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6 de marzo de 2017

LA ERA DEL HÉROE





 Imagen: Isthar. Ana Luisa Muñoz Flores



De forma general, en las mitologías matriarcales, la Diosa Madre estaba siempre acompañada de una figura menor, divinidad de la fertilidad, que parece haber sido a la vez tanto la manifestación de su poder como de su bondadosa superabundancia creativa:
esta figura era su hijo-amante, representado en muchas culturas por el toro o el león y, más tarde, como un joven dios masculino.
El destino ineludible de esta edípica divinidad, simbolizado en el mito y el rito, era nacer como hijo cada verano para unirse como amante a su madre durante cada primavera en el hierosgamos ("matrimonio sagrado") que fecundaba y revitalizaba la tierra, y morir cada invierno, para ser resucitado nuevamente por el poder divino de su madre con el comienzo de un nuevo verano.
"En el mismo sacrificio, el dios-consorte se une a la Gran Madre y luego renace o resucita (transformándose, a lo largo de este proceso, en su propio padre)…

Adviértase que ésta es precisamente la fórmula de María y Jesús, en la que ella es, al mismo tiempo, la madre del dios muerto y resucitado (Jesús) y la esposa virgen del dios (el Padre).

Pero, antes de María y Jesús, fueron Damuzi e Inanna, Tamuz e Isthar, Osiris e Isis… una historia muy, muy antigua."
(Ken Wilber, Ibid)
El psicólogo analítico Eric Neumann dirá que esta divinidad vinculada inexorablemente a la Gran Madre constituye las primeras e incipientes representaciones del yo (ego) humano en y frente al mundo que lo rodeaba.

En uno de los clásicos más perdurables e influyentes del pensamiento junguiano,

Los orígenes e historia de la conciencia, Neumann rastrea la progresiva transformación de este hijo subordinado o dependiente en el arquetipo del Héroe, que impregnará los mitos de todas las culturas humanas, hasta nuestros días.

Para Neumann, el arquetipo del héroe no es sino el arquetipo de la propia conciencia humana en su lucha por la emancipación simbólica de las condiciones inconscientes que constituyen su seno materno.


En su lucha y conquista de la individualidad y la autoconciencia frente a su condición tribal inconsciente y su inmersión en el grupo colectivo, el joven dios, subordinado de la fertilidad, deberá cortar el vínculo que lo unía a su madre, emancipándose a sí mismo, y convirtiéndose al mismo tiempo en un líder revolucionario, un auténtico faro de renovación colectiva.


Como ejemplifica el mitólogo Joseph Campbell,
"una multitud de hombres y mujeres escoge el camino menos aventurado de las rutinas cívicas y tribales relativamente inconscientes. Pero estos viajeros también se salvan en virtud de las ayudas heredadas y simbólicas de la sociedad, los ritos de iniciación… que han funcionado por milenios."
Pero,
"sólo el nacimiento puede conquistar la muerte, el nacimiento no de algo viejo, sino de algo nuevo [...].

El héroe, por lo tanto, es el hombre o la mujer que ha sido capaz de combatir y triunfar sobre sus limitaciones históricas personales y locales y ha alcanzado las formas humanas generales, válidas y normales […].

Su segunda tarea y hazaña formal ha de ser (como todas las mitologías de la humanidad indican) volver a nosotros, transfigurado y enseñar las lecciones que ha aprendido sobre la renovación de la vida."
(Joseph Campbell, El Héroe de las Mil Caras, 1959)
 A finales de la Edad de bronce y principios de la Edad de hierro, tanto en el sur de Oriente como en Occidente, una nueva mitología se estaba imponiendo.

Es la Era de los héroes solares. El amanecer de esta nueva conciencia heroica generaría la inversión total del sistema valores y símbolos de los antiguos matriarcados.

La serpiente, representación ancestral de la Diosa, asumiría la forma del monstruo-dragón de los poderes telúricos, instintivos e inconscientes, que todo héroe divino debía derrotar para abrirse camino hacia la constitución de su propia libertad y poder, mostrándole el camino a los hombres.
"Sea de aire, tierra o agua, la Gran Serpiente - como la Diosa - poco a poco va siendo acorralada, sujeta, vencida.

Set mata a Apofis. Apolo da muerte a Pitón mediante un flechazo. El rey dragón avéstico Azhdanak es derrotado por Vahagun. Atar vence a Aji Dahara… Zeus derrota a Tifón. Belerofonte, montado a lomos de Pegaso, mata a la Quimera, hija de Tifón y Equidna, la Víbora. Perseo decapita a la Medusa, que se muestra con cabellos de sierpes sibilantes y mirada capaz de convertir en piedra a los hombres.

La maldición cae sobre la serpiente… Estruendos y furias acompañan el nacimiento del nuevo orden social."
(Leonor Calvera, Historia de la Gran Serpiente, 2000)
El triunfo del héroe divino, dirá Neumann, representa el triunfo de la capacidad diferenciadora de la conciencia humana frente a la naturaleza.

La Diosa panteísta de los cielos, la tierra y el inframundo, es reemplazada por un Dios celestial que al separar con su voluntad los cielos de la tierra, ordena el mundo (trae "Cosmos" al "Caos"):
"La separación del cielo y la tierra es una imagen del nacimiento de la conciencia, en la que la humanidad es apartada de la naturaleza. Uno mismo que percibe y valora se separa de lo que es percibido y evaluado.

[…Estos mitos] plasman la capacidad humana para actuar de manera reflexiva antes que instintivamente […] se es cada vez más consciente del poder del individuo para conformar los acontecimientos".
(Erich Neumann, Los orígenes e historia de la consciencia, 1955)
 Y de la misma forma que las nuevas divinidades masculinas y celestiales han separado los cielos de la tierra, lo divino y lo humano se han desvinculado.

El mundo de los hombres y las bestias ya no es sagrado, en tanto ha dejado de ser un aspecto o manifestación de la propia Diosa: es una creación del Dios, por fuera de Él mismo. La concepción monoteísta de un Dios trascendente que crea y ordena el mundo desde el "más allá" reemplaza al mundo viviente de la Diosa, que actúa desde el interior siguiendo su propia naturaleza.


Es aquí en donde podemos comprender también el establecimiento de todos los maniqueísmos y dualismos filosóficos centrales de Oriente y Occidente:

bien/mal, luz/oscuridad, trascendente/inmanente, cielo/tierra, etc.
En estas nuevas mitologías, los opuestos son irreconciliables, ya que es de su propia oposición que la nueva conciencia emerge.
"El héroe es asimilado al sol; como el sol, lucha contra la oscuridad, desciende al reino de la muerte y emerge victorioso.

Aquí la oscuridad ya no es uno de los modos de existencia de la divinidad, como sucedía en las mitologías lunares; por el contrario, simboliza todo lo que el dios no es, y por lo tanto, el adversario par encéllense.

La oscuridad ya no se valora como una fase necesaria en la vida cósmica; desde la perspectiva de la religión solar, se opone a la vida, a las formas y a la inteligencia […]

Al final, el sol y la inteligencia se asociarían hasta tal punto que las teologías solares y sincréticas de finales de la antigüedad se convirtieron en filosofías racionalistas; el sol es proclamado como inteligencia del mundo."
(Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano, 1959)

 Pero la gesta heroica exige una revolución permanente, o la energía renovadora del héroe cristaliza en la configuración de nuevas y rígidas (e inconscientes) estructuras sociales.

Así, en el mismo acto heroico, el héroe masculino, devenido en soberano y patriarca conquistador, se convertirá, dentro de cada cultura, en el Dios supremo de un nuevo orden social. Y de esta manera, la Era del Héroe da paso a la Era del Padre, cuyo aspecto benigno es el del sustentador, ordenador y protector, y cuyo aspecto negativo es el del tirano.

Y será éste, finalmente, el arquetipo del Padre (portador del orden, señor de la autoridad, la tradición y la ley, y soberano divino sobre todas las cosas) el que prevalecerá y se impondrá como estructura simbólica central en las culturas históricas, durante los próximos tres milenios.

El alzamiento de reinos guerreros estructurados en jerarquías de dominación y esclavitud, así como el sometimiento sistemático de las mujeres en todas las esferas de la cultura, sería el aspecto social de esta transformación.
"Esta forma de gobierno y de valores implícitos son patriarcales; es una jerarquía de hombres, de los cuales cada uno existe en un orden establecido, con Zeus o Dios en la cima, deidades inferiores debajo, luego los reyes mortales, que remontan sus orígenes a algún dios, y después los leales vasallos y súbditos.

Las grandes corporaciones, con el presidente de la compañía y la junta directiva en la cima, son los equivalentes contemporáneos de Zeus y los dioses del Olimpo."
(Jean Shinoda Bolen, Los Dioses de Cada Hombre, 1989)
¿Pero qué razones históricas, y que consecuencias psicológicas y sociales se encuentran detrás de la extraordinaria transformación cultural que daría lugar, tanto en Oriente como en Occidente, a este pasaje del mundo matriarcal al de los incipientes patriarcados originarios?

¿Y qué podrán decirnos éstas de nuestro presente y de la decadencia de nuestra propia cultura?


Como sugiere el gran historiador de la cultura Richard Tarnas, parafraseando a Hegel,

"una civilización no puede tomar conciencia de sí, no puede reconocer su propio significado, hasta que no ha madurado lo suficiente como aproximarse a su muerte."
(Richard Tarnas, La pasión de la mente occidental, 1991)
¿Será posible que la filogenética travesía histórica de nuestra infancia numinosa en la Madre, de nuestra heroica pero trágica emancipación de su seno inconmensurable y de nuestra caída eventual bajo la tiranía del Padre, cuenten una sola y gran historia, la historia del desarrollo de nuestra conciencia, cuyo devenir se aproxima inexorablemente a un nuevo clímax?


En la segunda parte rastrearemos las causas históricas y las consecuencias sociales de esta dramática transformación, en busca de la clave cultural que nos permita ver a través de nuestra propia perspectiva histórica, de ésa que nos hizo, nos hace, y que avanza acaso hacia su propia muerte. 









10 de febrero de 2017

EL CUERPO DE LA MUJER COMO TEMPLO SAGRADO




Imagen: "Comienza su término" - Ana Luisa Muñoz Flores


El cuerpo de la mujer como Templo Sagrado


El cuerpo es el templo sagrado y el lugar de revelación de Dios-Diosa, en nuestro corazón. De manifestación de nuestros miedos, nuestras alegrías y esperanzas, nuestros deseos y anhelos más profundos. Es el que se transforma en lágrimas, en gritos de dolor, en fuga y escalofríos, en risas y caricias, en descanso y movimiento. Es el que se transforma en ritmo al abrirse a la música que escucha. 

EI cuerpo es lugar de encuentro, en primer lugar, con nosotras mismas, con nuestra debilidad y nuestra fuerza, con nuestras heridas y nuestros temores, con nuestras energías y nuestras riquezas y posibilidades, con nuestra capacidad de gozar y de disfrutar. 

En segundo lugar, es espacio de encuentro con otras mujeres y otros hombres. Amar y ser amada es experiencia de crecimiento en libertad. Significa reconocer y acoger nuestra necesidad de cercanía, de proximidad física que se ofrece y se recibe, en la construcción de nuestra existencia compartida.

Acariciar, abrazar, dar un beso, recostarse confiadamente en el hombro de una amiga a un amigo, entrelazar nuestras manos sin temor ... significa establecer lazos de comunión profundos con quienes comparten con nosotras el camino de la historia, y sentirnos vivificadas por el placer que entraña. 

Nuestro cuerpo sintoniza con el lenguaje de otros cuerpos. Siente en sí mismo la frialdad de la distancia o el calor de la cercanía, la alegría del encuentro o el dolor del rechazo. Las miradas que se cruzan o se evitan, el tacto que recrea a que subyuga. En tercer lugar, el cuerpo es lugar de encuentro con el cosmos. Sentir los latidos de nuestro corazón al ritmo del latir de la vida en la naturaleza. 

Empapar nuestros ojos de la belleza de las flores y los montes, los valles y los ríos. Dejar que la noche y el día, la primavera y el Olano sintonicen con los tiempos y cambios de nuestro propio cuerpo. EI cuerpo tiene sus estaciones. Tiene estaciones para descansar, para activarse; hay estaciones para recordar, para cuidarse y sanar.

Nuestro cuerpo tiene sus horas del día y de la noche. Nuestros sentidos tienen su estación favorita. Nuestros órganos también tienen su estación. Por último, el cuerpo es lugar privilegiado del encuentro con Dios-Diosa: el corazón. Su Palabra se hace carne en cada poro de nuestra piel, se hace historia presente y palpable en la inmediatez de nuestros gestos y palabras.

Contemplar nuestro cuerpo, dejarle que en su movimiento se exprese en lo más hondo de nuestro ser, liberar la ternura contenida en nuestras manos, en nuestra voz, en nuestro rostro... es acoger y abrazar al Dios-Diosa que se derrama en ternura hacia nosotros; es establecer un dialogo liberador desde nuestra verdad rnás profunda. 

Cuando dejamos que el sol acaricie nuestro cuerpo, cuando nuestra mirada se inunda de belleza, cuando el lIanto nos estremece... ahí está Dios-Diosa. Sin embargo, en múltiples ocasiones el cuerpo de las mujeres ha sido maltratado y agredido. 

Se Ie ha negado su capacidad de sentir y de gozar, se Ie ha culpabilizado y estigmatizado. Se han controlado y estipulado sus modos de expresarse y de entregarse. Y en especial, toda nuestra realidad sexuada que ha sido vista casi exclusivamente en términos de genitalidad, propio de una mentalidad patriarcal. 

Expresiones como vergüenza, pecado, gestos prohibidos, suciedad, culpabilidad, bajas pasiones... forman parte del contexto que ha enmarcado la vivencia de nuestra sexualidad. Nuestra identidad como mujeres seguirá quebrada mientras el tabú, los dobles lenguajes y el silencio siga siendo lo prioritario.

Es preciso adentrarnos en el conocimiento de nuestro cuerpo, atrevernos a nombrar nuestros deseos, nuestras necesidades, reconocernos y celebrarnos en que nos causa placer y satisfacción, es preciso romper las fuentes de poder que nos mantienen atadas y abrirnos a la potencia vivificante que nace de · nosotras mismas, también de nuestra sexualidad. 

Cuando nos adentramos en este camino apasionante sentimos la necesidad de volvernos creativamente hacia la Palabra de Dios-Diosa y nos urge releer los textos bíblicos desde nuestro cuerpo de mujer. 

Es indudable la influencia que la Biblia ha tenido y sigue teniendo en nuestras existencias, y también en el modo de vivenciar nuestro cuerpo. No siempre, ni los textos ni sus interpretaciones han sido liberadoras y potenciadoras. 

No siempre, nos han llevado a experimentarnos satisfechas y felices por el hecho de ser mujeres, sino que en muchas ocasiones han reforzado una imagen de mujer débil, disminuida, impura, obediente al varón, destinada a la procreación. 

Desde algunos de ellos, se han minado las bases de nuestra autoestima y se ha justificado nuestra marginación y auto-marginación. 

La reflexión bíblica se ha mantenido ausente de estas preocupaciones. Llevada adelante durante siglos y siglos exclusivamente por algunos varones célibes. No han dialogado con estas realidades, ha hecho desde presupuestos meramente filosóficos y metafísicos, o
más desde preocupaciones morales. 

Los mismos textos, gestados al interior del patriarcado, nos han transmitido una ética de la corporeidad, en gran medida, represiva y negativa. La antropología bíblica aún no ha afrontado directa y abiertamente el diálogo con una de las preocupaciones que actualmente ocupa el centro de las experiencias, reflexiones e inquietudes contemporáneas: la mujer, y más en concreto su dimensión corporal. 

Categorías como genera y corporalidad son decisivas en las investigaciones y experiencias de muchas mujeres, y cada vez, de más hombres. Pierre Bourdieu, citado por Bianciott (1) afirma que la socialización diferenciada según sexo/género se inscribe en los cuerpos, moldeándolos de forma particular, marcándoles límites y posibilidades.

Que el disciplinamiento de los cuerpos produce hábitos diferenciados y diferenciadores que determinan una somatización de las relaciones de dominación.

Que en el cuerpo se hacen carne las relaciones sociales de poder, que él las contiene, las expresa, las somatiza. Judith Butler pone en cuestión aquellas concepciones que han desestimado al cuerpo considerándolo una facticidad muda a la espera de ser significada a través de una conciencia trascendente e inmaterial. 

Se pregunta qué es lo que ha apartado al cuerpo “como algo indiferente a la significación, y a como el acto de una conciencia desencarnada” (Butler, 2007: 255). 

En Bourdieu es en el cuerpo en donde se teje la subordinación, la somatización de la dominación, la experiencia dóxica con el orden social. En Butler el cuerpo como materialidad que se estiliza iterativamente produce sujetos, produce devenires identitarios: “El principal mecanismo de dominación opera a través de la manipulación inconsciente del cuerpo” (Bourdieu, 2003: 299).

Esto implica que el orden de las cosas se hace carne en los cuerpos, que los cuerpos son producto y reflejo de las condiciones en las que viven, condiciones que forman sujetos particulares a través de un trabajo de incorporación de unos esquemas de percepción que, producidos socialmente, se aprehenden. individualmente en diálogo con las prerrogativas sociales y bajo un proceso de monitoreo colectivo. 

Las posiciones que ocupamos dentro de las jerarquías del orden social devienen habitus; nos convertimos así en sujetos distinguidos o vulgares, en sujetos feminizados o masculinizados, entre otros: “(…) el espacio de las posiciones sociales se retraduce en un espacio de tomas de posición a través del espacio de las disposiciones (o de los habitus) (…) 

El habitus es ese principio generador y unificador que retraduce las características intrínsecas y relacionales de una posición en un estilo de vida unitario, es decir un conjunto unitario de elección de personas, de bienes y de prácticas” (Bianciott, 2011). 

Tanto mujeres como varones, incluimos en nuestro aprendizaje de la identidad de género como uno de nuestros valores el cuerpo (cuando se es joven o maduro-a admirado-a/criticado-a por los-as demás) y que ser evaluado por ello es parte intrínseca y totalmente normal de nuestro ser mujer u hombre. ¡Cuánto sufrimiento malgastado, cuánto tiempo derrochado, cuando nuestro cuerpo no cumple con el modelo impuesto!

Pilar Pascual (2), pastor, plantea que la belleza, término abstracto donde los haya, subjetivo, generador de discusión, debate y por supuesto, controversia en todos los campos donde se intenta definir. 

Todos excepto cuando hablamos de la belleza femenina-masculina, en la que parece haber un acuerdo casi total, que sólo varía dependiendo del momento histórico.

En la actualidad, parece que son bellas las mujeres jóvenes, blancas, caucásicas, extremadamente delgadas, mejor rubias, mejor con labios y pómulos abultados, clavículas marcadas, pechos generosos y por supuesto occidentales, porque este modelo-tipo lo impone occidente.

En cada época histórica, en las sociedades patriarcales se decide el canon de belleza que debe regir, normalmente muy difícil de cumplir para la mayoría de las mujeres u hombres, y se convierte en uno de sus referentes para casi todas las mujeres u hombres en dicha sociedad. 

Así es como aprendemos a valorar nuestro bienestar, en función de que nuestro cuerpo se acerque más, o menos a dicho canon.

Todas sabemos el tiempo que consumimos pensando si nuestro cuerpo está bien o mal, si entra en un pantalón o en otro, y todo el sufrimiento y amargura que esto genera. Ahora vamos a intentar un ejercicio de imaginación: ¿qué sería del mundo si las mujeres y hombres hubieran aprovechado todo ese tiempo y esfuerzo, en algún objetivo más productivo y beneficioso para todas/os nosotras/os? Seguramente el mundo sería otro.

Pero, en realidad, ¿a quién interesa que estemos embobadas en la absurda tarea de conseguir, la mayoría de las veces, un imposible?

Contestar a esta pregunta es llegar al fondo de la cuestión, al hecho de que incitar a las mujeres y hombres desde pequeñitas/os a perseguir un canon de belleza absurdo, es tenerlas/os muy ocupadas/os y aturdidas/os, para así mantener la esencia del sistema social patriarcal y que sus medios de comunicación sigan ejerciendo el poder y el control.

Como siempre, no dejamos de sorprendemos ante la tremenda sutileza y sobre todo, la gran eficacia educativa del machismo.

La fórmula que nos venden es la siguiente: si quieres aliviar tus sufrimiento(paradójicamente), quítate el doble mentón, succiónate la celulitis, ponte otra nariz, rellena tus labios, borra tus rasgos étnicos, aumenta tus pechos, o inyéctate una toxina botulínica (botox) para rellenar tus arrugas (eso sí cada cuatro meses, que no es eterna), entonces serás feliz (ligarás mucho, conseguirás un hombre o una mujer, el ascenso que esperabas,…) y tendrás más éxito (en todo lo que te propongas), porque parecerás más joven.

El culto al cuerpo y a la juventud en la actualidad se está convirtiendo en una de las mayores obsesiones de las personas.

Según Marta Iglesias (2006) (3) el dinero que actualmente el primer mundo invierte en cremas, tratamientos de belleza, gimnasios y cirugía estética, permitiría reducir significativamente hambre y enfermedades.

Mientras que los estadounidenses son los que gastan más dinero en este concepto, España tiene el dudoso honor de ser el primer país de la UE en operaciones de cirugía estética. La belleza se ha convertido en un objeto de consumo al alcance de todos, que nos promete juventud de por vida.

Prosigue Marta Iglesias que en cualquier revista de las consideradas femeninas, pero también en suplementos dominicales y en la sección de belleza de los semanarios de política es posible encontrar reportajes dedicados a las nuevas cremas del mercado. 

A través de ellos, comenta Iglesias, el gran público sabe que la crema por la que sienten debilidad las famosas cuesta 210€, o cuál es la antiarrugas más conocida del mundo por su eficacia y su asequible precio de 12€. Todos los sectores sociales se han rendido al llamado mercado de la eterna juventud, a la lucha contra la arruga, e invierten lo que pueden en ello.

De hecho, hay estudios que afirman que entre los ciudadanos de EE.UU. y Europa se gastan al año 20.000 millones de dólares en la compra de cosméticos, cantidad con la que se podría alfabetizar tres veces la población del planeta.

Se puede preguntar por qué esa obsesión por combatir la arruga. Elena Gismero (citada por Iglesias), Doctora en Psicología de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, asegura que "hay una presión social importantísima hacia dos cosas: la delgadez y la juventud. Parece que tener arrugas o signos de envejecimiento es un problema".

La necesidad de una piel sin arrugas, firme, sin manchas, con poros cerrados y sin granos ha ido más allá que las simples cremas, las limpiezas de cutis y los tratamientos que practica la esteticista.

Según un informe de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica y Estética, coa (ISAPS), continúa Iglesias, el bótox es el tratamiento más demandado del mundo. No entra en la categoría de cirugía porque no es una operación, sino que mediante un pinchazo se inyecta bajo la piel del cliente una ínfima dosis de la toxina botulínica tipo A. 

Este líquido paralizante es un veneno que actúa localmente, bloqueando los impulsos nerviosos que controlan los movimientos musculares. Así, la frente no se arrugará aunque reciba la orden de fruncir el ceño, dando la apariencia de piel sin arrugas.

Termina Iglesias, que a través de los medios de comunicación difícilmente recibiremos el mensaje de que somos bellos tal y como estamos, porque nuestra insatisfacción corporal genera cantidades ingentes de dinero para los fabricantes de cosméticos, los gimnasios, las esteticistas, los centros estéticos, los cirujanos.

Los psicólogos habitualmente están de acuerdo, en que sólo la aceptación de uno-a mismo-a, la reflexión profunda y la capacidad crítica nos llevarán por caminos personales que cuestionen las normas que el exterior nos marca.
Para ayudarnos en la tarea, Elena Gismero nos da una definición de belleza sobre la que merece la pena reflexionar: "La belleza no es como una foto fija, sino que está formada de muchas cosas. El bienestar con uno-a no se refleja solamente en el físico sino también en la forma de hablar, en la seguridad, los movimientos corporales, los gestos, la expresividad.

Eso forma parte del encanto y el atractivo de una persona. No es malo cuidar la estética, pero no es lo único de lo que nos deberíamos ocupar. Hay dimensiones más profundas en nosotros para cuidar". Mientras, millones de euros engrosan las cuentas de médicos y multinacionales.





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(1) Cfr. Bianciott, María Celeste (2011). Aportes de Judith Butler y Pierre Bourdieu. Revista Latinoamericana de Estudios sobre Cuerpos, Emociones y Sociedad. Argentina.
http://www.relaces.com.ar/index.php/relaces/article/viewFile/83/92

(2) Cfr. Pascual, Pilar. La cirugía estética y el botox para mujeres imperfectas (2012). Mujeres para la salud A.M.S
https://www.fuhem.es/media/cdv/file/biblioteca/Boletin_ECOS/10/ecofeminismo_propuesta_repensar_presente.pdf

(3) Cfr. Iglesias Marta (2006) El Mercado de la eterna juventud. Artículo. Rebelión
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=32821

7 de enero de 2017

LA TOTALIDAD SAGRADA


 Imagen: "Maternidad" Ana Luisa Muñoz Flores




LA TOTALIDAD SAGRADA 


El ser humano, hombre y mujer: parte consciente e inteligente de la Tierra 


Dice Leonardo Boff (2014) (1) que el ser humano consciente no debe ser considerado aparte del proceso evolutivo. La mujer y el hombre representan un momento especialísimo de la complejidad de las energías, de las informaciones y de la materia de la Madre Tierra. 

Los cosmólogos nos dicen que alcanzado cierto nivel de conexiones hasta el punto de crear una especie de unísono de vibraciones, la Tierra hace irrumpir la conciencia y con ella la inteligencia, la sensibilidad y el amor. 

El ser humano, el hombre y la mujer, es esa porción de la Madre Tierra que, en un momento avanzado de su evolución, empezó a sentir, a pensar, a amar, a cuidar y a venerar. 

Nació, entonces, el ser más complejo que conocemos: el homo sapiens sapiens. Por eso, según el antiguo mito del cuidado, de humus (tierra fecunda) se derivó homo-hombre y de adamah (en hebreo tierra fértil) se originó Adam-Adán (el hijo y la hija de la Tierra). 

En otras palabras, nosotros, nuestros cuerpos, no estamos fuera ni encima de la Tierra viva. Somos parte de ella, junto con los demás seres que ella generó también. 
No podemos vivir sin la Tierra, aunque ella pueda continuar su trayectoria sin nosotros. 

Por causa de la conciencia, continúa Boff y de la inteligencia somos seres con una característica especial: a nosotros nos fue confiada la guarda y el cuidado de la Casa Común. Todavía mejor: a nosotros nos toca vivir y rehacer continuamente el contrato natural entre Tierra y humanidad pues su cumplimiento garantizará la sostenibilidad del todo. 

Esa mutualidad Tierra-humanidad se asegura mejor si articulamos la razón intelectual, instrumental-analítica, con la razón sensible y cordial. Nos damos cada vez más cuenta de que somos seres impregnados de afecto y de capacidad de sentir, de dar y de recibir afecto. 

Tal dimensión posee una historia de millones de años, desde cuando surgió la vida hace 3,8 miles de millones de años. De ella nacen las pasiones, los sueños y las utopías que mueven a los seres humanos a la acción. 

Esta dimensión, llamada también inteligencia emocional fue desestimada en la modernidad en nombre de una pretendida objetividad de análisis racional. Hoy sabemos que todos los conceptos, ideas y visiones de mundo vienen impregnados de afecto y de sensibilidad (M. Maffesoli, Elogio da razão sensível, Petrópolis 1998) (citado por Boff) 

La inclusión consciente e indispensable de la inteligencia emocional con la razón intelectual nos mueve más fácilmente al cuidado y al respeto de la Madre Tierra y de sus seres. 

Junto a esta inteligencia intelectual y emocional existe también en el ser humano la inteligencia espiritual. (De acuerdo a Dan Millan,la Inteligencia Espiritual pertenece a cada uno de nosotros. Se encuentra en nuestros corazones y está en el corazón de cada religión, cultura, y sistema moral (2)). 

Esta no es solamente del ser humano; según renombrados cosmólogos es una de las dimensiones del universo. 

El espíritu y la conciencia tienen su lugar dentro del proceso cosmogénico. Podemos decir que ellos están primero en el universo y después en la Tierra y en el ser humano. La distinción entre el espíritu de la Tierra y del universo y nuestro espíritu no es de principio sino de grado. 

Este espíritu está en acción desde el primerísimo momento después de la gran explosión. Es la capacidad que muestra el universo de hacer una unidad aquello que algunos físicos cuánticos (Zohar, Swimme y otros (citado por Boff), 2014) llaman holismo relacional: articular todos los factores, hacer convergir todas las energías, coordinar todas las informaciones y todos los impulsos sinfónicos de todas las relaciones e interdependencias. 
Su obra es realizar hacia delante y hacia arriba de forma que se forme un Todo y el cosmos aparezca de hecho como cosmos (algo ordenado) y no simplemente como una yuxtaposición de entes o caos. 

En este sentido no pocos científicos (A. Goswami, D. Bohm, B. Swimme y otros (citados por Boff)) hablan de un universo autoconsciente y de un propósito que es perseguido por el conjunto de las energías en acción. No es posible negar esta trayectoria: de las energías primordiales pasamos a la materia, de la materia a la complejidad, de la complejidad a la vida, de la vida a la conciencia, que en nosotros, los seres humanos, se realiza como autoconciencia individual, y de la autoconciencia pasamos a la noosfera (Teilhard de Chardin, citado por Boff), por la cual nos sentimos una mente colectiva. 

Todos los seres participan de alguna forma del espíritu, por más “inertes” que se nos presenten, como una montaña o una roca. Ellos también están envueltos en una incontable red de relaciones, que son la manifestación del espíritu. 

Formalizando podríamos decir: el espíritu en nosotros es aquel momento de la conciencia en que ella sabe de sí misma, se siente parte de un todo mayor y percibe que un Eslabón liga y re-liga a todos los seres, haciendo que haya un cosmos y no un caos. 

Esta comprensión despierta en nosotros un sentimiento de pertenencia a este Todo, de parentesco con los demás seres de la creación, de aprecio de su valor intrínseco por el simple hecho de existir y de revelar algo del misterio del universo. Al hablar de sostenibilidad en su sentido más global, necesitamos incorporar este momento de espiritualidad cósmica, terrenal y humana, para ser completa, integral y potenciar su fuerza de sustentación. 

Charlene Spretnak (3) desarrolla la idea también de gran comunión dentro de la totalidad sagrada que es el cosmos. Habitualmente esto es negado y reemplazado por percepciones del estado de separación. 

El humanismo, tanto seglar como religioso, ha enmarcado la historia evolucionante de la especie humana aparte del resto de la comunidad de la Tierra, mientras que las religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islamismo) han aportado un influyente mito de la creación por el cual todas las cosas son creadas separadamente. 

Dice Charlene que al igual que innumerables sociedades prepatriarcales y no patriarcales, las mujeres que habíamos abandonado la religión patriarcal, visualizamos la cultura no como una lucha en oposición a la naturaleza, sino como una extensión potencialmente armoniosa de la naturaleza. Una estructura humana que incluye las tensiones creativas y refleja nuestra incrustación en el cuerpo de la Tierra y las enseñanzas de la naturaleza: diversidad, subjetividad, adaptabilidad, interrelación. 

Dentro de tal orientación-llamémosla cordura ecológica-, la afinidad corporal de mujeres y hombres con la naturaleza es respetada y culturalmente honrada, antes que negada y despreciada. 


La idea central de la espiritualidad contemporánea de la Diosa es que lo divino-creatividad en el universo o misterio supremo-está entrelazado en y alrededor de nosotros a través de manifestaciones cósmicas. Primero, lo divino es inmanente, no se concentra en algún distante lugar de poder, en un dios celestial afuera del ser humano. 

La Diosa, como metáfora de la inmanencia divina y de la totalidad sagrada trascendente, expresa una progresiva regeneración con los ciclos de su cuerpo. Segundo, la dimensión de la existencia humana que participa en la realidad más amplia. 

Este poder difiere totalmente del dominador “poder-sobre”, la fuerza conexiva de las estructuras sociales de una cultura patriarcal. Más bien, es un fortalecimiento de las propias capacidades de subjetividad y despliegue cósmico dentro de una red de preocupación y solidaridad que se extiende hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, sacándonos de la fragmentación y solitaria atomización de la modernidad y llevándonos a los más profundos niveles de conexión. 

Un tercer aspecto de la espiritualidad de la Diosa es el cambio perceptivo del sentido de la existencia basado en la muerte que constituye el fundamento de la cultura patriarcal, hacia una percepción basada en la restauración y regeneración, una percepción de la vida como ciclos de renacimientos creativos. 

Agrega, además Charlene Spretnak, que en la sociedad patriarcal, es común que los hombres se pasen la vida luchando por obtener logros culturales, incluyendo herederos varones que lleven su nombre, para derrotar la muerte y así lograr cierta inmortalidad. 

La espiritualidad de la Diosa celebra el poder de lo erótico como un proceso que potencialmente produce una nueva generación. Lo erótico y lo sensual, expresados a través de la estética, estimulan no solo la generación física sino olas imprevisiblemente creativas de renovación espiritual, intelectual y emocional. 

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(1) Cfr. Boff, Leonardo: El ser humano: parte consciente e inteligente de la Tierra

(2) Cfr. Millan, Dan. Inteligencia Espiritual. La ruta del aprendizaje. Venezuela 
https://inteligenciasmultiples09.files.wordpress.com/2012/01/inteligenciaespiritual-57pdf2.pdf

(3) Cfr. Spretnak, Charlene (1990). Ecofeminis: Our Roots and Florewing. In Irene Diamond and Gloria Feman Orenstein (eds), Reweaving the wordl, Sierra Club Books. San Francisco 



Ana Luisa Muñoz Flores-Chile -Enero 06 de 2017
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