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8 de agosto de 2017

Curar sin medicamentos







Curar sin medicamentos


Uno de los factores que determina las enfermedades es el estrés. Nuestro cuerpo está diseñado para vivir como mínimo 140 años. En la actualidad, la esperanza de vida está entre los 50 años en África y los 80 en Europa. Estas cifras demuestran que no vivimos de forma armónica con nosotros ni con el entorno ya que tomamos demasiados recursos y a la vez destruimos el ecosistema. Es la primera vez en la historia que se produce una extinción por un factor propio de los seres humano y no externo como un meteorito.

Un uno por ciento de las enfermedades tiene que ver con la genética. El resto está relacionado con nuestra forma de vida. La psicología energética se basa en controlar la energía del cuerpo para hacer desaparecer malestares con pensamientos positivos.
La biología de la creencia, escrito por Bruce Lipton, doctor en Biología Celular y pionero en la investigación con células madre es un libro revolucionario en el campo de la Biología moderna. En él, nos muestra como las células se ven afectadas por nuestros pensamientos gracias a los efectos cerebrales. El doctor explica que los genes y el ADN no controlan nuestra biología sino que el ADN está controlado por el medio externo y de forma especial de los mensajes que provienen de nuestros pensamientos. Bruce resalta que “De esta manera, nuestro cuerpo puede cambiar realmente si reeducamos nuestra forma de pensar´´. Con este libro se reclama una medicina que tenga mas en cuenta la capacidad sanadora de la medicina energética y que este menos basada en los compuestos químicos que afectan de forma artificial a nuestro cerebro.
En Europa mueren 197.000 personas al año por culpa de los fármacos. Según un profesor de farmacología de la Universidad de Copenhague, la industria esconde que son la tercera causa de muerte del mundo. Para frenar esto, se han investigado diferentes vías sanatorias que no estén tan relacionadas con la química y que tengan una base científica.
La clave es la unión entre ciencia y espíritu. Según la nueva biología, somos dependientes del medio ambiente. Si la tierra desaparece o enferma, nosotros lo haremos junto a ella. Expertos en materia científica como Bruce Lipton muestran otra forma de vida en la que podamos vivir en armonía con los demás y con el mundo sin destruir la naturaleza. Hay que cambiar la competitividad por la cooperación y los pensamientos negativos por los positivos.

Inés Fernández Llanes
Periodista

24 de julio de 2017

El encuentro feliz de la Pachamama con Gaia. Ana Luisa Muñoz Flores. alumuflores


            Imagen: "Asiyta kallarimunña". Ana Luisa Muñoz Flores. alumuflores

El encuentro feliz de la Pachamama con Gaia

2017-07-20


  Quiero presentar un libro que en breve saldrá traducido en Brasil: La Pachamama y el ser humano (Ediciones Colihue 2012) de Eugenio Raúl Zaffaroni, bien conocido en Brasil en el ámbito jurídico. Es un reconocido magistrado argentino, ministro de la Corte Suprema desde 2003 a 2014 y profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires.

El presente libro se inscribe entre las mejores contribuciones de orden ecológico y filosófico que se han escrito últimamente. Se sitúa en la línea de la encíclica del Papa Francisco, también argentino, Laudato Si, sobre el cuidado de la Casa Común (2015). Zaffaroni aborda la cuestión de la ecología integral, especialmente la violencia social y particularmente la violencia contra los animales, con una información admirable de orden científico y filosófico.

Lo más importante del libro es la crítica del paradigma dominante, surgido con los padres fundadores de la modernidad de los siglos XVI y XVII que ex abrupto introdujeron una profunda cisura entre el ser humano y la naturaleza. El contrato natural, presente en las culturas de Occidente y Oriente desde tiempos inmemoriales, sufrió un corte fatal y letal.

La Tierra dejó de ser la Magna Mater de los antiguos, la Pachamama de los andinos y la Gaia de los contemporáneos, algo vivo y generador de vida, para ser transformada en una cosa inerte (res extensa de Descartes), en un mostrador de recursos colocados a disposición de la voracidad ilimitada de los seres humanos. Es clásica la formulación de René Descartes: el ser humano es el maître et possesseur de la naturaleza, es decir, es el amo y señor de la naturaleza. Puede hacer de ella lo que bien le parezca. Y lo ha hecho.

La cultura moderna se construyó sobre la comprensión del ser humano como dominus, como señor y dueño de todas las cosas. Estas no poseen valor intrínseco, en contra de lo que van a afirmar más tarde la Carta de la Tierra y con gran fuerza la encíclica papal. Su valor reside sólo en poder estar al servicio del ser humano.

Es el proyecto del poder, entendido como capacidad de dominación sobre todo y sobre todos, partiendo de quien tiene más poder. En este caso, los europeos, que realizaron la aventura del sometimiento de la naturaleza, la conquista del mundo, la colonización de naciones enteras, el genocidio, el ecocidio y la destrucción de culturas ancestrales. Y lo hicieron usando la fuerza brutal de las armas, de la espada y también de la cruz. Hoy en día con armas capaces de extinguir la especie humana.

Zaffaroni rastrea el surgimiento de este proyecto civilizatorio y lo hace con gran riqueza bibliográfica. Se enfrenta con valor y con gran libertad crítica a los presumidos corifeos del pensamiento moderno como Hegel, Spencer, Darwin y Heidegger. Me restrinjo a las críticas que hace al Hegel del Geist (espíritu). Con su filosofía-ideología se volvió el mayor exponente del etnocentrismo. Herbert Spencer con su biologismo estableció la raza blanca como superior y todas las demás consideradas como inferiores, lo que acabó por legitimar el colonialismo y todo tipo de prejuicios.

Zaffaroni aborda la cuestión del animal visto como sujeto de derechos. Escribe: “a nuestro juicio, el bien jurídico en el delito de malos tratos a animales no es otro que el derecho del propio animal a no ser objeto de crueldad humana, para lo cual es menester reconocerle el carácter de sujeto de derechos”. El autor es duro al constatar “que nos hemos convertido en los campeones biológicos de la destrucción intra-especie y en los depredadores máximos extra-especie”. Su propuesta es clara: “Solamente sustituyendo el saber del dominus por el de fraterr podemos recuperar la dignidad humana” y sentirnos hermanados con los demás seres.

América Latina fue la primera en inaugurar un constitucionalismo ecológico, incluyendo en las constituciones de Ecuador y Bolivia los derechos de la naturaleza y de la Madre Tierra. Anteriormente, y también por primera vez, fue México quien introdujo en su constitución de 1917 los derechos sociales. 

Zaffaroni hace la apología de las virtualidades creadoras de armonía del ser humano con la naturaleza que la visión andina del “buen vivir y convivir” (sumak kawsay) comporta; también de Gaia, la Tierra como un superorganismo vivo que se autorregula para siempre producir y reproducir vida. 

La Pachamama y Gaia son dos caminos que se encuentran “en una feliz coincidencia del centro y de la periferia del poder planetario”. Ambos son portadores de esperanza de una Tierra Casa Común, en la cual todos los seres están incluidos. Ellos nos liberarán de las amenazas apocalípticas del fin de nuestra civilización y de la vida.

Zaffaroni nos trae una brillante y convincente perspectiva, crítica severa por un lado, pero llena esperanza por otro. Merece la pena leerlo, estudiarlo e incorporar en nuestra comprensión su visión de una ecología holística y profundamente integradora de todos los elementos de la naturaleza y del universo.

3 de abril de 2017

LA IMPORTANCIA DE LA ESPIRITUALIDAD PARA LA SALUD. ANA LUISA MUÑOZ FLORES




   Imagen: "Javiera y el ganzo". Ana Luisa Muñoz Flores



La importancia de la espiritualidad para la salud

26/11/2013 POR LEONARDO BOFF
Por regla general todos los trabajadores de la salud han sido modelados por el paradigma científico de la modernidad que ha hecho una separación drástica entre cuerpo y mente y entre ser humano y naturaleza. 
Así se han creado muchas especialidades que tantos beneficios han traído para el diagnóstico de las enfermedades y también para las formas de curación.
Reconocido estos méritos, no podemos sin embargo olvidar que se ha perdido la visión de totalidad: el ser humano dentro de una visión más amplia de la sociedad, de la naturaleza y de las energías cósmicas, la enfermedad como una fractura de esta totalidad, y la curación como la reintegración en ella.
Hay en nosotros una dimensión que responde por el cultivo de esta totalidad, que vela por el eje Estructurador de nuestra vida: es la dimensión del espíritu. 
Espiritualidad viene de espíritu; es el cultivo de lo que es propio del espíritu, su capacidad de proyectar visiones unificadoras, de relacionar todo con todo, de conectar y reconectar todas las cosas entre sí y con la Fuente de Originaria de todo ser.
Si el espíritu es relación y vida, su opuesto no es materia y cuerpo sino la muerte como ausencia de relación. En este sentido, espiritualidad es toda actitud y actividad que favorece la expansión de la vida, la relación consciente, la comunión abierta, la subjetividad profunda y la trascendencia como modo de ser, siempre dispuesto a nuevas experiencias y a nuevos conocimientos.
Los neurobiólogos y estudiosos del cerebro han identificado la base biológica de la espiritualidad; se encuentra en el lóbulo frontal del cerebro. 
Descubrieron empíricamente que siempre que se captan los contextos más globales o se produce una experiencia significativa de totalidad o también cuando que se abordan de forma existencial (no como objeto de estudio) realidades últimas cargadas de sentido, y se producen actitudes de adoración, devoción y respeto, hay una aceleración de las vibraciones periódicas de las neuronas localizadas allí. 
A este fenómeno lo llamaron el «punto Dios» en el cerebro o la aparición de la «mente mística» (Zohar, SQ: Inteligencia Espiritual, 2004). Es como un órgano interior por el cual se capta la presencia de lo Inefable dentro de la realidad.
Este hecho constituye un avance evolutivo del ser humano que, como ser humano-espíritu, percibe la Realidad Fontal sustentando todas las cosas. 
Se da cuenta de que sorprendentemente puede entablar un diálogo y buscar una comunión íntima con ella. Tal posibilidad lo dignifica, pues lo espiritualiza y lo conduce a un mayor grado de percepción del Enlace que conecta y reconecta todas las cosas. Se siente dentro de ese Todo.
Este «punto Dios» se revela por valores intangibles como más compasión, más solidaridad, más sentido de respeto y dignidad. Despertar este «punto Dios», quitar las cenizas con las que una cultura excesivamente racionalista y materialista lo cubrió, es permitir que la espiritualidad aflore en la vida de las personas.
A fin de cuentas espiritualidad no es pensar a Dios, sino sentir a Dios a través de ese órgano interior y experimentar su presencia y actuación desde el corazón. 
Lo percibimos como entusiasmo (en griego significa tener un dios dentro) que nos lleva y nos sana y nos da voluntad de vivir y de crear continuamente sentidos de existir.
¿Qué importancia prestamos a esta dimensión espiritual en el cuidado de la salud y de la enfermedad? La espiritualidad tiene una fuerza curativa propia. No es de ninguna manera algo mágico y esotérico. 
Se trata de potenciar las energías características de la dimensión espiritual, tan válida como la inteligencia, la libido, el poder, el afecto entre otras dimensiones de lo humano. 
Estas energías son altamente positivas como amar la vida, abrirse a los demás, establecer lazos de fraternidad y solidaridad, ser capaz de perdón, de misericordia y de indignación ante las injusticias de este mundo, como lo hace ejemplarmente el Papa Francisco.
Además de reconocer todo su valor a las terapias conocidas hay todavía un supplément d’âme como dirían los franceses, un complemento de lo que ya existe, que lo refuerza y enriquece con factores oriundos de otra fuente de curación. 
El modelo establecido de medicina no tiene, por supuesto, el monopolio del diagnóstico y la curación. Es aquí donde se abre camino la espiritualidad.
La espiritualidad en primer lugar fortalece en la persona la confianza en las energías regenerativas de la vida, en la competencia del médico/a, en el cuidado diligente del enfermero/a. 
Sabemos por la psicología profunda y la transpersonal el valor terapéutico de la confianza en el curso normal de la vida. Confianza significa básicamente decir: la vida tiene sentido, vale la pena, tiene una energía interna que la autoalimenta, es preciosa. Esta confianza pertenece a una visión espiritual del mundo.
Pertenece a la espiritualidad la convicción de que la realidad que captamos es más de lo que los análisis nos dicen. Podemos tener acceso a la misma por los sentidos interiores, por la intuición y por los caminos secretos de la razón cordial. Se puede ver que hay un orden subyacente al orden sensible, como sostenía siempre el gran físico cuántico, y premio Nobel, David Bohm, alumno predilecto de Einstein.
Este orden subyacente responde de los órdenes visibles y siempre puede traernos sorpresas. A menudo los mismos médicos se sorprenden de la rapidez con que alguien se recupera o cómo situaciones consideradas normalmente como irreversibles, retroceden y acaban curando. En el fondo es creer que lo invisible e imponderable es parte de lo visible y previsible.
Pertenece también al mundo espiritual, la esperanza inquebrantable de que la vida no termina con la muerte, sino que se transfigura a través de ella. Nuestros sueños de regresar a la vida normal desencadenan energías positivas que contribuyen a la regeneración de la vida enferma...
Tales convicciones espirituales actúan como fuentes de agua viva, generadoras de curación y de potencia de vida. Es el fruto de la espiritualidad.
Traduccion de Maria Jose Gavito Milano

18 de enero de 2017

VISIÓN DE FUTURO DE LA ESPECIE HUMANA




Imagen: Maternidad-Ana Luisa Muñoz Flores



ESPECIE HUMANA: CONCEPTO FUNDAMENTAL QUE ENGLOBA UNA VISIÓN DE FUTURO 


Dice Humberto Maturana: “No es el conocimiento, sino el conocimiento el que obliga. No es el saber que la bomba mata, sino lo que queremos hacer con la bomba lo que determina que la hagamos explotar o no. Esto, corrientemente, se ignora o se quiere desconocer para evitar la responsabilidad que nos cabe en todos nuestros actos cotidianos, ya que todos nuestros actos, sin excepción, contribuyen a formar el mundo en que existimos y que validamos precisamente a través de ellos, en un proceso que configura nuestro devenir. Ciegos ante esta trascendencia de nuestros actos pretendemos que el mundo tiene un devenir independiente de nosotros que justifica nuestra irresponsabilidad en ellos, y confundimos la imagen que pretendemos proyectar, el papel que representamos, con el se que verdaderamente construimos en nuestro diario vivir”. (1) 

Todas las especies vivas funcionan por medio de mecanismos que favorece a toda su especie. No ocurre así en la raza humana. 

La especie humana está sumamente dividida, motivo por la cual los intereses de un grupo es diferente con el de otro e incluso antagónico hasta la muerte. 

Es el momento ya de ascender a una nueva conciencia, no parcial, sino planetaria, tanto como género humano como seres que habitamos en una misma casa “nuestro planeta tierra”. El hecho de adoptar una conciencia de género humano podríamos llegar a ascenderá a modos de vida inimaginables. 

Observando las leyes del universo tales como la solidaridad cósmica, porque todo está interrelacionado e interconectado. 

Nada queda excluido, ni un miserable polvo del planeta. Cada cual es cómplice y responsable de la vida del otro. Es en esa sinergia que la vida funciona. 

Cada ser humano, desde su propia perspectiva, en el lugar en que se encuentra ubicado, puede hacer la nueva sinergia, las asociaciones, las redes. 

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(1) Humberto Maturana y Francisco Varela. El árbol del conocimiento. Editorial universitaria. 1986 


Ana Luisa Muñoz Flores-Chile-18 de Enero de 2017

13 de enero de 2017

LA TIERRA ES SUFICIENTE PARA TODOS(AS)




Imagen: Cartagena, Chile-Ana Luisa Muñoz Flores


La tierra es suficiente para todos(as)


En relación al "progreso", dice Leonardo Boff (1) ,esta práctica cultural, el ser humano se entiende a sí mismo como un ser sobre las cosas, disponiendo de ellas a placer, y nunca como alguien que está junto a las cosas, como miembro de una comunidad mayor, planetaria y cósmica. El efecto final, que sólo ahora se percibe de manera irrefutable, es éste, que queda expresado en la frase atribuida a Gandhi: la tierra es suficiente para todos pero no para la voracidad de los consumidores. 

La conciencia que va cobrando cada vez mayor difusión en el mundo, aun cuando no todavía en grado suficiente, se plantea del siguiente modo: si llevamos adelante esta manera nuestra de ser y dejamos vía libre a la lógica de nuestra máquina productivista, podremos llegar a efectos irreversibles para la naturaleza y para la vida humana: la desertización (cada año se vuelven desérticas tierras fértiles equivalentes a la superficie del estado de Río de Janeiro); la deforestación: el 42% de las selvas tropicales ya ha sido destruido, el calentamiento de la Tierra y las lluvias ácidas pueden diezmar el bosque más importante para el sistema-Tierra, el bosque boreal (6.000 millones de hectáreas); la superpoblación: en 1990 éramos 5.200 millones de personas con un crecimiento del 3-4% al año, en tanto que la producción de alimentos aumenta sólo un 1,3%. Y apuntan en el horizonte aún otras consecuencias funestas para el sistema-Tierra como son eventuales conflictos generalizados, como consecuencia de las desigualdades sociales a nivel planetario. 

En este contexto dramático se está haciendo una llamada a la ecología. Ya tenía un siglo de existencia y sistematización pero los ecólogos apenas se hacían oír. Ahora son ellos los que ocupan la escena ideológica, científica, política, ética y espiritual. ¿En qué pensamos cuando hablamos de ecología?.

Según la idea de su primer formulador, Ernst Haeckel (1834-1919), la ecología es el estudio de la interretro-relación de todos los sistemas vivos y no vivos entre sí y con su medio ambiente 
No se trata de estudiar el medio ambiente o los seres bióticos (vivos) o abióticos (inertes) en sí mismos. La singularidad del discurso ecológico no está en el estudio de uno u otro polo, tomados por sí mismos, sino en la interacción y en la inter-relación mutua. Eso es lo que forma el medio ambiente, expresión acuñada en 1800 por el danés Jens Baggesen, e introducida en el discurso biológico por Jakob von Uexküll (1864-1944). 

Esto quiere decir que lo que está en el punto de mira no es el medio ambiente, sino el ambiente entero. 

Un ser vivo no puede ser considerado aisladamente como un mero representante de su especie, sino que debe ser visto y analizado siempre en relación con el conjunto de las condiciones vitales que lo constituyen y en equilibrio con todos los demás representantes de la comunidad de los vivientes presentes (biótopo y biocenosis). 

Una concepción semejante hizo que la ciencia abandonase los laboratorios y se insertase orgánicamente en la naturaleza donde todo convive con todo formando una inmensa comunidad ecológica. 

Es de suma importancia recuperar una visión global de la naturaleza y, dentro de ella, de las especies y sus representantes individuales. 

Por consiguiente, la ecología es un saber acerca de las relaciones, interconexiones, interdependencias de intercambios de todo con todo, en todos los puntos y en todos los momentos. 

En esa perspectiva, la ecología no puede ser definida por sí misma, al margen de sus implicaciones con otros saberes. Ella no es un saber que atañe a objetos de conocimiento, sino a las relaciones entre los objetos de conocimiento. Es un saber de saberes, relacionados entre sí. 

Recapitulando, la ecología sólo se define en el marco de relaciones que ella articula en todas las direcciones y con todo tipo de saber acerca de la manera en que todos los seres dependen unos de otros,constituyendo la inmensa trama de interdependencias entre ellos. Ellos forman, como se dice técnicamente, un gran sistema homeostático o, lo que es lo mismo, un gran sistema equilibrado y auto-regulado. 

Ella no sustituye a los saberes particulares con sus paradigmas específicos, sus métodos y sus resultados, como la física, la geología, la oceanografía, la biología, la termodinámica, la biogenética, la zoología, la antropología, la astronáutica y la cosmología, etc. Esas ciencias deben seguir construyéndose pero siempre atentas unas de otras, a causa de la interdependencia que los objetos que ellas estudian guardan entre sí. 

La singularidad del saber ecológico reside en su transversalidad, es decir, en el relacionar hacia los lados (comunidad ecológica), hacia adelante (futuro), hacia atrás (pasado) y hacia dentro (complejidad) todas las experiencias y todas las formas de comprensión como complementarias y útiles para nuestro conocimiento del universo, nuestra funcionalidad dentro de él, y para la solidaridad cósmica que nos une a todos.

De este procedimiento resulta el holismo (halos en griego significa totalidad). Él no significa la suma de los saberes o de las diversas perspectivas de análisis. Eso sería una cantidad. Traduce, más bien, la captación de la totalidad orgánica y abierta de la realidad y del saber acerca de esa totalidad. Eso representa una cualidad nueva. 


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(1) Cfr. Boff, Leonardo: "Grito de la tierra, grito de los pobres" https://casamdp.files.wordpress.com/2013/08/boff-cap-i.pdf


Ana Luisa Muñoz Flores-Chile-13 de Enero de 2017

7 de enero de 2017

LA ÉTICA ECOLÓGICA




Imágen: Mi jardín-Ana Luisa Muñoz Flores


La ética ecológica: la responsabilidad por el planeta, la ética de la sociedad dominante hoy es utilitarista y antropocéntrica. Considera al conjunto de los seres como algo al servicio del ser humano, que puede disponer de ellos a su antojo atendiendo a sus deseos y preferencias. 


Cree que el ser humano, hombre y mujer, es la corona del proceso evolutivo y el centro del universo. Lo ético sería desarrollar un sentido del límite de los deseos humanos por cuanto éstos conducen fácilmente a procurar la ventaja individual a costa de la explotación de clases, sometimiento de pueblos y opresión de sexos. 

El ser humano es también, y principalmente, un ser de comunicación y de responsabilidad. Entonces lo ético sería también potenciar la solidaridad generacional en el sentido de respetar el futuro de los que aún no han nacido. 

Y, finalmente, ético sería reconocer el carácter de autonomía relativa de los demás seres; ellos también tienen derecho a continuar existiendo y a coexistir con nosotros y con otros seres, puesto que han existido antes que nosotros y, durante millones de años, sin nosotros. 

En una palabra, ellos tienen derecho al presente y al futuro. Todo esto hay que hacerlo y poner los medios para ello. 

Pero también tiene un límite: si detrás de la ética no hay una mística, una nueva espiritualidad, es decir, un nuevo pacto del ser humano con todos los demás seres, fundando una nueva religación (de donde viene religión). Se corre el riesgo de que esa ética degenere en legalismo, moralismo y hábitos de comportamiento de contención y no de realización jovial de la existencia en relación reverente y afectuosa para con los demás seres. (1) 


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(1) Cfr. Boff, Leonardo (2014): El ser humano: parte consciente e inteligente de la Tierra 

http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=642

Ana Luisa Muñoz Flores- Chile- Enero 07 de 2017

LA TOTALIDAD SAGRADA


 Imagen: "Maternidad" Ana Luisa Muñoz Flores




LA TOTALIDAD SAGRADA 


El ser humano, hombre y mujer: parte consciente e inteligente de la Tierra 


Dice Leonardo Boff (2014) (1) que el ser humano consciente no debe ser considerado aparte del proceso evolutivo. La mujer y el hombre representan un momento especialísimo de la complejidad de las energías, de las informaciones y de la materia de la Madre Tierra. 

Los cosmólogos nos dicen que alcanzado cierto nivel de conexiones hasta el punto de crear una especie de unísono de vibraciones, la Tierra hace irrumpir la conciencia y con ella la inteligencia, la sensibilidad y el amor. 

El ser humano, el hombre y la mujer, es esa porción de la Madre Tierra que, en un momento avanzado de su evolución, empezó a sentir, a pensar, a amar, a cuidar y a venerar. 

Nació, entonces, el ser más complejo que conocemos: el homo sapiens sapiens. Por eso, según el antiguo mito del cuidado, de humus (tierra fecunda) se derivó homo-hombre y de adamah (en hebreo tierra fértil) se originó Adam-Adán (el hijo y la hija de la Tierra). 

En otras palabras, nosotros, nuestros cuerpos, no estamos fuera ni encima de la Tierra viva. Somos parte de ella, junto con los demás seres que ella generó también. 
No podemos vivir sin la Tierra, aunque ella pueda continuar su trayectoria sin nosotros. 

Por causa de la conciencia, continúa Boff y de la inteligencia somos seres con una característica especial: a nosotros nos fue confiada la guarda y el cuidado de la Casa Común. Todavía mejor: a nosotros nos toca vivir y rehacer continuamente el contrato natural entre Tierra y humanidad pues su cumplimiento garantizará la sostenibilidad del todo. 

Esa mutualidad Tierra-humanidad se asegura mejor si articulamos la razón intelectual, instrumental-analítica, con la razón sensible y cordial. Nos damos cada vez más cuenta de que somos seres impregnados de afecto y de capacidad de sentir, de dar y de recibir afecto. 

Tal dimensión posee una historia de millones de años, desde cuando surgió la vida hace 3,8 miles de millones de años. De ella nacen las pasiones, los sueños y las utopías que mueven a los seres humanos a la acción. 

Esta dimensión, llamada también inteligencia emocional fue desestimada en la modernidad en nombre de una pretendida objetividad de análisis racional. Hoy sabemos que todos los conceptos, ideas y visiones de mundo vienen impregnados de afecto y de sensibilidad (M. Maffesoli, Elogio da razão sensível, Petrópolis 1998) (citado por Boff) 

La inclusión consciente e indispensable de la inteligencia emocional con la razón intelectual nos mueve más fácilmente al cuidado y al respeto de la Madre Tierra y de sus seres. 

Junto a esta inteligencia intelectual y emocional existe también en el ser humano la inteligencia espiritual. (De acuerdo a Dan Millan,la Inteligencia Espiritual pertenece a cada uno de nosotros. Se encuentra en nuestros corazones y está en el corazón de cada religión, cultura, y sistema moral (2)). 

Esta no es solamente del ser humano; según renombrados cosmólogos es una de las dimensiones del universo. 

El espíritu y la conciencia tienen su lugar dentro del proceso cosmogénico. Podemos decir que ellos están primero en el universo y después en la Tierra y en el ser humano. La distinción entre el espíritu de la Tierra y del universo y nuestro espíritu no es de principio sino de grado. 

Este espíritu está en acción desde el primerísimo momento después de la gran explosión. Es la capacidad que muestra el universo de hacer una unidad aquello que algunos físicos cuánticos (Zohar, Swimme y otros (citado por Boff), 2014) llaman holismo relacional: articular todos los factores, hacer convergir todas las energías, coordinar todas las informaciones y todos los impulsos sinfónicos de todas las relaciones e interdependencias. 
Su obra es realizar hacia delante y hacia arriba de forma que se forme un Todo y el cosmos aparezca de hecho como cosmos (algo ordenado) y no simplemente como una yuxtaposición de entes o caos. 

En este sentido no pocos científicos (A. Goswami, D. Bohm, B. Swimme y otros (citados por Boff)) hablan de un universo autoconsciente y de un propósito que es perseguido por el conjunto de las energías en acción. No es posible negar esta trayectoria: de las energías primordiales pasamos a la materia, de la materia a la complejidad, de la complejidad a la vida, de la vida a la conciencia, que en nosotros, los seres humanos, se realiza como autoconciencia individual, y de la autoconciencia pasamos a la noosfera (Teilhard de Chardin, citado por Boff), por la cual nos sentimos una mente colectiva. 

Todos los seres participan de alguna forma del espíritu, por más “inertes” que se nos presenten, como una montaña o una roca. Ellos también están envueltos en una incontable red de relaciones, que son la manifestación del espíritu. 

Formalizando podríamos decir: el espíritu en nosotros es aquel momento de la conciencia en que ella sabe de sí misma, se siente parte de un todo mayor y percibe que un Eslabón liga y re-liga a todos los seres, haciendo que haya un cosmos y no un caos. 

Esta comprensión despierta en nosotros un sentimiento de pertenencia a este Todo, de parentesco con los demás seres de la creación, de aprecio de su valor intrínseco por el simple hecho de existir y de revelar algo del misterio del universo. Al hablar de sostenibilidad en su sentido más global, necesitamos incorporar este momento de espiritualidad cósmica, terrenal y humana, para ser completa, integral y potenciar su fuerza de sustentación. 

Charlene Spretnak (3) desarrolla la idea también de gran comunión dentro de la totalidad sagrada que es el cosmos. Habitualmente esto es negado y reemplazado por percepciones del estado de separación. 

El humanismo, tanto seglar como religioso, ha enmarcado la historia evolucionante de la especie humana aparte del resto de la comunidad de la Tierra, mientras que las religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islamismo) han aportado un influyente mito de la creación por el cual todas las cosas son creadas separadamente. 

Dice Charlene que al igual que innumerables sociedades prepatriarcales y no patriarcales, las mujeres que habíamos abandonado la religión patriarcal, visualizamos la cultura no como una lucha en oposición a la naturaleza, sino como una extensión potencialmente armoniosa de la naturaleza. Una estructura humana que incluye las tensiones creativas y refleja nuestra incrustación en el cuerpo de la Tierra y las enseñanzas de la naturaleza: diversidad, subjetividad, adaptabilidad, interrelación. 

Dentro de tal orientación-llamémosla cordura ecológica-, la afinidad corporal de mujeres y hombres con la naturaleza es respetada y culturalmente honrada, antes que negada y despreciada. 


La idea central de la espiritualidad contemporánea de la Diosa es que lo divino-creatividad en el universo o misterio supremo-está entrelazado en y alrededor de nosotros a través de manifestaciones cósmicas. Primero, lo divino es inmanente, no se concentra en algún distante lugar de poder, en un dios celestial afuera del ser humano. 

La Diosa, como metáfora de la inmanencia divina y de la totalidad sagrada trascendente, expresa una progresiva regeneración con los ciclos de su cuerpo. Segundo, la dimensión de la existencia humana que participa en la realidad más amplia. 

Este poder difiere totalmente del dominador “poder-sobre”, la fuerza conexiva de las estructuras sociales de una cultura patriarcal. Más bien, es un fortalecimiento de las propias capacidades de subjetividad y despliegue cósmico dentro de una red de preocupación y solidaridad que se extiende hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, sacándonos de la fragmentación y solitaria atomización de la modernidad y llevándonos a los más profundos niveles de conexión. 

Un tercer aspecto de la espiritualidad de la Diosa es el cambio perceptivo del sentido de la existencia basado en la muerte que constituye el fundamento de la cultura patriarcal, hacia una percepción basada en la restauración y regeneración, una percepción de la vida como ciclos de renacimientos creativos. 

Agrega, además Charlene Spretnak, que en la sociedad patriarcal, es común que los hombres se pasen la vida luchando por obtener logros culturales, incluyendo herederos varones que lleven su nombre, para derrotar la muerte y así lograr cierta inmortalidad. 

La espiritualidad de la Diosa celebra el poder de lo erótico como un proceso que potencialmente produce una nueva generación. Lo erótico y lo sensual, expresados a través de la estética, estimulan no solo la generación física sino olas imprevisiblemente creativas de renovación espiritual, intelectual y emocional. 

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(1) Cfr. Boff, Leonardo: El ser humano: parte consciente e inteligente de la Tierra

(2) Cfr. Millan, Dan. Inteligencia Espiritual. La ruta del aprendizaje. Venezuela 
https://inteligenciasmultiples09.files.wordpress.com/2012/01/inteligenciaespiritual-57pdf2.pdf

(3) Cfr. Spretnak, Charlene (1990). Ecofeminis: Our Roots and Florewing. In Irene Diamond and Gloria Feman Orenstein (eds), Reweaving the wordl, Sierra Club Books. San Francisco 



Ana Luisa Muñoz Flores-Chile -Enero 06 de 2017
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