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1 de abril de 2017

LA BIBLIA DESDE UNA PERSPECTIVA DE GÉNERO


         Imagen: Libro Palabra de Diosa. Ana Luisa Muñoz Flores

           

Leer desde una perspectiva de género


Del mismo modo, el acercamiento a los relatos sobre mujeres en la biblia y en la historia del cristianismo está siempre condicionado por la conciencia que el teólogo o la teóloga tenga de sus condicionamientos ideológicos y sociales, desde los que detectará cuáles son las preguntas que el texto puede suscitarle.

En este sentido es muy importante tener en cuenta que aplicar una perspectiva de género a los documentos cristianos no es parcializar la mirada, sino ahondar en los resquicios que otras miradas dejaron a partir de lo que ocultaron o menospreciaron.

La posibilidad de leer el texto desde un perspectiva de género es situarse como lector/a renuente, es decir, que no se deja convencer de que lo que el texto confirma sea lo “normal”, a la vez que hace un desplazamiento en los roles sociales asignados, buscando apropiarse también de la autoridad y prerrogativas que la cultura patriarcal concede exclusivamente a los varones, a partir de un lenguaje explícitamente inclusivo.

Pero sólo con hacer presentes a las mujeres no conseguimos liberar su recuerdo. Es necesaria una recreación imaginativa que busque actualizar las historias y las palabras de las mujeres sin dejarse atrapar por el marco androcéntrico en que fueron recordadas.

Hay que aplicar, en palabras de Schüssler Fiorenza una hermenéutica de la sospecha, para no quedarse sólo con la narración, sino también con su función en el texto y en su contexto original, porque no es suficiente abstraer los relatos de su contexto.

Hay que hacer una lectura atrevida a partir de las marcas opresoras de los textos y elaborar categorías alternativas que rompan con determinados cánones identitarios y ortodoxos que se fosilizaron en la cultura y se hicieron definitivos.

Traer a un primer plano a las mujeres que de algún modo dejaron su huella en la tradición y en la escritura, significa también tener en cuenta cómo se interpretaron tradicionalmente esos textos donde aparecían.

Toda lectura, sea de un texto o de una imagen, provoca un posicionamiento que nunca es neutral, sino provocado por nuestros códigos existenciales de referencia.

Si fuimos educados en una fe que consideraba a los varones el prototipo de humanidad, no debiera extrañarnos que la imagen definitiva de Dios se identifique con la masculinidad de Jesús y que la palabra más apropiada para nombrarlo sea “padre”. 

La teología feminista: Dios ya no habla sólo en masculino como inclusivo y no percibimos la carga de significados que conlleva y su capacidad de alienación.

Si consideramos, por ejemplo, que el término discípulo es masculino, decidimos que los seguidores de Jesús eran sólo varones, admitiendo por lo tanto implícitamente que las mujeres no alcanzan ese rango; entonces, si no lo alcanzan, ¿qué papel juegan en la construcción de la iglesia? ¿Qué tipo de buena noticia es para ellas el evangelio?

La interpretación femenina incide mucho en todo esto y está reclamando una reforma litúrgica que dé más protagonismo a las mujeres y utilice un lenguaje más realmente inclusivo.

Aunque este tema del género gramatical ha levantado pasiones opuestas, militar en este ejercicio no supone una estrategia feminista, pues atender sólo al género gramatical no anula los significados de los textos: es necesario hacer también una lectura crítica de todo el texto y llegar a una traducción histórica y teológicamente adecuada.

Debemos atender no sólo a la gramática lingüística sino también a la gramática cultural que define comportamientos, estrategias de poder, prejuicios y exclusiones.

Las teólogas feministas quieren denunciar estos engaños nacidos de la cultura y proclamar que el Dios que se anuncia en la biblia es también suyo, aunque les haya llegado mediante una tradición religiosa que muchas veces ha actuado en su contra.


La historia, la sociología, la narratología o la antropología cultural e incluso la crítica textual se han convertido en valiosos instrumentos en orden a rescatar aspectos ignorados y a formular nuevos marcos de referencia.

Fuente: Carme Soto Varela

ORDEN SIMBÓLICO DE LA TEOLOGÍA



  Imagen: "Torso de mujer". Ana Luisa Muñoz Flores


Cambiar el orden simbólico y las formulaciones sexistas


Es cierto que este esfuerzo liberador del lenguaje sobre Dios que busca la teología feminista va de la mano de otros esfuerzos teológicos para pensar a Dios en diversos contextos, que quieren ser también liberadores y encarnados.

Con todo, sigue siendo necesario el esfuerzo de la teología feminista para reformular el concepto de la divinidad, pues a pesar de los intentos de formular metáforas femeninas para Dios, el culto y la doctrina siguen liderados por varones y la salvación sigue siendo masculina.

Ya que no se trata sólo de dirigir la mirada de Dios hacia las zonas marginales de la sociedad, sino que hay que cambiar el orden simbólico, las formulaciones todavía sexistas presentes en la doctrina y en el imaginario cultural y religioso para que los que están en los márgenes puedan, por fin, estar en el centro.

Uno de los aspectos en los que se ve más clara la falsa neutralidad de la reflexión sobre Dios es en los conceptos e imágenes utilizadas para definirlo.

Es curioso constatar que la teología feminista se reduce a veces a un tramposo intento de hablar en femenino o de insistir en que Dios tiene rasgos femeninos.

Esto es minimizar algo bastante más profundo. Se trata de aceptar la plena dignidad de las mujeres en la religión, tanto de derechos como de autoridad. Como Elisabeth Johnson afirma: “Las mujeres de la comunidad católica están excluidas de la plena participación en el sistema sacramental, de los centros eclesiales donde se toman la decisiones importantes, se establecen normas y se elaboran símbolos, y de los roles de liderazgo público oficial, tanto en el gobierno como en la asamblea litúrgica.

Están llamadas a dar culto a un Dios salvador masculino enviado por un Dios masculino cuyos legítimos representantes sólo pueden ser hombres, aspectos todos ellos que reducen sus personas, precisamente como femeninas, a un papel periférico.

Se juzga que su feminidad no es adecuada para hablar de Dios. En una palabra, las mujeres ocupan un espacio marginal en la vida oficial de la iglesia: necesariamente están allí, pero con un valor limitado”.


Reformulación de la teología y la tradición


Con todo, la meta de la teología feminista no es darle la vuelta a la torta y cambiar el género del sistema opresor. Tampoco es conseguir un pedazo de ella.

El esfuerzo de la teología feminista es hacer entre todos, hombres y mujeres, una nueva torta. No se trata, pues, de hacer pequeños y a veces incó- modos cambios en el status quo sino una profunda reformulación de la teología y de la tradición.

Ahí reside la clave y la profundidad de la reflexión teológica desde la perspectiva feminista. Si todos y todas sabemos que Dios es espíritu y que por lo tanto no es hombre ni mujer y que, como afirma el Génesis, hombre y mujer están hechos a imagen y semejanza de Dios, ¿por qué es normal hablarle en masculino y tan difícil de entender que se pueda pronunciar su nombre también en femenino?

La realidad es que todavía cuesta mucho separar a Dios de los rasgos masculinos que se le han ido atribuyendo a lo largo de la reflexión y vivencia cristianas, y lo que empezó como metáfora se ha convertido en esencia.

De todos modos, no basta con feminizar los símbolos y las imágenes sobre Dios; se trata de ser capaces de nombrar hoy a Dios de forma correcta y para ello es necesario que también se formule desde la experiencia de las mujeres.

Esta experiencia ha de ser instancia crítica que denuncie los discursos opresores que oscurecen el mensaje liberador de la fe.


Nosotras también tenemos una responsabilidad y una palabra autorizada para permitir que nuestro Dios se siga encarnando en la realidad.

Fuente: Carme Soto Varela

¿ES NEUTRAL LA BIBLIA DESDE EL LENGUAJE?


         Imagen: "Dulzura". Ana Luisa Muñoz Flores


Neutralidad del discurso y autoridad de la escritura


Cuando en 1895 Elisabeth Cady Stanton y el grupo de mujeres que con ella comenzaron a leer la biblia desde una perspectiva diferente, publicaron The Woman’s Bible (La biblia de la mujer) se puso de manifiesto que el discurso sobre Dios, incluso en la sagrada escritura, no era neutro (depende de dónde se lee y de quién extrae el mensaje).

E iniciaron un movimiento que puso los cimientos de una nueva manera de acercarse a la escritura poniendo al descubierto los condicionamientos androcéntricos y patriarcales presentes ya en los textos y en sus interpretaciones.

Los estudios bíblicos realizados por mujeres fueron analizando y sacando a la luz los distintos elementos que fundamentaban las raíces patriarcales y androcéntricas de los textos, y sus variados puntos de vista destaparon la aguda cuestión sobre la comprensión de la autoridad de la escritura.

Este problema está aún por resolver y fórmula de nuevo la cuestión de qué es la revelación y en qué medida el canon lo resuelve en su explicitación para la fe.

Texto inspirado y humano: continente y contenido El hecho de que un texto sea canónico y se considere inspirado, no elimina que sea un producto humano condicionado histórica y culturalmente.

Y esto se convierte en un desafío cuando hay que re- flexionar sobre la presencia de las mujeres en la biblia como sujetos que hablan y actúan.

Una de las tareas más significativas que tiene entre manos la teología feminista es la de afrontar esta realidad, fruto de la encarnación de la palabra de Dios, formulando una nueva hermenéutica que supere el continente y que transparente de forma nueva el contenido.

Para eso es necesaria una exégesis lúcida, fiel a nuestra época y valiente, capaz de iluminar caras ocultas de la revelación, y que evite sacralizar lo que es humano y deje que lo divino se enraíce de nuevo en lo mundano.

Este esfuerzo no es un mero ejercicio intelectual ni una búsqueda desesperada de razones que justifiquen desde la fe las demandas sociales, políticas o económicas de las mujeres.

Como afirma Pannenberg categóricamente: “Las religiones mueren cuando pierden la capacidad de interpretar de forma convincente todo el abanico de experiencias actuales a la luz de su idea de Dios”.

Era necesario buscar marcos alternativos de interpretación para el estudio bíblico, histórico y teológico.

Las teólogas feministas, con ayuda de otras disciplinas, rescataron los fragmentos de la historia de las mujeres en la biblia y en otros textos, buscaron en la exégesis y en un nuevo discurso teológico los espacios liberadores, ocultos durante siglos de mirada masculina, y empezaron a reivindicar nuevos lenguajes y prácticas eclesiales liberadoras e inclusivas, nacidos de las nuevas preguntas que su experiencia y su reflexión hacían emerger.

Han procurado, así, desarrollar un pensamiento teológico que no reproduzca ni sancione los sistemas de dominación y subordinación que imposibilitan la construcción de una identidad autónoma de las mujeres y de todos los sujetos y colectivos que han estado condenados a la marginación social.

Más aún, pretenden liberar las posibilidades emancipadoras e igualitarias presentes en los textos sagrados, en las tradiciones religiosas y en las interpretaciones contemporáneas.

De esta forma desean recrear no sólo las estructuras, sino también el mundo relacional y los espacios comunitarios de fe, contribuyendo a elaborar un discurso teológico que se oponga a cualquier opresión y discriminación.


Como dice Elisabeth Schüssler Fiorenza: “La teología feminista debe tratar de capacitar a las mujeres para que se conviertan en sujetos teológicos, participen en la construcción crítica de los signifi - cados bíblico-teológicos, y proclamen su autoridad para hacerlo”.


Fuente: Carmen Soto Varela

DIOS YA NO HABLA SÓLO EN MASCULINO




               Imagen: "Josefa y las flores blancas". Ana Luisa Muñoz Flores


DIOS YA NO HABLA SÓLO EN MASCULINO


Las teólogas feministas comienzan a modelar un nuevo lenguaje sobre Dios, a partir de su propia experiencia, que pretende cambiar la perspectiva y sobre todo los imaginarios colectivos que, en defi nitiva, son siempre los que definen las praxis e inspiran los caminos de celebración, que son incluso casi más importantes que los discursos cuando se trata de expresar lo que queremos decir cuando decimos Dios.

Los cambios en el modo de pensar a Dios y de relacionarse con él, no están sólo en llamarlo madre o darle características femeninas, como la ternura, el amor o el servicio (que aplicados a mujeres siguen siendo a priori culturales). 

Quedarse ahí no sería ninguna novedad, pues esto ya está en la biblia, aunque no haya servido para igualar la experiencia de las mujeres a la de los varones.

Se trata de que el nuevo hablar de Dios desmonte y cambie las estructuras, deje sin justifi cación las discriminaciones y abra nuevas visiones del mundo y de la comunidad, de modo que emerjan nuevos valores y principios más liberadores e igualitarios.

Como afirma claramente Rosemary Radford Reuther: “El principio crítico de la teología feminista consiste en promocionar la plena humanidad de las mujeres. […] todo lo que empequeñece o niega la plena humanidad de las mujeres no puede ser considerado reflejo divino ni en auténtica relación con lo divino, ni un reflejo de la verdadera naturaleza de las cosas, ni mensaje u obra de un auténtico redentor o de la comunidad de redención.

Este principio negativo implica también uno positivo: aquello que promueve la plena humanidad de las mujeres viene del Espíritu Santo, refleja una verdadera relación con lo divino, constituye la plena naturaleza de las cosas, el auténtico mensaje de redención y la misión de la comunidad redentora”.


La teología hecha desde esta perspectiva descubre que muchas formulaciones de la divinidad en la tradición cristiana fueron humanamente opresivas y religiosamente idolátricas, porque nacían de los que tenían el poder, y justificaban las estructuras injustas. 

Parezca o no relevante, el lenguaje sexista socava la igualdad humana de la mujer que queda invisibilizada, neutralizada en su palabra. 

Por supuesto que no se libera a nadie hablando en femenino, pero puede ayudar a poner un “tú” distinto y plural cuando hablamos entre nosotros, y especialmente cuando le hablamos a Dios.

CARME SOTO VARELA
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