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24 de marzo de 2017

DEFINIENDO FEMENINO Y MASCULINO





    Imagen: Ana Luisa Muñoz Flores


Desde hace muchos años vivimos en una sociedad desequilibrada, donde se ha dado toda la atención y preponderancia a la energía masculina. Y de hecho, mucho hemos aprendido como humanidad... a través de esa experiencia.

Afortunadamente por la misma evolución planetaria, estamos en el tiempo de re.descubrir -para quien no lo haya hecho todavía- las cualidades de la Energía Femenina y así favorecer la integración a nivel de la conciencia colectiva que conformamos. Sin duda el dar el paso a esta integración, nos llevará a otros niveles de evolución.

Se dice que se elige un género -sea masculino o femenino- para experimentar la vida. También se dice que el género que tienes hoy..., es el que representa la cualidad con la cual sientes mayor afinidad.

Cómo podríamos definir a las energías femeninas y masculinas?
Un camino para definirlas será según sus cualidades/actitudes innatas en cada una de ellas, a continuación enumeraremos las más representativas para cada cual.

A las Energías femeninas: Las asociamos con la nutrición, el amor, el cobijo, con la comprensión desde el amor, la creatividad, con una actitud más emotiva y menos racional.

A las Energías masculinas la representa: la Acción, la protección, el sustento. Lo masculino se dice que procede desde lo racional, también desde el poder, y el control.
Por otro lado hay una asociación de la energía masculina al “padre cielo” o lo “espiritual” y de la energía femenina a la “madre tierra” o la “manifestación de lo material”.
Agregaremos un extracto sobre el tema, desde las Reconexiones por Daniel Jacob:

“La energía masculina tiende a separar los asuntos de la vida y concentrarse en ellos. La energía femenina tiende a reunirlos e intuirlos. La masculinidad es individual, la feminidad es familiar. La masculinidad es lógica y va con la razón. La feminidad es emocional y su poder se genera en las relaciones.

El sexo, en un entorno dominado por lo masculino, se definiría como un ACTO, una experiencia momentánea que tiene un comienzo, un medio y un final. En un entorno dominado por lo femenino, el sexo es una ACTITUD, una “fuerza conectiva” que mantiene juntas a las personas, como los tendones y los cartílagos mantienen junta la estructura del cuerpo.

Lo masculino quiere “penetrar, inseminar y emigrar” de cada conexión tan rápida y fácilmente como sea posible. Lo femenino quiere “colaborar, consolidar y administrar” cada conexión para que se reconozcan y atiendan las necesidades profundas. Lo masculino se enamora de algo específico –un foco, una esencia, un rasgo. Lo femenino se enamora de un potencial –una dirección, una visión, una forma anticipada de vida.

Ambos géneros llevan ambos lados del espectro de energía, en un Formato de Juego (1) físico. Los hombres, en cualquier momento dado, pueden ser vistos como encarnando (o vistiendo) el status actual de lo femenino. El juicio de cada estado está en el ojo del espectador. En otras palabras, si una mujer mira a un hombre y lo juzga –en realidad está juzgando a su propio masculino interior. Si un hombre mira a una mujer y la juzga, está nombrando el estado actual de su propio femenino interior”.
Cuando por fin se comprenda que los dos aspectos: femenino y masculino están siempre presentes en el SER, en la persona -sea hombre o mujer- se podrán dar más rápidos los pasos hacia su integración.

Recuerda, estas energías están listas para que hoy puedas integrarlas, y puedes hacerlo logrando un equilibrio entre ambas. Reflexiona... piensa y siente.. en que cada una de éstas tiene sus cualidades y particularidades que son beneficiosas para ti. El fruto que emerge de esta fusión, definitivamente será en pos de el crecimiento interior de quien decida darlo, y también en pos de toda la humanidad.

Dar este paso hacia la integración de nuestros aspectos femenino y masculino, nos abre puertas en todos los sentidos!!. 

Fuente: http://www.expansionconciencia.com.ar/1unificacionfemeninomasc.htm http://www.expansionconciencia.com.ar/1unificacionfemeninomasc.htm



14 de marzo de 2017

INDIVIDUALIDAD Y COMUNIÓN





Imagen: "La pequeña ondina". Ana Luisa Muñoz Flores


Individualidad y Comunión

En sus investigaciones experimentales sobre el desarrollo temprano de la personalidad en niños y niñas en los años ochenta, la psicóloga y filósofa Carol Gilligan descubrió que existen ciertas tendencias innatas de carácter entre uno y otro sexo.

Gilligan, que se convertiría en la primera profesora de estudios de género en la Universidad de Harvard, concluyó que existe una tendencia natural en los hombres hacia el individualismo, mientras que en las mujeres hay una tendencia a poner el acento en las relaciones entre las personas.

En el ámbito ético, los hombres tienden a pensar en reglas formales y abstractas, insistiendo en la importancia de la autonomía del individuo y de la adecuación al derecho, mientras que las mujeres tienden a considerar las cosas en términos contextuales, relacionales, a pensar en términos de comunidad y a otorgar más importancia al respeto y las responsabilidad con los otros.

Siguiendo las investigaciones de Gilligan, podríamos decir que el sexo masculino tiene una tendencia innata al desarrollo de la autonomía, pero teme en cierto modo las relaciones, mientras que el sexo femenino tiende a valorar más profundamente las relaciones, pero tiene dificultades con la autonomía.
"Hoy en día hemos llegado a un punto crítico de la evolución, un punto en el que los roles sexuales primarios - hiper-autonomía para los hombres e hiper-relación para las mujeres - están siendo, en cierto modo, trascendidos; un punto en el que los hombres deben aprender a aceptar su ser relacional y las mujeres deben aprender a aceptar su autonomía."
(Ken Wilber, Breve historia de todas las cosas, 1997)
No es difícil percibir, entonces, cómo nuestra actual cultura se ha erigido sobre un desequilibrio básico de prioridades, en el cual,
  • los valores considerados "femeninos" (la cooperación, la empatía, la solidaridad y la preocupación por el bien común) se han infravalorado o relegado a la esfera de los ideales utópicos y humanitarios,
  • mientras que los valores "masculinos" (el individualismo, la competencia y el self-made man americano) han determinado la lógica de las relaciones sociales a través de la cuales nuestra sociedad funciona, una lógica cuyo principal objetivo es privilegiar a los nuevos conquistadores y reyes del mundo, aquellos que alcanzan la cima de la pirámide del mercado (o que ya se encuentran en ella).

"Los problemas a los que nos enfrentamos hoy aumentan por la definición de una individualidad que ha llegado a significar una simple búsqueda del yo, y una democracia que ha perdido también su significado […].

En nuestro sistema competitivo, parece que pensamos que uno debe arreglarse por sí mismo. Una vez más, las partes están funcionando sin consideración al interés del todo. Gran cantidad de personas crece sin ningún sentimiento de pertenencia a la comunidad y carecen de sentimientos de lealtad y ayuda a los demás […]

Una de las principales dificultades es que la mención del amor en cualquier marco que no sea fundamentalmente personal se ha convertido en algo sentimentalizado, emasculado, relegado a la imagen de la escuela dominical de una efímera idealización. Se escriben libros enteros de psicología en los que no se encuentra ninguna mención al amor.

Sin embargo, el amor sigue siendo la dinámica más esencial en el funcionamiento sano de la sociedad."
(John Weir Perry, La evolución de la conciencia, 1988)
Este desequilibrio ha dado lugar a una civilización que, a pesar de su desarrollo técnico e intelectual, sigue sosteniéndose, aún hoy, sobre una lógica despiadada, en la cual las relaciones de dominación, explotación (del hombre y del medio ambiente) y desigualdad extremas se han naturalizado al punto de volverse imperceptibles para la mayoría de las personas.

Como reflejó la implacable pregunta del presidente uruguayo José Mujica en la Cumbre de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sustentable del año 2012:
"¿Es posible hablar de solidaridad y de que 'estamos todos juntos' en una economía que está basada en la competencia despiadada? ¿Hasta dónde llega nuestra fraternidad?"
Individualidad y comunión, sin embargo, podrían ser valores fundamentales para construir una cultura equilibrada.

Mientras que los totalitarismos de Estado pueden ser contemplados como expresiones sociales desequilibradas (y, en última instancia, falsas) del principio de Comunión, en donde la individualidad queda subsumida y aplastada por su adecuación a una fuerza impuesta desde un poder estatal concentrado, autoritario y jerárquico.

El neoliberalismo capitalista, por su parte, puede ser visto como una expresión desequilibrada del principio de Individualidad, en donde la libertad colectiva se ha identificado con la libertad de los mercados (desregulación económica) y la libertad y el desarrollo personal se han identificado con la noción de una ilusoria libertad de consumo o, en su defecto, una promesa de libertad individual ganada "con el sudor de la frente" a través de una justificada y glorificada competencia social:
"En el capitalismo mágico, somos todo lo libres que nuestro dinero puede pagar, dado que tal y como reza su primera ley: "la libertad de las personas es inversamente proporcional a la libertad de los capitales"".
(Rafa Cuadrado, La necedad de vivir sin tener precio, 2012)
La imagen del desarrollo individual dentro del capitalismo depende entonces exclusivamente de una ilusoria meritocracia mercantilista que, aunque fuera real, representaría la antítesis de una verdadera cooperación colectiva, no resumiéndose en otra cosa que una lucha egocéntrica por el poder.

En este sentido, el desarrollo del capitalismo neoliberal posmoderno puede ser contemplado como la expresión socioeconómica de la estructura egocéntrica de conciencia que predomina actualmente en nuestra cultura, de una individualidad que ha devenido en individualismo narcisista y alienante y que necesita desesperadamente reconocer su lugar en la unidad mayor en la que existe.
"Es verdad que [en el capitalismo] no existe nada ni remotamente parecido a la igualdad de oportunidades, pero incluso si existiera, el sistema de todos modos sería inaceptable.

Supongamos que los dos corredores largan exactamente del mismo punto, usan el mismo calzado y todo lo demás. Mientras que uno llega primero y se lleva todo lo que quiere, el otro llega segundo y se muere de hambre."
(Noam Chomsky, El bien común, 1998)

Fuente: http://www.bibliotecapleyades.net/ciencia/historia_humanidad31.htm

10 de febrero de 2017

PERSPECTIVA DE GÉNERO


Imagen: "Claoscuro" - Ana Luisa Muñoz Flores 


PERSPECTIVA DE GÉNERO 

Esta perspectiva o enfoque asume como objeto de estudio el género como elemento de identidad social, no las mujeres o los hombres como grupos de individuos que pertenecen a un determinado sexo. 

Se emplea para explicar cuándo las diferencias se convierten en asimétricas o desventajosas para un sexo, aportando los instrumentos teóricos y metodológicos para elaborar una “reconstrucción” social y cultural de lo “femenino” y lo “masculino”. 

Por lo tanto, este tipo de análisis parte del reconocimiento de la existencia de desigualdades entre las mujeres y los hombres. 

La perspectiva de género es inclusiva, ya que incorpora otras variables que influyen en la discriminación, como lo son la clase, la raza, la etnia, las creencias religiosas y políticas, la orientación sexual, la edad y la discapacidad). 

Esta característica es particularmente útil en los análisis sobre las estructuras familiares, ya que permite incorporar otras variables que influyen en las relaciones que establecen los miembros del núcleo familiar para su reproducción. 

En este marco explicativo, podemos comprender, por una parte, que las familias indígenas son discriminadas por su origen étnico, pero por otra, no permite profundizar en este análisis para reconocer que no todos los integrantes de las familias indígenas viven la discriminación de igual forma y con la misma intensidad. 

Las mujeres indígenas son triplemente discriminadas, por ser mujeres indígenas pobres y no mujeres occidentales blancas de clase media. Esta discriminación la viven las mujeres indígenas dentro y fuera de su hogar, a diferencia de los varones a quienes la sociedad patriarcal les permite ejercer su poder en el seno familiar. 

Además, este análisis permite comprender los factores qué hacen que las mujeres indígenas sean más pobres y más explotadas que los hombres indígenas, aunque su etnia sea la misma y vivan bajo el mismo techo. 

Mariana Daniela Gómez, en su artículo “El género en el cuerpo”, 2009 (1) como se corporifica en cuerpos concretos que se modelan social y subjetivamente, 2) se espacializa (el género tiene un correlato inmediato en la producción social de los punto de partida consideramos que el género posee tres dimensiones básicas, interrelacionadas y acopladas en la práctica cotidiana de los sujetos: 1) el género espacios y lugares) y 3) el género se representa, se simboliza y se predica a través de discursos y representaciones sobre lo femenino y lo masculino desde la puesta en uso de esquemas de género de visión y división (Bourdieu, 1991). 

Y desde la producción de identidades y categorías sociales presentes en el lenguaje. 



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(1 Cfr. Gómez, Mariana Daniela (2009). El género en el cuerpo Avá n.15 Posadas Licenciada en Ciencias Antropológicas. Becaria Doctoral del CONICET. Instituto de Ciencias Antropológicas (ICA). Sección Etnología y Etnografía. FFyL. UBA 

http://www.scielo.org.ar/scielo.php?pid=S1851-16942009000200015&script=sci_arttext

IDENTIDAD DE GÉNERO




Imagen: "Belén y las flores" - Ana Luisa Muñoz Flores 



IDENTIDAD DE GÉNERO 


Según M.ª del Carmen Rodríguez Menéndez (1), Universidad de Oviedo, España, la identidad de género como un fenómeno socialmente construido, permanentemente inacabado y sujeto a las múltiples y diversas influencias que ejercen los distintos marcos de acción dentro de los cuales las personas interaccionan en su vida. 

Para la Dra. y abogada Ximena Gauché (2), identidad de género, es la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente profundamente, la cual podría corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo (que podría involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios médicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que la misma sea libremente escogida) y otras expresiones de género, incluyendo la vestimenta, el modo de hablar y los modales. 

La identidad de género no se construye al margen de la estructura de poder, sino desde ella. 

Existe una asignación de espacios restrictivos de lo femenino. En “Pensamiento docente sobre el juego en educación infantil: análisis desde una perspectiva de género” (3), se expone que la identidad femenina se construye en torno a un habitus codependiente del grupo familiar, sintiéndose responsables de la cohesión que se establece en ese grupo. 

Subirats, 1997 (4) en El trabajo doméstico nueva frontera para la igualdad, nos muestra como muchas de las actividades domésticas suponen ocuparse de las necesidades físicas de los miembros del hogar, pero también de las necesidades psíquicas, intelectuales, afectivas o sexuales 

Las personas constituyen su propia identidad de género, femenina o masculina, asumiendo las normas, los valores y las actitudes de la identidad correspondiente. De esta manera cada persona interioriza las que son las pautas necesarias para satisfacer las expectativas establecidas en su identidad de género. 

Así que, la representación estereotipada afecta al conjunto de la sociedad, tanto a mujeres como a hombres, al transmitir una imagen limitada que encasilla en pautas de feminidad y masculinidad rígida y establecida. 

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(1) Cfr. Menéndez, M. ª del Carmen Rodríguez La construcción del género en los primeros años de escuela: una mirada desde la perspectiva del profesorado, Universidad de Oviedo, España. Revista Iberoamericana de Educación (ISSN: 1681-5653) 
http://www.rieoei.org/deloslectores/902Rodriguez.pdf 
(2) Cfr. Gauché Marchetti, Ximena. (2013) Proyecto de Ley sobre Identidad de Género que reconoce y da protección al derecho a la identidad de género Boletín N ° 8924-07, Mayo 2103 P 3.Chile 

(3) Cfr. Rodríguez Menéndez, M. ª del Carmen. (2004). Pensamiento docente sobre el juego en educación infantil: análisis desde una perspectiva de género Pp.229, 455-465 
(4) Cfr. Subirats Martòri, Marina (1997) El trabajo doméstico, nueva frontera para la igualdad. P 299-315. Dialnet 

DISCRIMINACIÓN FEMENINA


Imagen: "Desolación" - Ana Luisa Muñoz Flores



DISCRIMINACIÓN FEMENINA


Para Patricia Guerrero, 1999 (1), la discriminación femenina es aquel fenómeno en que se perpetúan prácticas sociales que generan una identidad femenina sexista, que implica que la mujer está segregada al mundo de lo privado y al cuidado de los otros, fomentando la rigidización de los roles de uno y otro sexo. De esta manera, la escuela es una de las instituciones que realiza esta discriminación al no instaurar procesos de respeto y cooperación entre los sexos,que ayuden a la determinación de una identidad femenina que permita ejercer los roles que cada mujer desee, entre ellos el ocupar el espacio público y el ejercer poder a través del liderazgo. 

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(1) Cfr. Guerrero, Patricia (1999), Escuela y género: Una revisión de las prácticas discriminadoras de las mujeres en contexto escolar
http://www.biblioteca.org.ar/libros/ge-esc.pdf

13 de enero de 2017

LA MASCULINIDAD ESTÁ MATANDO A LOS HOMBRES



Imagen: "Formas aberrantes" - José Luis Toledo Bravo






La masculinidad está matando a los hombres
               


Las tres palabras más dañinas que todo hombre recibe en su niñez es cuando se le emplaza a “ser un hombre” — Joe Ehrmann, entrenador y antiguo jugador de la NFL (Liga Profesional de Fútbol Americano). 


Original por Kali Halloway en Alternet, Masculinity is Killing Men: The Roots of Men and Trauma. 

"No nos engañemos, sabemos desde hace tiempo que muchos hombres están muriendo por culpa de la masculinidad. Mientras que la construcción de lo femenino nos exige a las mujeres ser delgadas, bellas, serviciales y al mismo tiempo, en un precario equilibrio, virginales y follables, la construcción de lo masculino obliga a los hombres demostrar y redemostrar constantemente que, bueno, son eso: hombres. 

Ambos conceptos son destructivos pero si nos atenemos a las estadísticas, el número de hombres incluidos y afectados y su, comparativamente, exigua esperanza de vida dan prueba de que la masculinidad es una asesina más efectiva, neutralizando a sus objetivos de manera más rápida y en mayores números. 

El número de víctimas atribuibles a la masculinidad versan en torno a sus manifestaciones más específicas: alcoholismo, adicción al trabajo y violencia. Aunque no maten explícitamente, sí provocan una especie de muerte espiritual, causando trauma, disociación e, inconscientemente, depresión. (Estos elementos empeoran si nos movemos en términos de raza, clase, orientación sexual y otros factores de opresión, pero concentrémonos en la primera infancia y en la socialización adolescente de manera global.) Citando a la poeta Elizabeth Barret Browning: “no es en la muerte donde los hombres en su mayoría fenecen”. Y, para muchos, el proceso comienza mucho antes de llegar a la adultez. 

La emocionalmente dañina masculinización comienza antes de la adolescencia para muchos chicos, en la más tierna infancia. El psicólogo Terry Real, en su libro I Don’t Want to Talk About It: Overcoming the Secret Legacy of Male Depression (No quiero hablar de ello: superar el secreto legado de la depresión masculina) de 1998, desmenuza varios estudios en los que se nos explica que padres y madres, inconscientemente, proyectaron en las criaturas una especie de “masculinidad” innata, y, por tanto, una menor necesidad de confort, protección y afecto justo tras haberse producido el alumbramiento y pese a que los bebés no poseen comportamientos categorizables por género.

De hecho, los bebés suelen comportarse de maneras que nuestra sociedad define como “femeninas”. Como Real nos expone: las criaturas llegan a este mundo con una dependencia, expresividad y emociones idénticas, y con el mismo deseo de afecto físico. 

En los primeros estadios de la vida, todas las criaturas se ciñen más a lo que estereotípicamente se define como femenino. De existir alguna diferencia, está precisamente en los asignados hombres, más sensibles y expresivos que sus pares femeninas. Lloran más a menudo, parecen más frustrados y muestran más enfado cuando la persona al cargo de sus cuidados abandona la sala. 

Tanto padres como madres se imaginaron diferencias inherentes al sexo de sus criaturas, asignadas un género u otro. Aunque los especialistas sanitarios se encargaron de medir su peso, tamaño, nivel de altura y fortaleza, los progenitores informaron mayoritariamente que las criaturas asignadas mujeres eran más delicadas y “dulces” que las asignadas hombres, a los que imaginaban más grandes y, por lo general, más “fuertes”.

Cuando se ofreció a un grupo de 204 adultos un visionado de la misma criatura llorando y se le entregó a cada persona información distina sobre el género asignado de la criatura, adjudicaron a la criatura “hembra” una actitud miedosa, mientras que a la criatura “macho” la describieron como “colérica”. 

De manera intuitiva, estás diferencias perceptivas provocan a su vez diferencias correlativas en el cuidado parental que posteriormente se acaba aplicando a estas criaturas ya asignadas hombre. En palabras del personal al cargo del estudio: “parecería razonable asumir que una criatura a la que se considera asustada reciba más cariño que una que parece enfadada”. 

Esta teoría se ve reforzada por otros estudios que cita Real. Todos coinciden en que “en el momento del nacimiento, a las criaturas asignadas hombre se les habla menos que a las asignadas mujer, se les reconforta menos, se les alimenta menos”. En resumidas cuentas, los recortes emocionales hacia nuestros hijos comienzan en el mismo umbral de su vida, en el momento más vulnerable de la misma. 

Es este un patrón recurrente a través de toda la infancia y adolescencia. Real hace referencia a un estudio en el cual se nos muestra que tanto madres como padres pusieron énfasis en los “logros y competitividad de sus hijos”, y les enseñaron a “controlar sus emociones”, o lo que es lo mismo, instruir tácitamente a los chicos a ignorar o minimizar sus necesidades o deseos emocionales.

De manera similar, tanto padres como madres son más estrictas hacia sus hijos, actuando presumiblemente bajo la premisa de que “pueden con ello”. Beverly I. Fagot, la fallecida investigadora y autora de The Influence of Sex of Child on Parental Reactions to Toddler Children (La Influencia del género de las criaturas preadolescentes ante reacciones parentales), descubrió que tanto padres como madres ofrecían estímulo positivo a sus criaturas ante las muestras de comportamiento “cis” (opuesto a un comportamiento “trans”).

Progenitores que explícitamente se mostraban partidarias de la igualdad de género ofrecían, por el contrario, más respuestas positivas a sus hijos cuando jugaban con Legos y más respuestas negativas a sus hijas cuando mostraban actitudes “deportivas”. Se premiaba más los momentos de juego sin vigilancia parental, o “logros individuales” a los chicos y se mostraban más respuestas positivas a las chicas cuando estas requerían ayuda. 

Como norma, estos progenitores ignoraban el papel activo que estaban jugando en la socialización de sus hijos con arreglo a roles de género. Fagot incluye que todas estas personas adultas afirmaron que educaban de manera ecuánime a sus criaturas, sin prestar atención a su género asignado, una afirmación rebatida totalmente por las conclusiones del estudio. 

Sin duda, estas prontas lecciones transmiten mensajes nefastos tanto a niños como a niñas, con consecuencias irreparables. Sin embargo, mientras que , como afirma Terry Real, “a las chicas les está permitido conservar la expresividad emocional y cultivar la conectividad”, a los chicos se les educa para eliminar esas emociones e incluso se les inculca que su masculinidad depende casi exclusivamente de ello. 

Muy a pesar de esta realidad carente de lógica, nuestra sociedad ha abrazado completamente el concepto de que la relación entre virilidad y masculinidad es, de algún modo, fortuita y precaria, y se ha tatuado a fuego el mito de que “los chicos habrán de convertirse en hombres… que los chicos, en oposición a las chicas, deben alcanzar la sagrada masculinidad”. 

Nuestros pequeños naturalizan estas ideas desde una pronta edad; debatiendo con Real, me informó de estudios que sugieren que estos jóvenes comienzan a ocultar sus sentimientos desde los 3 o los 5 años. “No es que posean menos emociones, es que ya van aprendiendo las reglas del juego: que mejor no las muestren”. 

Los chicos, según el imaginario popular, se convierten en hombres no solo creciendo, sino siendo sometidos a toda esta socialización. Sin embargo, Real también añade algo que para chicos cis puede parecer obvio: “no necesitan que nadie les haga hombres, ya lo son. Los chicos no necesitan desarrollar su masculinidad”. 

Es inconmensurable la influencia de imágenes y mensajes sobre masculinidad implícitos en nuestros medios de comunicación. Miles de series y películas lanzan propaganda a los jóvenes (y a todo el mundo, en realidad) no tanto sobre cómo hombres (y mujeres) ya somos sino cómo deberíamos ser. 

Aunque hoy día existe mucho material académico sobre la representación de la mujer en los medios de comunicación y también existen miles de análisis deconstructivos de sus perniciosos efectos gracias a feministas, no existe tanto análisis sobre las construcciones masculinas en los mismos. 

Aún así, reconocemos claramente las características que mediáticamente se valoran entre los hombres en películas, televisión, videojuegos, tebeos, etc.: fortaleza, valor, independencia, la habilidad de proveer y proteger. 

Mientras que las representaciones masculinas se han complejizado, se han hecho más variadas y humanas en estos últimos años (ya hace tiempo de El Sargento de Hierro y del arquetipo de Supermán), aún permanece ese privilegio de algunas características “masculinas” sobre otras. 

En palabras de Amanda D. Lotz en su libro de 2014, Cable Guys: Television and Masculinities in the 21st Century, Chicos de antena: televisión y masculinidades en el siglo XXI, aunque las representaciones masculinas en los medios se han diversificado, “la narración, por otra parte, ha llevado a cabo una importante labor ideológica apoyando de manera constante a personajes masculinos construidos desde el heroísmo o la admiración, denostando al resto. 

De esta manera, aunque las series de televisión han ampliado su muestra de tipos de hombre y masculinidades, han conservado su “preferencia” o “predilección” por un tipo de masculinidad cuyos atributos se idealizan constantemente. 

Conocemos de sobra a este tipo de personajes que se repiten hasta la saciedad. Son los héroes de acción indomables, los psicópatas folladores de Grand Theft Auto, los padres de sitcom alérgicos al trabajo doméstico casados inexplicablemente con bellísimas esposas, los veinteañeros porretas sin oficio ni beneficio que se las apañan para ligarse a la tía buena al final; y, aún, el férreo Superman. Incluso el sensible y amoroso Paul Rudd de algún modo se “masculiniza” antes de los títulos de crédito de sus películas. 

Es importante reseñar aquí que un estudio de Antiviolencia en televisión concluyó que, de media, los hombres de 18 años en Estados Unidos ya han visionado 26.000 asesinatos en pantalla, “la mayoría de ellos, cometidos por otros hombres.” Añadid ahora estos números a la violencia en el cine u otros medios y las cifras son astronómicas. 

La pronta anulación de los sentimientos en los chicos y nuestra insistencia colectiva para que permanezcan en ese camino han traído como consecuencia el cisma entre ellos y sus sentimientos y entre ellos mismos y sus yos más vulnerables. La historiadora Stephanie Coontz ha llamado a esto la “mística masculina”. 

Deja a las pequeñas criaturas asignadas hombre y posteriormente, a los hombres adultos, desmembrados emocionalmente, con pánico a mostrar debilidad y la mayoría de las veces incapaces de acceder satisfactoriamente, reconocer o enfrentarse a sus sentimientos. 

En su libro, Why Men Can’t Feel (El porqué de la asensibilidad masculina), Marvin Allen afirma que “estos mensajes animan a los chicos a ser competitivos, a centrarse en los logros externos, depender de su intelecto, soportar el dolor físico y reprimir sus sentimientos de vulnerabilidad. Cuando alguno de ellos viola el código, lo común es humillarle, ridiculizarle o avergonzarle.” 

El cliché cultural sobre los hombres totalmente disociados de sus sentimientos no tiene nada que ver con la virilidad, más bien es el indicativo de unos códigos de conducta religiosamente transmitidos, en su mayoría por padres y madres bienintencionadas y globalmente por la sociedad.

En palabras de Terry Real en la charla que mantuvimos, este proceso de desconexión de los chicos de su yo “femenino”, o, más adecuadamente, “humano”, es tremendamente dañino. “Cada paso es perjudicial”, indica Real, “es traumático. Es traumático que te fuercen a abdicar de la mitad de tu propia humanidad”. 

Este dolor se aplana una vez que los hombres canalizamos nuestros sentimientos de necesidad emocional y vulnerabilidad. Mientras que las mujeres naturalizan su dolor, los hombres lo exteriorizamos, hacia nosotros mismos o hacia otros. En palabras de Real, las mujeres “se responsabilizan, se sienten mal, lo saben y luchan por dejar de estarlo. Los hombres solemos externalizar el estrés. Lo exteriorizamos y nos olvidamos de nuestra responsabilidad en ello. Es lo contrario a la autoinculpación, es como sentirse una víctima colérica. 

La Asociación Nacional de Trastornos Mentales recoge en sus datos que, incluyendo criterios de etnicidad, las mujeres son el doble de propensas a sufrir depresión que los hombres, pero Real está convencido de que los comportamientos exteriorizantes de los hombres sirven para enmascarar depresión, que en la mayoría de casos nunca obtiene ni diagnóstico ni reconocimiento. 

Ejemplos de estos comportamientos destructivos abarcan desde lo socialmente permitido, como la adicción al trabajo, a lo punible, como la adicción a las drogas o la violencia. Los hombres tienen el doble de posibilidades de ser víctimas de trastornos de ira. 

Según datos del Centro de Control de Epidemias de Atlanta, los hombres ingieren más alcohol estadísticamente que las mujeres, ocasionando “una tasa más alta de hospitalizaciones y muertes relacionadas con la ingesta de alcohol. (Posiblemente porque hombres bajo la influencia del alcohol tienen más posibilidades de entablar otras conductas de riesgo, como el exceso de velocidad al vehículo o circular sin cinturón de seguridad)”. 

Los chicos tienen más probabilidad de consumir drogas antes de los doce que las chicas, lo que da lugar a una tasa más alta de consumo de drogas en hombres que en mujeres en edades más avanzadas. 

Los hombres en Estados Unidos son más susceptibles de asesinar (90’5% de todos los asesinatos) y de ser asesinados (76’8% de las víctimas), algo que también se extiende a ellos mismos: los hombres disponen de su propia vida cuatro veces más que las mujeres, y copan el 80% de los suicidios.” (Es interesante que por el contrario, las estimaciones de intentos de suicidio entre mujeres sean tres o cuatro veces superiores a la de los hombres.) Y según Prisiones, el 93% de la población reclusa son hombres. 

Los efectos dañinos de este sesgo emocional que ya hemos detallado también interfieren en la brecha de género de la esperanza de vida. Según Terry Real: 

“La voluntad masculina para minimizar la debilidad y el dolor es tal que ha pasado a ser un factor de disminución de esperanza de vida. Los diez años de diferencia entre la esperanza de mujeres y hombres poco tiene que ver con la genética. 

Los hombres morimos antes porque nos descuidamos: tardamos más en reconocer que estamos enfermos, tardamos más en pedir ayuda y una vez que nos ha sido asignado un tratamiento, somos menos consecuentes con él que las mujeres”. 

La masculinidad es difícil de conseguir e imposible de mantener, un hecho que Real incluye y que queda de manifiesto en la frase “frágil ego masculino”. Como la autoestima masculina descansa temblorosamente sobre el frágil suelo de la construcción social, el esfuerzo para mantenerla es agotador. 

Intentar evitar la humillación que queda una vez esta se ha desvanecido puede llevar a muchos hombres a finales peligrosos. No pretendo absolver a muchos hombres de la responsabilidad de sus actos, solo señalar las fuerzas que subyacen bajo este sistema de conductas que comúnmente atribuimos a criterios individuales, ignorando sus causas de fondo. 

James Giligan, exdirector del Centro de Estudios sobre Violencia de la Facultad de Medicina de Harvard ha escrito numerosos tomos al respecto de la violencia masculina y sus fuentes. 

En una entrevista en 2013 para MenAlive, un blog de salud masculina, Giligan habló de sus conclusiones: “aún no he descubierto una sola muestra de violencia que no haya sido provocada por una experiencia de humillación, falta de respeto y ridiculización y que no representara un intento para prevenir o deshacer esa “caída de máscara”, independientemente de lo severo de su castigo, incluyendo la muerte”. 

Muy a menudo, hombres que sufren continúan haciéndolo en soledad porque creen firmemente que mostrar su dolor personal es equivalente a haber fracasado como hombres. “Como sociedad, respetamos más a los heridos silentes, explica Terry Real, a aquellos que ocultan sus dificultades, que a aquellos que dejan fluir su estado”.

 Y, como con otras cosas, el coste, tanto humano como en dinero real, de no reconocer esta tortura masculina es mayor que el de atender estas heridas, o evitar provocarlas desde un principio. Es de vital importancia que nos tomemos en serio lo que le hacemos a los pequeños asignados hombre al nacer, cómo lo hacemos y el altísimo coste emocional provocado por la masculinidad, que convierte a pequeños emocionalmente completos en adultos debilitados sentimentalmente. 

Cuando la masculinidad se define mediante su ausencia, cuando se asienta en el concepto falaz y absurdo de que la única manera de ser un hombre es no reconocer una parte esencial de ti mismo, las consecuencias son despiadadas y parten el alma. 

La disociación y desarraigo consecuentes dejan al hombre más vulnerable, susceptible y en necesidad de muletas para soportar el dolor creado por nuestras solicitudes de masculinidad. 

De nuevo en palabras de Terry Real: “para las mujeres, la naturalización del dolor las debilita y dificulta el establecimiento de una comunicación directa. La tendencia de un hombre deprimido a externalizar el dolor puede convertirle en alguien psicológicamente peligroso.” "

Fuente: 

La masculinidad está matando a los hombres: la construcción del hombre y su desarraigo





Ana Luisa Muñoz Flores- Chile- Enero 13 de 2017


7 de enero de 2017

LA MUJER COMO CUERPO POLÍTICO








Imagen: Mural 8 de Marzo- Municipalidad de la Florida- José Luis Toledo Bravo

LA MUJER COMO CUERPO POLÍTICO 


El cuerpo político 


A modo de reivindicación y apropiación del cuerpo como una forma de presentarnos y representarnos en el mundo, subyace el cuerpo político como un agente, como un agitador, con diversos cuerpos y corporalidades. 

Por cuerpo político nos referimos a un conjunto de representaciones, imágenes, ideas, actitudes, técnicas y conductas; una configuración corporal determinada promovida conscientemente desde un movimiento social. En este caso, que se concreta a nivel individual y colectivo. 

Este mismo, comporta formas concretas de entender la persona, el género, el sexo y las relaciones sociales, de mirar, de conocer, de interactuar con el mundo, que suponen maneras de resistir, de transformar y luchar. 

Silvia Cuevas (1) afirma que para el feminismo y la lucha de las mujeres en la historia la libertad de decidir ha sido parte de nuestras políticas de sexualidad y parte de las construcciones de libertad y autonomía. Estas miradas se instalan entre la conjugación de lo personal como político, donde sus inicios se dan principalmente en las feministas de los años 60-70. 

Para eso debemos partir por la reflexión que nos devela como en esta construcción de diversos sentidos del cuerpo y la sexualidad se fundamenta parte sustancial de la subordinación y exclusión del cuerpo de las mujeres. 

Cuando hablamos de nuestros cuerpos, de mi cuerpo; ¿Qué tanto nos referimos a un cuerpo que sentimos o percibimos como nuestros? cuando decimos “Mi” cuerpo, ¿estamos conscientes de esa pertenencia del yo? ¿O sólo es un pronombre que hemos aprendido como una forma de saber las conjugaciones de los verbos? 

Puede que resulte una afirmación tan simple y absurda como decir mi cuerpo es mío, pero para las mujeres y sobre todo para quienes lo vivenciamos significa una verdadera lucha que se ha mantenido durante años incluso siglos. 

El cuerpo ha sido un espacio en el que transita el poder (M. Foucault) es el espacio de lo simbólico, es bisagra entre lo social y lo psíquico, es significado y constructor de una identidad, expresión de una construcción del género en una cultura específica (Judith Buttler, citada por Silvia Cuevas) por lo tanto una forma de situarnos frente al mundo como cuerpos políticos refiere a una corporalidad sustancial. 

En momentos escuchamos conceptos como “vivencia del cuerpo”, “experiencia y percepción del cuerpo” ¿pero se comprende a qué se refiere? La complejidad de la temática del cuerpo es profunda ya que involucra al espacio de la constitución de los sujetos, y la experiencia subjetiva de ser y vivir desde un cuerpo. 

El cuerpo puede ser aparto de sujeción pero a la vez es un espacio de denuncia, reivindicación, de propuestas... por lo que este último ha estado muy presente en los diferentes feminismos y en sus diversas líneas de acción, en este caso la libertad de decidir como parte de un trabajo político del cuerpo de las mujeres. 

La agencia de las mujeres, el cuerpo o agente político, conceptualizando una forma de estar, es múltiple en formas de resistencias ante el poder patriarcal y de transformación. 

Tener el control de la capacidad reproductiva y de la sexualidad sigue siendo funcional a las necesidades de los cuerpos autónomos, cuerpos que se alejan del determinismo biológico y social el cual las sociedades patriarcales le otorgan a las mujeres. 

Este cuerpo, mirado desde dos polos (reproducción-sexualidad) puede inspirar por un lado, los más grandes odios, y por otro, ya que estos dos polos, respecto al cuerpo de las mujeres ha sido descifrado por culturas androcéntricas. 

En tanto que muchas mujeres han sido expropiadas de su cuerpo, de su sexualidad y de su subjetividad por la ideología de este ancestral sistema de dominación llamado patriarcado, y sus múltiples, claves, signos, creencias, prácticas que nos han determinado y significado. 


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(1) Cfr. Cuevas Morales, Silvia. Cuerpo propio, cuerpo político. Chile 




Ana Luisa Muñoz Flores. Chile- Enero 5 de 2017
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