Obras de Arte

Descubre mi obra en http://www.artelista.com/
Mostrando las entradas con la etiqueta femenino. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta femenino. Mostrar todas las entradas

11 de marzo de 2019

Capitalismo y patriarcado: la doble desigualdad de la mujer.




Imagen:"El poder y la diferencia2. Ana Luisa Muñoz Flores. alumuflores



Capitalismo y patriarcado: la doble desigualdad de la mujer

Evelyn Martínez*
Martes 9 de agosto de 2011, por Revista Pueblos
"Si bien el patriarcado surgió mucho antes que apareciera el capitalismo, es precisamente con la aparición del último donde se refuerza y profundiza la división sexual del trabajo: el trabajo para el mantenimiento de la vida (trabajo reproductivo o del cuidado) atribuido a las mujeres, y el trabajo para la producción de los medios de vida atribuido a los hombres. Cuando aparece la producción excedentaria surge la necesidad de la acumulación de la riqueza y la división del trabajo en la familia sirvió de base para distribuir la propiedad entre hombre y mujer, como sostiene Engels “el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino” .

A partir de entonces, la esfera de lo reproductivo pasó a ocupar un segundo plano, después pasó a institucionalizarse mediante la costumbre, la religión y las leyes, que le asignaban la “superioridad” a lo masculino sobre lo femenino. Las desigualdades de género, como vemos, se han ido reproduciendo, desde entonces hasta la fecha, por imposición social, lo que conlleva a que actualmente pervivan grandes desigualdades económicas entre hombres y mujeres.
¿Cómo se refuerzan mutuamente capitalismo y patriarcado? Hay que recordar que el capitalismo es un sistema económico basado en relaciones de explotación y de expoliación cuyo objetivo es la búsqueda de la mayor ganancia posible a través de la reducción progresiva de costos. El patriarcado es una forma de organización política, social, económica, ideológica y religiosa basada en la idea de la autoridad y superioridad de lo masculino sobre lo femenino, fundamentada ridículamente en mitos y que se reproduce a través de la socialización de género [1].

El capitalismo y el patriarcado les niegan a las mujeres tener acceso y control sobre los recursos económicos internos y externos (acceso y control), permiten que se mantenga invisibilizado el aporte del trabajo doméstico o reproductivo en los agregados macroeconómicos. Bajo estas condiciones, las mujeres son explotadas y expoliadas, al igual que los hombres bajo el sistema capitalista; pero con un impacto diferenciado.

El trabajo doméstico y del cuidado permite mantener las condiciones de explotación y de sobreexplotación de la fuerza de trabajo en nuestro país, puesto que genera y transfiere valor, aunque no pase por el mercado como el trabajo asalariado. Considerando que el valor de la fuerza de trabajo se mide por la suma en dinero que asegura cubrir los medios de vida que garanticen su reproducción, datos calculados por el PNUD para 2008 indicaban que el salario promedio de los y las trabajadoras salvadoreñas que tenían empleo decente, como indicador indirecto para conocer cuál debería ser el valor monetario con el cual se lograría reproducir la fuerza de trabajo, era de $553.50 [2], mientras que el promedio nacional de salarios era de $ 247.4.

¿Cómo se pueden mantener los salarios promedios por debajo del valor de la fuerza de trabajo? La producción de bienes y servicios para el autoconsumo del hogar es uno de los principales factores que permiten que una parte del costo de reproducción de la fuerza de trabajo de las familias, que no cubren los bajos salarios que pagan las empresas capitalistas, sea cubierto por la producción doméstica, y esto permite mantener las altas tasas de ganancia del sector capitalista. Según el mismo informe del PNUD, el 89% del trabajo reproductivo, es realizado por mujeres y sólo el 11%, por hombres. El trabajo reproductivo no remunerado se convierte en un instrumento indirecto de la valorización de capital.

En los últimos diez años se han mantenido las desigualdades en cuanto al acceso y control de recursos económicos que permitan la autonomía económica de las mujeres; por ejemplo, los hombres tienen más acceso al trabajo remunerado que las mujeres debido a que las mujeres son las que mayormente asumen las responsabilidades domésticas, en cuanto al acceso a propiedad de empresas existe una brecha muy marcada entre hombres y mujeres. 

El modelo neoliberal, a través de los ajustes fiscales y la reducción del gasto social, ha provocado que la carga del trabajo doméstico se incremente, puesto que la reducción del gasto social se traduce en eliminación o “focalización” de subsidios, escasez de medicamentos, reducción de los servicios sociales públicos, lo que contribuye a que se dediquen más horas de trabajo no remunerado a los cuidados de personas adultas, niñez, y discapacitados. Los impactos ocasionados por los programas de ajuste no han sido neutrales con respecto al género.

No sólo se trata de “incluir a las mujeres” en las cuentas y en los indicadores de las estadísticas nacionales, sino más bien de cambiar la lógica del funcionamiento del sistema económico, cambiar la lógica de la acumulación por la lógica del mantenimiento de la vida, en todas sus formas.

En relación a la nueva lógica, existen dos corrientes que abordan el tema de género de acuerdo al grado de ruptura con paradigmas androcéntricos, que proponen una nueva redefinición de la economía tanto en lo relativo a la epistemología, como a los conceptos y los métodos, éstas son la economía feminista de la conciliación y la economía feminista de la ruptura [3]. La economía feminista de la conciliación pretende redefinir los conceptos fundacionales de la economía y trabajo, recuperando el conjunto de actividades femeninas invisibilizadas-condensadas en el trabajo doméstico-y conjuga esta recuperación con los conceptos previos: se redefine el concepto de trabajo, se trata de medir el trabajo domestico, se visibilizan las relaciones de género de desigualdad (diferencias entre el trabajo de mercado y trabajo doméstico entre hombres y mujeres).

La economía feminista de la ruptura pone en el centro del análisis la sostenibilidad de la vida, explora las consecuencias de esto en el cuestionamiento de todas las concepciones conceptuales y metodológicas previas y, por otro, atender no sólo a las diferencias entre hombres y mujeres, sino a las relaciones de poder entres las propias mujeres.

Para la economía feminista de la ruptura la producción y reproducción no tienen el mismo valor per se, sino en la medida en que colaboren o impidan el mantenimiento de la vida. Sostiene que las necesidades humanas son a la vez necesidades de bienes y servicios como también de afectos y relaciones, las facetas material e inmaterial deberían de entenderse conjuntamente.

El paradigma alternativo que trata de construir la economía feminista de la conciliación y de la ruptura también debe de incluir el aspecto de la ecología en el análisis del proceso de producción y de reproducción, ya que también es preciso tenerlo presente en el análisis de la sostenibilidad de la vida. 

Bajo la crisis actual a la que nos ha llevado el capitalismo y que no sólo es económica sino también ecológica, social y política; es necesario integrar dentro de los paradigmas teóricos de la economía tanto la igualdad de género como el principio de la sustentabilidad ambiental en los procesos de producción y consumo. En ese sentido, la economía, como propone la teoría feminista de la ruptura, debe no sólo preocuparse por la reproducción de la vida humana sino también de la reproducción de la vida en todas sus formas. ___ *Evelyn Martínez

Notas

[1] El proceso de socialización de género se refiere al proceso mediante el cual se le atribuyen una serie de estereotipos, roles y normas a hombre y mujeres, permite hacer que parezca natural la desigualdad y la discriminación contra las mujeres. Ver: Martínez, Julia Evelin, Patriarcado para principiantes, Contrapunto, 2011, en: http://www.contrapunto.com.sv/columnistas/patriarcado-para-principiantes.
[2] PNUD. Informe de Desarrollo Humano 2007-2008. El Empleo en uno de los pueblos más trabajadores del mundo. PNUD. 2009.
[3] Pérez Orozco, Amaia. “Economía del Género y Economía Feminista ¿Conciliación o ruptura?” En: Revista Venezolana de Estudios de la Mujer. Vol. 10, Nº 24. Caracas, Venezuela. 2005.

30 de marzo de 2017

LO MASCULINO Y LO FEMENINO EN EL MATRIMONIO Y LA SOCIEDAD.




LO MASCULINO Y LO FEMENINO EN EL MATRIMONIO Y LA SOCIEDAD.

El análisis del proceso de transformación psíquica dentro del individuo condujo a Jung a plantear algunas hipótesis sobre la relación matrimonial. Propuso que para el hombre común, el amor en su verdadero sentido coincide con la institución del matrimonio, mientras que para la mujer el matrimonio no es una institución sino una relación humana de amor.

En tanto la mujer es mucho más “psicológica” y en esa medida más abierta al inconsciente, en el hombre predomina la lógica que, más que un apoyo, constituye un obstáculo para la integración de los contenidos del inconsciente.

Esto, en el campo de las relaciones de género, implica que el hombre para encontrarse con la mujer a mitad de camino, debe entrar en el territorio del inconsciente.

Jung consideraba que en este proceso de encontrarse a mitad de camino la mujer había recorrido un mayor trecho en tanto había logrado una mayor integración de los aspectos masculinos que el hombre en los elementos femeninos de la psique.

Esta ventaja de la mujer moderna sobre el hombre en el proceso de individuación ayuda a explicar la crisis moderna del matrimonio. La integración por parte de la mujer de elementos considerados culturalmente como masculinos, tales como la autonomía y el juicio crítico, problematizan el matrimonio tradicional para la mujer, mientras que “para aquellos enamorados con la masculinidad y la feminidad per se, el matrimonio tradicional es suficiente” (Jung, 1927:67-68).

Para la psicología junguiana es claro entonces que el matrimonio, como relación psicológica creativa y no solamente como relación sexual, contractual y de dominación y subordinación, implica la integración en el hombre de la dimensión femenina inconsciente y en la mujer de lo masculino en su psique.

En esta medida quedaría posibilitado el sujeto:
“(...) para entablar unas relaciones con el otro, a nivel personal profundo, es decir, de un yo-tú, sin quedarse enredado en un enamoramiento superficial de carácter narcisista – el hombre y la mujer comienzan enamorándose de su anima o animus proyectados en el compañero erótico – ni en los prejuicios del sexo, por los que se exalta o rebaja exageradamente al sexo opuesto, sin lograr verlo con ojos de realidad, en su status de persona humana. (Con la integración del anima-animus) el hombre y la mujer saben, por experiencia vivencial, que el misterioso atractivo (...) procedía en su dimensión de fascinante numinosidad perturbadora, del aspecto no reconocido y no aceptado de la propia personalidad arquetípica; su deseo del otro pierde la urgencia de buscar en él o ella algo inefable que venga a llenar el hueco carencial de su ser.

Con esto el sujeto se prepara, por una parte, a la verdadera paternidad o maternidad psicológica, es decir, a la creatividad cultural en sentido profundo, y no meramente a la productividad y rendimiento sociales, y, por otra parte, a soportar la soledad” (Vásquez, 1981:298),

La visión de Jung en 1929, sobre el papel de la mujer en la sociedad europea de postguerra, de su movimiento psíquico y social contra la historia y la cultura prevalente, puede encontrar un paralelo con la crisis del matrimonio convencional, así como el significado de algunos movimientos femeninos de la Colombia actual.

“La psique europea ha sido desgarrada por la barbarie de la guerra. Mientras el hombre repara los destrozos externos, la mujer cura las heridas internas, y para esto requiere su instrumento más importante: una relación psíquica.

Pero nada obstaculiza esto más que la exclusividad del matrimonio medieval, ya que hace que la relación sea totalmente superflua.
Las relaciones – psicológicas- sólo son posibles si existe una distancia psíquica entre la gente, en la misma forma que la moralidad presupone libertad.

Por esta razón la tendencia inconsciente de la mujer apunta a desatar la estructura matrimonial (tradicional), lo cual no significa la destrucción del matrimonio y la familia” (Jung, 1927: 74).

EPÍLOGO.

Como anotábamos al comienzo de este escrito, en Jung las identidades psicológicas “heredadas”, sean éstas familiares, culturales, o biológicas, son el principal problema para la realización de una humanidad plena. Como hemos visto, de estas identidades la última, la más arraigada y la más difícil de trascender es la de género.
Jung fue un personaje obsesionado por los problemas intrapsíquicos y no profundizó sobre las implicaciones sociales de los procesos de individuación. Aunque de forma todavía incipiente, con algunos colegas del área de género y democracia de la Asociación de Trabajo Interdisciplinario (5) hemos comenzado a mirar algunas implicaciones de la teoría junguiana en los procesos de democratización de las relaciones de género y de la sociedad.

• La importancia de articular los análisis sociales y culturales a la dimensión inconsciente de la vida femenina y masculina, de tratar de develar esas imágenes profundamente arraigadas y ocultas del otro, imágenes estereotipadas, degradadas o por el contrario idealizadas, que encuentran sustento no sólo en la cultural nacional, sino en los más profundos temores y resistencias frente a los contenidos inconscientes tanto individuales como colectivos. 

• La necesidad de diferenciar la dimensión erótico-sexual y sociocultural, de los procesos eminentemente psicológicos (intrapsíquicos). Se trataría de reconocer la autonomía de lo psicológico en contravía de muchas conceptualizaciones contemporáneas de la problemática de género, para las que lo psicológico sería una variable dependiente de factores erótico-sexuales o socioculturales. 

• La posibilidad de “de-sexualizar” las concepciones sobre la identidad de género, señalando que la batalla entre los sexos no sólo se libra en el terreno de la sociedad y la familia, sino que lo femenino y lo masculino, en cuanto representaciones simbólicas, libran una guerra dentro de la psique de cada hombre y de cada mujer.

• La crítica de la noción de “complementariedad” –utilizada para explicar y justificar las diversas especializaciones de la mujer y el hombre en la familia, en el trabajo, en la sociedad en su conjunto -, ya no sólo en función de equidad o justicia social, económica y política, sino en cuanto imagen degradada de la complementariedad de los elementos masculinos y femeninos dentro de la psique. 

• Los peligros psíquicos para la mujer moderna de adquirir protagonismo social y cultural al precio de una “masculinización” unilateral de su conciencia. Esta aceptación consciente de los valores y actitudes legitimados en la esfera de lo público, no sólo entraña el riesgo de la supresión de los elementos femeninos en la conciencia de la mujer moderna, sino que obstaculizaría a largo plazo el necesario movimiento compensatorio de “feminización” de la cultura occidental contemporánea, en especial en la esfera de lo público. 

• La importancia de “humanizar” las representaciones y las relaciones entre los géneros por medio del descubrimiento, aceptación e integración psíquica de los símbolos femeninos y masculinos, proceso necesario para construir verdaderas relaciones psicológicas en las cuales entren en juego la totalidad de las funciones psíquicas: las consideradas “masculinas” –razón, sensación- y a las que se les atribuye un carácter “femenino”: la intuición y el sentimiento.



    (5) La Asociación de Trabajo Interdisciplinario, ATI, es un organismo no gubernamental dedicado fundamentalmente a la educación para la democracia. A partir del área de género y democracia desarrolla una labor de educación, investigación y asesoría con organizaciones populares femeninas y mixtas. En su quehacer institucional concibe la democratización de la sociedad como una tarea que no puede restringirse a la esfera de lo público, sino que debe influenciar los espacios privados y de la vida cotidiana, con miras a lograr una mayor equidad entre los géneros. En este sentido dirige su accionar no sólo a las mujeres, sino también a los hombres, con el objetivo de “desfeminizar” las estrategias de democratización de las relaciones de género, buscando transformaciones en la identidad y en los papeles sociales tanto de las mujeres como de los hombres. 

29 de marzo de 2017

LO FEMENINO Y LO MASCULINO EN LA PSICOLOGIA DE CARL GUSTAV JUNG




Imagen: "Pareja". Ana Luisa Muñoz Flores


Este artículo fue publicado en Arango, Luz Gabriela y otras (comp.) (1995), Género e identidad: ensayos sobre lo femenino y lo masculino. Bogotá: Ediciones Uniandes, Facultad de Ciencias Humanas Universidad Nacional y 
Tercer Mundo Editores, pp. 101-122.

Rindo homenaje al Dios y a la Diosa, los padres primordiales del universo sin límites.


En el lugar ameno el Amado mismo, por su amor desbordante, se convierte en la Amada, que está hecha de la misma sustancia y comparte el mismo alimento.


Por su deseo intenso se devoran uno al otro y luego otra vez se producen, porque les gusta ser dos.

No son completamente idénticos ni completamente diferentes.

No podemos decir lo que realmente son.
(...) Shiva y Shakti forman un todo, tal como el aire y su movimiento, el oro y el brillo.
(...) Los dos son como un río cuyas aguas de conocimiento no pueden ser bebidas por aquel que conoce sin que se pierda a sí mismo.
Jñaneshwar Maharaj, siglo XIII: 52-57.


La trascendencia de lo dual, la reconciliación de los opuestos, los contrarios que se juntan: esta es una de las preocupaciones centrales de la psicología analítica de Carl Gustav Jung (1875-1961). Para la psicología junguiana la vivencia de lo dual y, dentro de ella, la percepción de lo femenino y lo masculino como esferas psicológicas separables e irreconciliables, no representan una ley psicológica inmutable. 


El abismo psicológico que parece separar los géneros no es más que el producto de la dominación de la función racional de la psiquis, así como de la profunda escisión entre lo consciente y lo inconsciente.

Pero la energía de la psiquis tiene una tendencia y una finalidad: la integración y síntesis de elementos psíquicos escindidos, lo cual incluye los elementos femeninos y masculinos relegados al inconsciente.

En este sentido, el aporte de Jung a las actuales discusiones sobre la identidad de género no reside tanto en el análisis de los determinantes biológicos, psicológicos o culturales de la conformación de una identidad femenina o masculina, sino más bien en su concepción de desarrollo psíquico como un proceso de “individuación”, a través del cual el individuo va diferenciando el “ser” –el centro de la totalidad de la psiquis- de los factores biológicos y culturales que inciden en la conformación del “yo” como centro de personalidad consciente. 

La pregunta fundamental que se plantea la psicología junguiana no es acerca de los elementos que nos llevan a pensar, sentir y actuar en “femenino” o “masculino”, sino sobre los procesos que, a partir de la integración de elementos psíquicos tanto “femeninos” como “masculinos”, nos hacen plenamente humanos.

Jung consideraba que las sociedades occidentales de su tiempo se encontraban muy desequilibradas al exagerar la importancia del pensamiento y la sensación –funciones psíquicas asociadas culturalmente con el hombre- y desconocer las funciones no racionales consideradas femeninas: la intuición y el sentimiento. 

Este desequilibrio se manifiesta en una fe ciega en la ciencia para resolver los problemas fundamentales de la humanidad, un materialismo desbordado, un profundo eurocentrismo, y una subestimación y subordinación de los elementos considerados femeninos de la psiquis individual y colectiva. En este aspecto, Jung se adelantó a las críticas de la condición moderna, tan de moda en la actualidad.

A pesar de un relativo auge en el interés por la psicología junguiana en los años sesenta en Europa y Norteamérica, principalmente en el movimiento de la “contracultura”, a Jung es difícil encontrarlo en los programas de psicología de las universidades. Las escasas referencias a su obra se limitan a nombrarlo como discípulo descarriado de Freud, que abandonó la ciencia por el misticismo. 

Pero el pensamiento de Jung, como ocurre con los temas de su escritura espiral –reiterativa, que mira los mismos problemas desde diferentes niveles y puntos de vista-, regresa cíclicamente, y hoy en día puede hablarse de una tendencia junguiana en los estudios sobre la psicología de género (1).

El desconocimiento generalizado que existe acerca de la psicología junguiana hace necesaria una breve presentación de algunos aspectos generales de su pensamiento para situar el papel de los elementos femeninos y masculinos en los procesos psíquicos: su relación con las culturas no occidentales y con las tradiciones espirituales occidentales distintas de la cristiana, el paralelo que establece entre psicología profunda y religión, y sus diferencias fundamentales con la teoría freudiana.

ORIENTE Y OCCIDENTE: MITOS, RELIGIÓN E INCONSCIENTE


Jung fue un pionero de los estudios psicológicos acerca del cristianismo, la mitología europea y la alquimia, así como sobre la filosofía y religión de Oriente, donde encuentra una fuente de inspiración, al igual que profundos paralelos entre la experiencia religiosa y los mitos con los procesos psíquicos que va descubriendo en sí mismo y en sus pacientes.

A partir del estudio comparativo de los sueños de sus pacientes y de los mitos, Jung llega a la conclusión de que el pensamiento mitológico en general debe describirse en función de las mismas características de las del inconsciente, y que las manifestaciones simbólicas de lo inconsciente –desde el mito hasta el sueño- pueden ser estudiadas con un marco de referencia común. 

Para Jung las concepciones cosmológicas de la mitología de los pueblos orientales, indígenas y europeos no cristianos describen, no el universo externo, sino el cosmos interno de la psique (2).
Al igual que los mitos, Jung analiza la cosmogonía y la simbología religiosa como una psicología profunda, como formas de relatar la experiencia individual del conflicto y desarrollo psíquico; el mundo de lo religioso, no como producto de fuerzas sobrenaturales externas a la psique humana, sino como una de las formas de describir la experiencia individual del autoconocimiento. 

Para Jung el conflicto y la unión de la diosa Shakti y el dios Shiva en la cosmogonía hindú, por ejemplo, representan una manera de señalar la oposición inicial y la posibilidad de unión de los contrarios dentro del ser humano. 

Unión análoga al matrimonio del caballero y su dama, luego de la superación de los obstáculos en los relatos de la gesta heroica de la mitología europea. Son formas de describir –personificando elementos de la psique que hoy en día serían nombrados por conceptos- el proceso de conocimientos del ser.

Esta es una concepción de lo religioso muy diferente de lo que posiblemente nos hemos formado como ciudadanos colombianos socializados en una cultura católica; lo religioso como experiencia individual más que como ritual y tradición institucionalizada; un fenómeno de experiencia más que de fe, el cual tiene como centro las potencialidades del ser humano tanto femeninas como masculinas, y no la familiar figura patriarcal, vengativa y externa de Jehová el Dios-Padre del Viejo Testamento de la tradición judeo-cristiana; personaje al que el poeta inglés William Blake denominaba con ironía “Nobodaddy” o “El Padre de Nadie”.

Una religión, fiel a su significado etimológico de volver a unir: unir lo finito y lo trascendente, lo afectivo y lo tradicional, lo intuitivo y lo sensorial, lo femenino y lo masculino, lo consciente y lo inconsciente. Y no una religión delimitada por la fútil taxonomía de lo dual: del pecador y el santo, el infierno y el cielo, lo bueno y lo mal, lo puro y lo impuro, el creyente y el ateo.

 Aldous Huxley se refiere a una vertiente de lo religioso en su libro Filosofía perenne como la religión universal o profunda presente en todas las tradiciones religiosas.

Al establecer un paralelo entre psicología y religión, Jung no estaba promoviendo búsquedas religiosas motivadas por visiones sentimentales ni propósitos moralistas, pues su interés por lo religioso distaba mucho de ser moralista. 

Fiel tanto a las filosofías monistas de Oriente como a Nietzsche, uno de sus maestros de juventud, para Jung el dilema fundamental de la vida humana no era la elección entre el “bien” y el “mal”, sino el conocimiento de la totalidad de la psique con todas sus posibilidades. 

Aunque Jung va más allá al plantear una función trascendente de la psique que supera la aparente realidad de los opuestos irreconciliables, es importante subrayar que su punto de partida es aquella imagen nietzscheana del árbol que, cuando sus ramas alcanzan hasta el cielo, sus raíces se hunden hasta el infierno.

Para la psicología junguiana, los mitos y cosmogonías religiosas no son producto de la fantasía de los pueblos, sino que, en cuanto producciones simbólicas del inconsciente, representan una modalidad histórica del saber psicológico.

JUNG VERSUS FREUD

Si bien en una etapa temprana de su ejercicio como psicólogo Jung estuvo bajo la influencia directa de Freud, sería erróneo seguir considerándolo un discípulo de éste, que modificó sus teorías pero manteniendo sus principios fundamentales. 

Jung representa una línea de pensamiento totalmente separada e independiente de la de Freud, que abarca una serie de datos intelectuales mucho más diversos.
Entre Freud y Jung existen diferencias de fondo en sus ideas sobre la naturaleza del hombre y del mundo, así como divergencias básicas en sus actitudes frente a la vida.

Diferenciándose claramente de la teoría psicoanalítica, para Jung:
“(...) no siempre es posible aplicar a los fenómenos mentales un punto de vista determinista de la causalidad (...) el enfoque reductivo y analítico debe ser remplazado por una concepción que sintetice los contenidos psíquicos y tenga en cuenta la naturaleza finalista del hombre” (Progoff, 1967: 73).

La teoría junguiana cuestiona el postulado según el cual la razón puede conquistarlo todo, inclusive el inconsciente. 

Considera que la razón analítica no es suficiente para curar la psique y, más aún, que es precisamente esa actitud, basada en el lado racional de la conciencia, la que explica la mayor parte de los problemas mentales de los tiempos modernos. 

Como lo señala Ira Progoff:
“El tratamiento curativo propuesto bajo la forma de psicoanálisis encierra en sí mismo un aspecto del propio estado mental del que deriva la enfermedad que se quiere remediar (Progoff, 1967: 73).

En lugar de la simple comprensión analítica, Jung acude a la reorientación de la conciencia a partir de la producción simbólica del inconsciente, para desarrollar las facultades intuitivas y generar una experiencia esprirtualmente sintetizante de los elementos de la psique. 

Si el lenguaje racional, el de la lógica analítica, de los conceptos, es la forma por excelencia para conocer el mundo material, la imaginación simbólica lo es para el conocimiento de sí mismo. Tal como lo expresa Leonardo Boff:

“Todo el universo profundo de la vida humana, como la dimensión del amor, de la amistad, de la relación, del sentido último de la vida y de la muerte, todas estas dimensiones que nos afectan existencialmente se expresan preferentemente en el registro simbólico y mítico, mejor que en el registro de la racionalidad analítica y seca” (Boff, 1988: 251).

La psicología junguiana plantea que a nivel colectivo, la excesiva importancia asignada al aspecto racional de la psique produce un movimiento compensatorio: el surgimiento en su época –tendencia mucho más marcada en las sociedades occidentales contemporáneas- de filosofías espiritualistas y un creciente interés por las religiones antiguas y orientales.

Aunque una comparación entre las dos teorías rebasa las posibilidades de esta presentación (3), es necesario señalar que las diferencias entre Jung y Freud abarcan, entre otros temas, sus concepciones de la energía psíquica –la libido para Freud-, del símbolo y del inconsciente, así como su método de análisis de los sueños y, de especial importancia para nosotros, el lugar que le otorgan a lo femenino y lo masculino:

“(...) Mientras que Freud es un modelo dinámico y conflictual, donde la cultura, a través del padre, toma parte activa y es factor esencial en la construcción del sujeto, el de Jung es un modelo energético de inmanente realización vital, centrado esencialmente en la figura materna, según el cual el sujeto se autoindividúa partiendo de su ser creador e incluso, en contraposición (...) al universo cultural” (Vásquez, 1981: 374).

En Jung la libido cambia de sentido, no es reductible a lo sexual, pasa a ser energía psíquica en general. Esta diferencia es reconocida por el mismo Freud, quien afirmó:

“(...) En cuanto a la distición entre los instintos sexuales y los instintos del ego, para mí, ‘libido’ significa sólo la energía de los primeros, de los instintos sexuales. Es Jung, y no yo, quien convierte a la libido en el equivalente de la fuerza instintiva de todas las facultades psíquicas, y quien combate la naturaleza sexual de la libido” (Freud, 1909).

No obstante, en sus concepciones de lo simbólico es donde más se evidencian las diferencias entre freud y J. De acuerdo con Durand (Durand, 1964), en la psicología profunda pueden distinguirse dos formas de análisis e interpretación del símbolo: la reductiva de Freud y la instaurativa de J.

El psicoanálisis freudiano redescubre la importancia de la imagen y del símbolo, pero reduciendo el símbolo a un simple signo o síntoma. Para Freud existe una causalidad específicamente psíquica pero gobernada por un estricto determinismo, siendo la libido o tendencia sexual la causa general de la vida psíquica. 

Las imágenes de los sueños como efecto psíquico siempre van unidas a la causa suprema del psiquismo: la libido; por tanto, el símbolo remite en última instancia a la sexualidad. Freud utiliza la palabra símbolo en el sentido del efecto-signo, con lo cual reduce el campo infinitamente abierto al simbolismo. El simbolizante se une al simbolizado.

Para Jung, el símbolo es multívoco y polisémico; remite a algo pero no se reduce a una sola cosa. En la psicología junguiana el significado del símbolo es imposible de representar, sólo puede hacerse referencia a su sentido. 

En palabras de Aniela Jaffé, discípula de Jung, “el símbolo es un objeto (o figura) del mundo conocido, que sugiere algo desconocido; es lo conocido expresando la vida y sentido de lo inexpresable”. 

En el símbolo, el significado y el significante están abiertos. La imagen significante –reconocida concretamente- remite por extensión a todo tipo de “cualidades” no representables. 

Es así como la imagen onírica de una mujer o un hombre, en cuanto símbolo, aglutina una serie de sentidos divergentes y hasta opuestos: virgen, prostituta, madre, amante, sabio, pecador, padre, hijo, etc., figura amenazante o protectora, cargada de sensualidad o racionalidad, sentimiento o intuición.

En la teoría junguiana, el lenguaje simbólico de la psique tiene un papel fundamental: los símbolos son los mediadores entre el consciente y el inconsciente, son una forma de unir los contrarios. 

El símbolo es la mediación que esclarece la energía inconsciente por medio del sentido consciente que le da, pero que a la vez revitaliza la conciencia con la energía psíquica que transporta la imagen: es portador de un nuevo equilibrio entre lo consciente y lo inconsciente.

    (1) Esta tendencia se ha desarrollado particularmente en los Estados Unidos, aunque también tiene representantes en Europa y Brasil. Uno de los aportes más interesantes dentro de esta tendencia es el del poeta estadounidense Robert Bly sobre la identidad y el desarrollo psíquico masculino, en trabajos como “Iron John: A book about Men” (Blay, 1992). Otros escritos recientes, de carácter más divulgativo que académico, sobre la identidad de género desde una perspectiva junguiana, son los de Nancy Qualls-Corbett (1988) y Marion Woodman (1985). Por otra parte, la obra del analista junguiano James Hillman, mñas especializada, ha desarrollado las concepciones junguianas sobre la psicología de género.
    (2) Entre sus principales estudios comparativos sobre la tradición oriental, la alquimia y la mitología occidental se encuentran Symbols of Transformation (1952), The Phenomenology of the Spirit in Fairtales (1948), On the Psychology of the Tricster-Figure (1954), Concerning Mandala Symbolism (1959), Aion (1951), Wotan (1936), Psychological Commentaries on the Tibetan Book of the Great Liberation (1954), Psychological Commentaries on the Tibetan Book of the Dead (1953), Yoga and the West (1936), Foreword to the I Ching (1950), The Visions of Zosimos (1954), Paracelsus as a Spiritual Phenomenon (1942), Mysterium Conjunctionis (1955), Psychology and Religion (1940), A Psychology Approach to the Dogma of the Trinity (1948), Transformation Symbolism in the Mass (1954).
    (3) Para un análisis exhaustivo de las diferencias entre Jung y Freud, desde una perspectiva junguiana, véase From Freud to Jung (Frey-Rohn, 1974).


 Fuente:
    Psicólogo
    PhD en Historia y Filosofía de la Educación, Universidad de Londres
    Exdirector del Departamento de Psicología de la Universidad de los Andes, Bogotá.
    Investigador independiente.

25 de marzo de 2017

LA TRINIDAD FEMENINA. RECUPERANDO LA TRIPLE DIOSA




    Imagen: "Tanit". Ana Luisa muñoz Flores

Texto: Sophia Style

LA TRINIDAD FEMENINA. RECUPERANDO LA TRIPLE DIOSA

Crecí en una familia y una cultura protestantes, y solo después de los veinte años me di cuenta de hasta qué punto el culto a una imagen exclusivamente masculina de Dios había afectado mi auto-estima como mujer. 

Cuando descubrí que “Dios” no siempre había sido masculino, que la mayoría de culturas antiguas veneraban un aspecto femenino de lo divino, todo un nuevo panorama se abrió ante mí.

Al principio exploré algunas expresiones de la espiritualidad femenina en la tradición judeocristiana, como Sophia, personificación de la sabiduría, o como la Shekinah de la Cabala. 

Luego me di cuenta de que había una multitud de imágenes de diosas que se remontan hasta hace 35.000 años. Este arte sagrado ponía de relieve el poder femenino de dar a luz y mantener la vida, venerado por los pueblos paleolíticos y neolíticos, que veían a la Gran Diosa como el principio organizador del universo. 

Estaba familiarizada con la Trinidad masculina (Padre, Hijo y Espíritu Santo), pero fue una gran sorpresa descubrir que triadas de divinidades femeninas habían aparecido miles de años antes del cristianismo en muchas culturas.
La arqueóloga Marija Gimbutas, famosa por sus investigaciones acerca de la cultura prehistórica europea, recogió numerosas pruebas de la cosmovisión sagrada de los pueblos neolíticos, conectando los ciclos de la vida y la muerte, la luna y las estaciones con el culto de la Triple Diosa. 

Son especialmente significativas las representaciones de diosas que se encontraron en mas de 40 salas rituales en la cuidad anatolia Çatal Hüyük que se remontan al año 7500 a.C., donde encontramos el simbolismo de la Triple Diosa en su encarnación mas temprana, reflejando tanto las tres etapas de la vida de la mujer (virgen, madre y anciana), como las fases de la luna (creciente, llena y menguante).

La trinidad femenina aparece en numerosas culturas. En la antigua mitología griega, las tres diosas Perséfone (Virgen), Demeter (Diosa Madre del Grano) y Hécate (Anciana Sabia) están relacionadas en el mito del viaje de Perséfone al inframundo. 

Otras divinidades femeninas son representadas con tres aspectos, como ocure con Hécate y la diosa de la luna, Selene. Las tres Moiras (o Parcas en la mitología romana) – la que hila, la que teje y la que corta el hilo al final de la vida, y las tres Gracias son otro ejemplo de una triada femenina divina.

En India, la triada de diosas se encuentra en la variante Shakti del hinduismo: las diosas Sarasvati, Lakshmi y Kali se manifiestan como tres aspectos de MahaDevi (Gran Diosa). En Irlanda la diosa céltica Brigid se representa como una diosa triple de inspiración, metalurgia y sanación. Una triada de diosas se encuentran asimismo en los mitos de otras culturas.

La trinidad femenina a menudo sigue un modelo de Virgen, Madre y Anciana. A la vez tres y una. Es a la vez tres y una, a veces tres aspectos de una única diosa, otras tres diosas separadas que aparecen como un grupo. 

Desde los años 70, el símbolo de la antigua Triple Diosa se ha recuperado como parte del interés de muchas mujeres contemporáneas en el resurgimiento de la espiritualidad femenina. Mas allá de las etapas biológicas de niña, madre y anciana (no todas las mujeres tienen hijos), esta triada representa arquetipos o energías interiores que existen simultáneamente en la psique de cada mujer en todo momento.

La Virgen Blanca de la luna creciente es libre, salvaje y encantadora, llena de curiosidad y entusiasmo por la vida. Preside la primavera, época de nuevas posibilidades.  Aparece en las mujeres que luchan por sus propios valores y metas sin la necesidad de que un hombre las confirme. Diosas que representan a la Virgen incluyen Artemisa, Atena, Nimue, Brigid, Rhiannon y Flora.

La Madre Roja de la luna llena nutre, mantiene y protege la vida. Preside el verano y simboliza el poder de crear y dar fruto. 

A menudo se la representa con un vientre redondo y preñado, pero este arquetipo no se limita a la concepción de hijos biológicos, sino que abarca todo el desarrollo de procesos creativos y toda época de exteriorización. Demeter, Gaia, Isis, Isthar, Yemaya, Pachamama, Tara y Kwan Yin son ejemplos de diosas que personifícan el arquetipo de la Madre.

La Anciana Negra de la luna menguante es sabia, la culminación de una vida llena de experiencia. Su estación es el invierno, época de introspección, finales y regeneración. 

Tiene la llave del poder de morir y renacer, y nos ayuda a comprender cíclicamente los tiempos de transición, pérdida, envejecimiento y muerte. A través de la historia fue temido como destructora, y su papel como renovadora fue olvidado. Las diosas Ancianas incluyen Kali, Lilith, Medusa, Hecate, Baba Yagga e Innana.

Las mujeres podemos descubrir a la Triple Diosa a través de la exploración de nuestro ciclo menstrual. 

Las religiones patriarcales han vilipendiado la menstruación como una maldición, pero las antiguas culturas que veneraban a la Diosa entendían que la menstruación es un tiempo de gran sensibilidad psíquica y espiritual, como una bendición. 

No es una coincidencia que la media del ciclo menstrual sea 29.5 días, equivalente al ciclo de la luna. Las palabras menstruación, mes y moon (luna en ingles) derivan de la misma raíz, mens. Los primeros calendarios se basaban en las fases de la luna y se ayudaban a calcular el ciclo menstrual. 

El estilo de vida moderno, en el que pasamos poco tiempo al aire libre y con luz natural, ha hecho que perdamos la conexión con el ciclo de la luna. Pero lo habitual en las culturas tribales es que las mujeres ovalen con la luna llena y sangren con la luna negra. 

Si consideramos el ciclo de la fertilidad femenina en relación con el ciclo lunar, la luna creciente y el arquetipo de la Virgen corresponden al principio de un nuevo ciclo, la luna llena y el arquetipo de la Madre corresponden a la ovulación y la luna menguante del arquetipo de la Anciana corresponde con la fase premenstrual y la menstruación.

El paradigma de la Triple Diosa también permite a la mujer de hoy reinterpretar los ritos de paso de la primera regla, el dar a luz y la menopausia. 

En la época moderna, estos ritos de paso han sido reducidos a acontecimientos biológicos, privados de significado y misterio, y acompañados de vergüenza, dolor y complicaciones, pero lo que sabemos de muchas culturas antiguas y tribales, nos permite entender estos momentos clave en la vida de la mujer como épocas de profundos cambios de conciencia y apertura a la sabiduría.

En cada uno de estos casos, cuando una niña vive su primer periodo, cuando una mujer va a dar a luz y a nacer como madre, o cuando retiene su sangre sabia después de la menopausia, estos momentos pueden celebrarse y honrarse con rituales sencillos y poderosos, que le permiten morir conscientemente a una fase de su vida e iniciarse a una vida nueva.


Artículo publicado en la revista Namaste, Mallorca. 2007.

LA ENERGÍA FEMENINA SE PRESENTA COMO UNA OPCIÓN IDEAL PARA GUIAR LA OPORTUNIDAD DE UNA TRANSMUTACIÓN MASIVA QUE TENEMOS FRENTE A NOSOTROS; SU APROVECHAMIENTO PODRÍA TRAERNOS UNA LUMINOSA EVOLUCIÓN O, EN EL CASO CONTRARIO, AL COLAPSO DEFINITIVO DE NUESTRA ESPECIE.

                  Imagen: "Yo soy más allá". Ana Luisa Muñoz Flores



Transformación acelerada, tenaz desmitificación, y reinvención colectiva son algunos de vívidos patrones que moldean el escenario compartido. La creatividad gana terreno al conocimiento sistematizado, inercia que celebramos no por que el arte de crear haya muerto sino por que las nuestro espectro sociocultural fue relegándolo a escalas poco dignas.

Los pilares de la ciencia continúan tambaléandose, se habla de innovadores conceptos en los campos de la física, la biología, la astronomía, y el resto de las disciplinas que rigen en buena medida nuestro modelo de realidad. ¿Pero es acaso esta esperanzadora transmutación de paradigmas razón suficiente para suponer el retorno de la Divinidad Femenina?

Dentro de una cultura occidental que debido a su ideología esencialmente dominante se ha logrado imponer sobre el resto de las corrientes culturales, resulta más o menos obvia su predilección por la energía masculina. 

Centros urbanos que alegóricamente proyectan bosques tejidos a partir de fálicas edificaciones, el constante sometimiento del lado activo de las mujeres, el enaltecimiento de patrones conductuales ligados a la masculinidad.

Son todos rasgos característicos de un largo esfuerzo, tal vez oscuramente estratégico u quizá simplemente desafortunado, dirigido a diluir el equilibrio de fuerzas entre ambos géneros.  Sin embargo, luego de varios siglos, parece que los defectos estructurales de esta cosmología enfáticamente masculina comienzan a forzar la balanza y parecen exigir el retorno de la Gran Diosa Madre.

Pero más allá de una necesidad esotérica por canalizar la feminidad de quien firma este texto, y la cual tal vez traduzco en una esperanza subjetiva, lo cierto es que existen diversos factores que sugieren la posibilidad de que la Divinidad Femenina, la Gran Diosa, pueda retomar el lugar que cósmicamente le corresponde:

a) El gradual pero constante restablecimiento de jerarquías en manos de las mujeres, tanto en el ámbito laboral, como en el político y el intelectual es un argumento significativo para reforzar esta hipótesis.

b) La masiva atención que se ha generado en torno al eco-lifestyle y la conciencia medioambiental, que por más que este inmersa en una relativa frivolidad a fin de cuentas representa un llamado masivo a reconectarnos con el alma de planeta, una esencia innegablemente femenina, que ha sido constatada a través de múltiples proyecciones mitológicas: Demeter, Eris, Gaia, Pachamama,  Sophia, etc…

c) La incesante devoción que generan algunos íconos como el de la Virgen de Guadalupe (y su némesis la Santa Muerte) principalmente en México, las diosas Kali o Ganga (la deidad proyectada en el Río Ganges) en India, o incluso La Meca (esa inspiradora roca que se recorre circularmente), entre los islámicos, que de algún modo representan nuestra entrañable relación con el que pudiera considerarse como el arquetipo más poderoso o al menos más necesario en la evolución psicomística de la humanidad: el de la madre.

d) El ancestral arraigo espiritual que se ha mantenido a pesar de las tendencias patriarcales ante la Triple Diosa. También conocida como la Gran Diosa, este culto ha sido pieza fundamental del estudio mitopoético de Robert Graves. 

Esta deidad femenina, originaria de Bretaña, ha tenido que ser trasladado a la penumbra convirtiéndose en una devoción cuasi bruja pero que a la vez se refleja en la histórica predilección del pueblo británico ha ser gobernado por una reina. 

Pero regresando a una actualidad menos etérea resulta innegable que el 'desarrollo' reciente de las sociedades, proceso encabezado el cual por un occidente fálico, ha resultado en un deterioramiento de la calidad de vida en general, un  empobrecimiento de la condición moral de la población, así como otros factores que resultan en un diseño fallido de nuestra realidad geopolítica, económica y sociocultural. 

Y ante este escenario es difícil no contemplar la necesidad del retorno de lo femenino para equilibrar los patrones dominantes, y poco benéficos, que instauramos en los últimos tiempos.

Durante el último Congreso de la Paz realizado en Vancouver, Canadá, el Dalai Lama, el líder espiritual de los tibetanos lanzó una contundente afirmación, la cual celebré en extremo a pesar de que en lo personal no me genera una afinidad especial este personaje, en la que profetizó: "La salvación del mundo será orquestada por la mujer occidental". 

Pero  más allá de reafirmar la posibilidad del retorno de la diosa, lo intersante es la reflexión que detona alrededor de un compromiso fundamental que las mujeres, especialmente las de occidente pues han vivido en las entrañas del pulso fálico, deberán asumir para proyectarse, unficadas, como estrella polar que oriente la transformación psicoplanetar.

Finalmente también es importante recalcar que el objetivo final de la evolución humana reside en el equilibrio entre ambas energías, la masculina y la femenina, pues solo así catalizaremos la misión cósmica que, quiero pensar, nos fue explícitamente asignada. 

Pero para ello sin duda deberemos pasar por un proceso de "feminización" el cual solo podrá ser guiado por las mujeres , recurriendo a aptitudes como la creatividad, la contemplación, la paciencia, y la purificación. 

Por otro lado, los hombres deberán de corresponder la danza iniciada por ellas y, cuando sea el momento oportuno, de la pista de baile emergerá un ombligo gigantesco, como la némesis de las plagas apocalípticas, que a la vez se transformará en un sendero. 

Cuando seamos capaces de andarlo conjuntamente, tal vez nuestra misión habrá sido consumada y la nirvánica fiesta será inaugurada.

El pulso de la Divinidad Femenina resuena cada vez más claramente. El retorno de la Diosa se presenta como recurso ya no solo estimulante y armónico, sino vital, para dirigir con lucidez la transmutación de paradigmas. 

El planeta parece urgido de sacudirse el desequilibrio masculino que le impusimos durante siglos, la presencia maternal (contemplada desde una perspectiva planetaria) debe ser enaltecida, el dulce caos femenino toca a la puerta… y sería fatal para la especie humana ignorar una vez más su llamado.






Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...