socialización de género, el distanciamiento emocional y suele estar, más que en casa, atendiendo sus responsabilidades del ámbito público. Así, el círculo de la socialización se perpetúa como legado de padres a hijos y de madres a hijas y las mujeres se encuentran de esta forma situadas en desventaja frente a los varones, porque a ellas se les enseña a dar apoyo emocional y a necesitarlo, y a ellos, a ser distantes y autónomos. Desde la Antropología, se ha replicado que no en todas las sociedades los varones adoptan una actitud pasiva en la crianza de los hijos. Por lo tanto, no resultaría válida esa explicación de la opresión de las mujeres (THURÉN, 1993:7,33).

Sin embargo, es innegable que la identidad de género es una construcción social, por lo que, como ha demostrado Miryam Miedziam, puede ser transformada a través de la enseñanza. Miedziam, educadora y psicóloga, desde su experiencia en programas educativos con infantes y adolescentes, ha constatado que el desapego típico de los varones occidentales y las conductas violentas pueden reducirse si se les enseña a los chicos los valores del cuidado (MIEDZIAM, 1995).

La antropóloga feminista Sherry Ortner en su ya clásico artículo "¿Es la mujer a la Naturaleza lo que el hombre es a la cultura?", nos ofrece su explicación de la universalidad del estatus secundario de las mujeres. Para esta autora, la valoración inferior de las mujeres se debe a que son consideradas en todas las culturas como más próximas a la Naturaleza que los varones. Así, la dicotomía Naturaleza/Cultura se revela como una construcción que no es neutra en cuanto al género: la Naturaleza se caracteriza como femenina y la Cultura como aquello que trasciende y domina la Naturaleza, lo propiamente humano, lo masculino (ORTNER en HARRIS y YOUNG, 1979:114-115).

Pero, ¿por qué esta correspondencia y no otra?, ¿por qué se considera a las mujeres más cercanas al mundo natural? Desarrollando una observación de Simone de Beauvoir, Ortner contesta : las funciones reproductoras de las mujeres son más evidentes que las de los varones y obligan a una inversión de tiempo más prolongada en éstas. De esta percepción de las diferencias biológicas entre los sexos proviene la construcción de roles sociales distintos para hombres y mujeres. La distinta biología de varones y mujeres fundamentaría, de este modo, la creación de los roles de género, pero su jerarquización masculino- superior/ femenino- inferior sólo se explica como resultado de una valoración cultural. La condición de "segundo" sexo de las mujeres tiene formas distintas de concretarse en cada cultura, incluso contradictorias, pero lo universal es la valoración de lo femenino como inferior a lo masculino, porque las diferencias "sólo adoptan la significación de superior o inferior dentro del entramado culturalmente definido del sistema de valores" (ORTNER en HARRIS y YOUNG, 1979:114).

Si lo físico fundamenta los roles, la existencia de éstos, a su vez crea estructuras psíquicas según el género, dos formas de vida y dos ámbitos distintos para hombres y mujeres: el doméstico feminizado y el público masculinizado. Por otra parte, no se puede negar totalmente la capacidad simbólica femenina, porque las mujeres hablan, piensan, enseñan..., así que las mujeres quedan en un punto a caballo entre lo cultural y lo natural, como intermediarias. Ortner sostiene que la reclusión de las mujeres en el espacio doméstico se produce por sus funciones reproductoras y de crianza de los hijos, y que a su vez, este contacto continuo con la infancia les hace parecer más cercanas a la Naturaleza ya que los niños, como los animales, no caminan bípedamente, ni controlan sus funciones fisiológicas (ORTNER en HARRIS y YOUNG, 1979:119-120).

La hipótesis de Sherry Ortner ha suscitado una gran polémica. Se le ha criticado que la dicotomía Naturaleza/ Cultura es una creación occidental, por lo que no es válida para explicar la universalidad del patriarcado (MACCORMACK y STRATHERN, 1980). Esto habría que analizarlo con detenimiento: quizás la división del mundo en Naturaleza y Cultura sea universal, pero lo que en unos contextos es calificado de cultural, en otros se concibe como natural.

El artículo de Ortner ha sido uno de los pilares teóricos del ecofeminismo (PULEO en AMOROS, 2000) porque pone en relación el estatus inferior de las mujeres y de la naturaleza, demostrando que lo que hacen los varones se considera automáticamente cultural y lo que hacen las mujeres es percibido como instintivo, natural, como algo que no trasciende la animalidad. Por ejemplo, el dar la muerte propio de las actividades de caza y de guerras masculinas ha sido considerado superior a la capacidad femenina de dar la vida y cuidarla. Matar y parir, ambos son hechos naturales y culturales (los animales cazan y se reproducen), pero se ha valorado cada actividad de forma desigual. El ecofeminismo parte de la idea de que la Naturaleza como categoría sociológica ha sido feminizada y, por tanto, devaluada y oprimida, y las mujeres han sido naturalizadas y, por tanto, devaluadas y oprimidas.

Otra destacada antropóloga, Michelle Rosaldo, explica la subordinación femenina como el resultado de la dicotomía público/ doméstico. Una vez más se ve la maternidad como el factor que relega a las mujeres al espacio de lo familiar. La gran dedicación de tiempo y esfuerzo que supone la crianza imposibilitaría a las mujeres para realizar las actividades del espacio público que los varones, en cambio, tienen la posibilidad de realizar porque no soportan las mismas cargas que las mujeres. Ellos son libres para administrar la sociedad. Estos dos modelos de ser persona se perpetuarían, como afirma Chodorow, a través de la socialización: los niños se identifican con los varones adultos y con el ámbito público, y las niñas se identifican con las mujeres adultas y con el ámbito doméstico. La configuración de la personalidad es, por tanto diferente: las mujeres no se sentirán seguras en el espacio público, donde se toman las decisiones, donde se ejerce el poder. De la división doméstico/ público se deriva, según Rosaldo la percepción de las mujeres como más cercanas a la Naturaleza que los varones, porque convertirse en mujer no parce tan complicado como hacerse hombre, ya que las niñas no tienen que romper con el ámbito y los roles de lo doméstico, mientras que los niños tiene que convertirse en adultos saliendo del mundo femenino "natural" de la madre y pasando a integrar el mundo masculino "cultural".

Cabe señalar, finalmente, que Rosaldo, como Ortner, ha sido acusada de etnocentrismo ya que, según sus críticos, las categorías público y doméstico son invenciones de la cultura occidental (THURÉN, 1993:7,39).
En los años ochenta, resurge el interés por los temas de parentesco desde la perspectiva del género y se intensifica el conflicto entre el relativismo y el feminismo. En este enfrentamiento serán decisivas las aportaciones que desde el Tercer Mundo hará un feminismo que no admite homogeneizaciones artificiales ni imposiciones occidentales. Henrietta L. Moore es un referente obligado de este periodo. La posición de esta autora es la del relativismo cultural y, por tanto, pone el acento en las diferencias entre las mujeres de distintas culturas. Moore denuncia el etnocentrismo de la Antropología y del Feminismo: la situación de las mujeres no puede medirse con parámetros occidentales porque lo que en un lugar es valorado como dador de poder, en otra cultura puede no ser relevante para el estatus: las grandes teorías no pueden explicar la situación de un colectivo, el de las mujeres, que no es homogéneo (MOORE, 1991).

En estos años se cuestiona una idea que en la década anterior parecía un dogma: la universalidad del bajo estatus de las mujeres. La Antropología se preguntará si tal afirmación no es producto del sesgos etnocéntricos y androcéntricos.

Se distinguen tres niveles de androcentrismo en la disciplina: el de los antropólogos, el de los propios informantes varones y el que impregna los supuestos teóricos de la Antropología (THURÉN, 1993:7,24). Por ello, se discute si solamente las mujeres pueden etnografiar la vida de otras mujeres, a la vista de estudios que demostraban que antropólogos y antropólogas fijaban su atención en objetos de estudio diferentes e interpretaban los datos también de forma distinta.

Sea como fuere, considero que no puede pretenderse que el estudio de las mujeres sea llevado a cabo sólo por mujeres, porque, de la misma manera, se podría prescribir que el estudio de los varones lo ejecutaran sólo antropólogos de sexo masculino. Siguiendo esta lógica, una mujer blanca de clase media tampoco podría estudiar cómo viven y piensan las mujeres de otra raza o de otra clase social.

En los noventa, la literatura antropológica sobre el género ha sido muy prolífica y ha continuado presente en ella la tensión entre las grandes teorías que pretenden explicar fenómenos comunes a todas las mujeres y la necesidad de etnografías que desvelen cómo viven mujeres concretas en contextos culturales concretos.


3. A modo de conclusión:

La promesa de la antropología feminista.

La Antropología feminista permite una comprensión más completa del mundo humano. La aportación de datos y teorías que explican el origen y las formas que adopta la opresión de género crea la posibilidad un sistema más justo para todas las personas. Por ello, la Antropología aplicada, rama de la Antropología actualmente en expansión, provee de especialistas en Antropología del Género a ONG e instituciones que los necesitan para que tengan éxito los proyectos de ayuda al desarrollo o las intervenciones con vistas a resolver ciertos problemas concretos de una región o barrio. No debemos intentar reducir a las mujeres a una sola categoría: la situación de una mujer afgana no tiene nada que ver con la de una mujer española, de la misma forma que la situación de una profesional liberal no es comparable a la de una mujer sin recursos económicos, con unas cargas y unas preocupaciones diferentes; sin embargo, todas tienen algo en común: con respecto a un varón de su misma sociedad y de su mismo estrato social se ven afectadas por un estatus de género inferior. Las mujeres no son un grupo homogéneo, pero son un grupo que, estadísticamente, tiene menor acceso a los recursos y ocupa posiciones de menor poder y prestigio.

La grandeza de la Antropología reside en que históricamente ha dado voz a colectivos que existían silenciosamente para el mundo académico de las ciencias, construcciones, al fin y al cabo insertas en los presupuestos culturales y la cosmovisión occidentales. El feminismo, como expresión política y crítica de las voces tantas veces ignoradas de las mujeres, debe exigir a esta disciplina que no olvide que cualquier análisis de una sociedad debe tener en cuenta las relaciones de género como relaciones de poder presentes en cualquier tipo de organización humana, al tiempo que la Antropología ha de mostrar cuáles son las variaciones culturales en las que se concreta el fenómeno universal del sistema de género-sexo o patriarcado, sus grados y sus peculiaridades.


Bibliografía:
BACHOFEN, Johan Jacob: El derecho materno: una investigación sobre la ginecocracia del mundo antiguo según su naturaleza religiosa y jurídica en ORTIZ-OSÉS (Ed.): Mitología arcaica y derecho materno. Anthropos.
Barcelona, 1988.

CAVALIERI, Paola y SINGER, Peter (eds.): El Proyecto Gran Simio. La igualdad más allá de la humanidad. Ed. Trotta. Madrid, 1998.

CAVANA, María Luisa, "Diferencia", en AMORÓS, Cèlia (dir.): Diez palabras clave sobre mujer. Editorial Verbo Divino. Estela, 1995.

CHODOROW, Nancy: El ejercicio de la maternidad. Editorial Gedisa. Barcelona, 1984.

HARRIS, Marvin, Introducción a la antropología general, Alianza Universidad. Madrid, 1984.

KOTTAK, Conrad, Antropología. Una exploración de la diversidad humana, McGraw-Hill. Madrid, 1994

LINTON, Sally: "La mujer recolectora: sesgos machistas en Antropología" en HARRIS, Olivia y YOUNG, Kate (comps.): Antropología y Feminismo,
Anagrama. Barcelona, 1979.

MACCORMACK, C., STRATHERN. M., Nature, Culture and Gender. A
Critique. Cambridge University Press. New York, 1980.
MAINE, Henry Summer: El Derecho Antiguo. Editorial España Moderna.
Madrid, 1893.

MEAD, Margaret: Adolescencia, sexo y cultura en Samoa. Planeta Agostini. Barcelona, 1972.

MEAD, Margaret: Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas. Paidós. Barcelona, 1982.

MIEDZIAM, Miryam: Chicos son, hombres serán. Horas y Horas. Madrid,
1995.

MOORE, Henrietta L.: Antropología y feminismo. Cátedra . Madrid, 1991.

MORGAN, Lewis: La sociedad primitiva. Ayuso. Madrid, 1970.

ORTNER, Sherry B.: "¿Es la mujer al hombre lo que la Naturaleza es a la
Cultura?" en HARRIS, Olivia y YOUNG, Kate (comps.): Antropología y Feminismo. Anagrama. Barcelona, 1979, pp.109-131.

PALMA, M.: La mujer es puro cuento. Feminidad aborigen y mestiza. Tercer Mundo. Bogotá, 1992.

PULEO, Alicia H.: “Patriarcado” en AMORÓS, Cèlia (dir.): Diez palabras clave sobre mujer. Editorial Verbo Divino. Pamplona, 1995. "Ecofeminismo: Hacia una redefinición filosófico-política de naturaleza y ser humano", en AMOROS, Celia (ed.), Feminismo y Filosofía. Ed. Síntesis. Madrid, 2000.

THURÉN, Britt-Marie: El poder generizado. El desarrollo de la Antropología feminista. Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense de Madrid, 1993.

La antropóloga Peggy Reeves Sanday redefine el matriarcado. Ana Luisa Muñoz Flores

 
                        Imagen: "Aymará". Óleo sobre tela. Ana Luisa Muñoz Flores. alumuflores



La antropóloga Peggy Reeves Sanday redefine el matriarcado.



Existe la creencia extendida que en algún momento de la historia se dieron sociedades ginecocráticas (erróneamente llamadas "matriarcales") antes de que apareciesen las sociedades basadas en el orden patriarcal. Si bien historiadores y antropólogos han buscado durante más de 100 años evidencias de un orden social semejante, nunca se han hallado pruebas de la existencia de sociedades gobernadas por mujeres.

Para la antropóloga Peggy Reeves Sanday, quien ha vivido durante años entre los Minangkabau de Indonesia, estas sociedades no se han encontrado, porque los investigadores occidentales han partido de las categorías occidentales de “patriarcado” y “matriarcado”, suponiendo que un matriarcado es un patriarcado al revés, es decir, una sociedad en la cual el poder y los recursos se encuentran en manos de las mujeres.

"Demasiados antropólogos han estado buscando una sociedad en la cual las mujeres controlan todos los aspectos de la vida cotidiana, incluido el gobierno”, dice Reeves. “Este modelo —y una perspectiva muy occidental sobre el poder— no encaja muy bien cuando observas culturas no occidentales, como los Minangkabau. En Sumatra Occidental mujeres y hombres se relacionan más como socios que desean alcanzar el bien común que como competidores gobernados por el egocéntrico interés propio. El prestigio social lo obtienen aquellos que promueven las buenas relaciones siguiendo la costumbre y la religión.”

La doctora Reeves propone una nueva definición de matriarcado tras su experiencia con los Minangkabau. Reeves, profesora de antropología de la Universidad de Pennsylvania ha pasado 21 veranos y algunos períodos sabáticos en una aldea Minangkabau. Como resultado, ha publicado: Life in a Modern Matriarchy (Cornell University Press, May 2002).
¿Quiénes son estos Minangkabau matriarcales y por qué deberían interesarnos? Para la Dra. Reeves, experta en cuestiones de género, violencia y políticas sexuales, la experiencia de los Minangkabau nos debe ayudar a ampliar el abanico de posibilidades sociales para definir las relaciones de género.

Los cuatro millones de Minangkabau, uno de los mayores grupos étnicos de Indonesia, viven en las montañas de Sumatra Occidental. Su organización social se basa en la convivencia de la costumbre matrilineal y una filosofía naturalista llamada Adat. Recientemente, las ideas islámicas han encontrado terreno dentro de este marco. Pero a pesar de la asociación que se hace en occidente entre violencia e ideologías islamistas, la Dra.Reeves encontró una sociedad prácticamente libre de violencia.

Las ideas principales que sostienen el Adat y que son la clave del matriarcado Minangkabau se expresan en el proverbio: “el crecimiento de la naturaleza debe ser un maestro". Los Minangkabau creen que los individuos deben nutrir el crecimiento de la comunidad, los animales y las plantas para lograr una sociedad fuerte. La idea de “nutrir” implica un énfasis de lo maternal en la vida cotidiana. “Mientras que Occidente glorifica la dominación masculina y la competencia, los Minangkabau glorifican a su mítica Reina Madre y la cooperación”, dice la dra. Sanday.

A la pregunta de “quién manda”, los Minangkabau respondían invariablemente que la pregunta era incorrecta, que en su sociedad hombres y mujeres se complementan “como la uña y la carne”. El Islam no ha supuesto ningún cambio en esta filosofía. El Islam llegó en el siglo XVI a Sumatra, cuando el Adat ya estaba firmemente establecido. Tras un período de lucha entre ambas creencias, en el siglo XIX se llegó a un acuerdo según el cual ambas creencias eran queridas por Dios y complementarias. La filosofía Adat mantuvo su poder porque se adaptó a los cambios culturales que trajo el Islam. En tiempos de capitalismo global, islamismo fundamentalista y nacionalismo, la dra. Reeves cree que la filosofía Adat nos puede enseñar que desear mantener la pureza ideológica conduce al conflicto, mientras que el diálogo con el otro permite enriquecer ambos puntos de vista e integrarlos en una nueva síntesis común.


Para leer más sobre la antropóloga Peggy R.Sanday:

Blog antropología online

Página web de Peggy R.Sanday

He traducido un fragmento de la presentación de su obra Life in a modern matriarchy (inglés): 


"Extirpar el matriarcado del canon antropológico basándose en que las mujeres no gobiernan deja en segundo plano el rol dominante jugado por las relaciones maternales en muchas sociedades. Negligir este rol porque las mujeres no siguen la corriente de las políticas masculinas dominantes, a pesar del hecho de que ellas juegan un papel central en otros aspectos, siempre me ha sonado a androcéntrico, rozando la misoginia.

Un número de escritores feministas dentro y fuera de la antropología no son tan miopes en su visión. Muchxs comprenden las implicaciones sociales de las relaciones maternales, y se refieren a un "ethos femenino" en las relaciones sociales, que enfatiza el amor, el trabajo, y el compromiso común a una tradición sagrada. Por influencia de los antropólogos, muchos de estos escritores evitan usar el término "matriarcado", sustituyéndolo por otros términos como gilania, matriz, matrístico, matricentral o matrifocal, para así evitar cualquier connotación de ginecocracia. Estos académicos hablan de los sexos como situados a un mismo nivel, igualados, o "conectados" más que "ordenados", en una actitud de "compañerismo" más que de "dominación". Esta definición encaja perfectamente con los Minangkabau, como muchos de los antropólogos que los han estudiado se han esforzado en puntualizar.

Yo prefiero retener el término "matriarcado", por cortesía y respeto al pueblo Minangkabau (...).

A partir de esta experiencia, sugiero que el término "matriarcado" es relevante en sociedades donde los símbolos maternales están conectados a prácticas sociales con influencia directa sobre las vidas de ambos sexos, y donde las mujeres juegan un papel central en dichas prácticas."

La Política Matriarcal (2º Congreso Internacional de Estudios Matriarcales). Ana Luisa Muñoz Flores.




                       Imagen:  "Aymará". Ana Luisa Muñoz Flores. alumuflores

20 de abril de 2010

La Política Matriarcal (2º Congreso Internacional de Estudios Matriarcales)

Extracto que he traducido de: http://www.hagia.de/documents/declaration.pdf

SOCIEDADES DE PAZ

Segundo Congreso Mundial de Estudios Matriarcales
29 sept.-22 oct. 2005 San Marcos, Texas, USA

En 2005, el Segundo Congreso Mundial de Estudios Matriarcales, titulado SOCIEDADES DE PAZ tuvo lugar en la Universidad Estatal de Texas, en San Marcos. Fue posible gracias al generoso patrocinio de Genevieve Vaughan, directora y fundadora del "Centro para el estudio de la economía de la donación", y guiada por la Dra. Heide Goettner-Abendroth, directora fundadora de HAGIAAcademia Internacional para los Estudios Matriarcales, en Alemania.

Fue el evento que sucedió al Primer Congreso titulado SOCIEDADES EN EQUILIBRIO, que tuvo lugar en Luxemburgo en 2003. Dicho primer congreso fue patrocinado por la Ministra de la Familia y Asuntos de la Mujer de dicho país, Marie-Josée Jacobs, e igualmente organizado por la Dra. Goettner-Abendroth.

Ambos congresos fueron eventos muy innovadores, porque presentaban las sumamente malinterpretadas sociedades matriarcales -con participación básicamente femenina- al amplio público. Las sociedades matriarcales tienen una estructura social no violenta. Se basan en la igualdad de género. Sus decisiones políticas se toman por consenso. Principios intuitivos y experienciales, y una línea de trabajo social, garantizan una vida pacífica para todxs. Antes de la inauguración de los Estudios Matriarcales Modernos, hace 30 años, los matriarcados no habían sido estudiados de forma imparcial por las ciencias sociales occidentales. Las sociedades matriarcales tienen una larga y fascinante historia, y a pesar de la destructiva falta de respeto a la que han sido sometidas, continuan existiendo en varios continentes.

(...)

El último día del congreso, se desarrolló una declaración política. Los ponentes y muchos participantes (unas 350 personas) expresaron sus ideas para generar alternativas concretas y soluciones prácticas al sistema patriarcal de explotación, y qué pasos podrían tomarse para promover la recuperación de estas sociedades pacíficas. Esta declaración enfatiza el sentido político de ambos de estos congresos y de los Estudios Matriarcales modernos.


1. ¿Qué es la política matriarcal?

Dra.Heide Goettner-Abendroth (Alemania)

Se basa en los estudios modernos de los matriarcados, y su objetivo es crear una sociedad pacífica y una economía igualitaria. Las sociedades matriarcales, cuyos patrones han sobrevivido durante miles de años, pueden demostrarnos claramente cómo conseguirlo. Su economía, política, organización social y espiritualidad están inevitablemente conectadas, y el propósito de todas ellas es proveer una vida de calidad a todo el mundo.
Económicamente, la lección de los matriarcados consiste en desarrollar una nueva economía de subsistencia, basada en unidades locales y regionales. Es autosuficiente y crea círculos de reparto de talentos. Las mujeres son los pilares de estas estructuras económicas. La regionalización bajo la guía de las mujeres es una vía hacia la economía matriarcal.
A nivel social, aprendemos de los matriarcados a crear y apoyar comunidades basadas en la afinidad. Son formadas sobre la base de una compenetración filosófico-espiritual entre todos sus miembros, que confraternizan por elección propia. Forman un matri-clan simbólico, porque dichos clanes son iniciados, creados y liderados por mujeres. Los factores decisivos son las necesidades de las mujeres y los niños que serán el futuro de la sociedad. Los hombres se integran y son tratados como iguales.
A nivel político, el principio matriarcal del consenso es de suma importancia para una auténtica sociedad igualitaria. Es el fundamento para la creación de nuevas comunidades matriarcales. Los matri-clanes simbólicos son quienes toman las decisiones reales, incluso si el principio de consenso se amplia a niveles locales o regionales.
A nivel cultural, la lección de los matriarcados es dejar atrás toda religión jerárquica como exigencia de autenticidad. En vez de ello, es necesario contemplar el mundo como sagrado, amarlo y protegerlo, porque todo en el mundo es "divino". La espiritualidad matriarcal incluye la tolerancia matriarcal: nadie debe "creer" en nada. No existe el dogma, sino la participación en la continua, multiple celebración de la vida y del mundo visible.

Declaración Política Colectiva
leída por Genevieve Vaughan

La Política Matriarcal Internacional se sitúa frente la homogeneización capitalista patriarcal supremacista y la globalización de la miseria. Se sitúa a favor de la igualdad, la diversidad y la economía del corazón. Muchas sociedades matriarcales aún existen por todo el planeta, y proponen una alternativa, un modelo de afirmación de la vida frente al capitalismo rampante del patriarcado.
El movimiento para preservar etnias minoritarias debería reconocer la especificidad e importancia de los matriarcados, y la contribución de dichas sociedades a la salud moral de nuestro mundo. Sin embargo, están siendo atacadas por constantes olas de globalización. Por ejemplo, Walmart está entrando en Juchitán, donde mercados locales controlados por mujeres e integrados en relaciones y prácticas vitales serán siendo sustituidos y borrados del mapa. Bajo el disfraz del progreso, este colonialismo económico engaña a la población para que abandonen sus valiosas conquistas culturales a cambio de falsas promesas de trabajo y una vida mejor.
Desde el respeto mutuo y honorando nuestra diversidad, llamamos a las mujeres al compromiso activista para preservar los matriarcados existentes y reconocerse a sí mismas como personas matriarcales atrapadas en la trampa del capitalismo.
Nos oponemos a las políticas de gobiernos y empresas que desposeen a las personas de su herencia cultural y espiritual, incluyendo el tesoro de las lenguas indígenas. El patriarcado capitalista está rompiendo las leyes de la Madre Naturaleza, invadiendo lugares sagrados, y exterminando la biodiversidad que ha sido el sustento de pueblos nativos durante milenios. Es un acto moral arrancar y eliminar el maíz transgénico, y somos solidarios con nuestras hermanas donde sea que defiendan la moral matriarcal y reconozcan las mentiras patriarcales, mentiras que enmascaran la explotación bajo un semblante de benevolencia, y enmascaran la muerte bajo promesas falsas de vida. Conocemos la diferencia.


2. Tres diferentes puntos de vista sobre la Política Matriarcal

2.1. El punto de vista de los investigadores internacionales sobre el matriarcado:

Los objetivos son:
- desarrollar los Estudios Matriarcales modernos como una nueva ciencia socio-cultural, que incluya una visión y lo esencial de una nueva sociedad basada en la paz y la justicia.
- la búsqueda de estrategias para expandir y crear este nuevo paradigma, y al mismo tiempo, para formar una comunidad científica alternativa mediante la colaboración y la comunicación en red.
- planes para la educación del futuro; por ejemplo, la introducción de este nuevo campo del saber en las escuelas, institutos y universidades.

Prof. Veronika Bennholdt-Thomsen (Alemania):

"La globalización económica es el proyecto del gran capital internacional y sus seguidores para crear una única ideología mundial, que diga: el beneficio sostiene la vida. Los estudios matriarcales son cruciales en la oposición a este rechazo de los valores humanos. Nuestra investigación revela los principios sociales que crean y mantienen una economía ética y una sociedad pacífica en el pasado y en el presente. Muestra cómo un mundo, una economía y unas sociedades maternales se desarrollaron en el pasado y pueden desarrollarse en el futuro. Siguen siendo las mujeres las que llevan el embarazo, y todos los hijos siguen teniendo madres. Esto garantiza que la compasión y el cuidado no morirán completamente. Sin embargo, debemos ser conscientes de las amplias implicaciones a nivel social, cultural y económico de la maternidad, así como sus contradicciones. Los Estudios Matriarcales contribuyen a este saber."

Genevieve Vaughan (USA/Italy):

"Es importante incluir la idea de la economía de la donación en los Estudios Matriarcales, porque abre la posibilidad a situarnos en un punto crítico hacia el mercado y el capitalismo patriarcal. También ofrece una explicación de los valores de las mujeres como superestructura de una alternativa económica. Las mujeres que estamos inmersas en el patriarcado capitalista podemos considerarnos matriarcas que hemos sido privadas de nuestras culturas y estructuras sociales, pero continuamos practicando la economía de la donación (solidaridad) y abrazamos sus valores, al menos hasta cierto punto. En esta capacidad, podemos unirnos a nuestras hermanas indígenas para aguantar contra la economía del odio y la dominación, donde y cuando sea posible."

Prof. Claudia von Werlhof (Austria):

"El patriarcado nació con la guerra. Gracias al capitalismo patriarcal, se convirtió en un sistema de guerra global que está destruyendo la vida en la Tierra. Si queremos tener una oportunidad para construir una civilización post-patriarcal, debemos detener el patriarcado empezando por nosotrxs mismas. De otra forma, no tendremos la fuerza que necesitamos para vencer el sistema patriarcal."

Prof. Ruxian Yan (China)

"En tiempos antiguos, los instintos maternales forjaron la humanidad. En el futuro, los instintos maternales conducirán la humanidad hacia la unidad."

Xiaoxing Liu (China)

"La existencia de comunidades matrilineales en la actualidad demuestra que la gente puede de hecho vivir al mismo tiempo una vida productiva y humana en el mundo moderno. Los estudios matriarcales nos ayudarán a reconocer y elegir un mejor camino de vida."


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